Las armas le otorgan a quien las porta un poder inmenso, podríamos decir que después del poder de crear vida el mayor poder que existe es el de matar; crear la vida requiere de ciertas cualidades divinas o biológicas, el poder de matar sólo requiere del uso de la fuerza, ya sea física o a través de las armas de fuego con las que hoy se destruye la vida de miles de seres humanos y usadas, en la mayoría de los casos, por sicarios muy primitivos con tendencias necrófilas responsables del derramamiento de sangre, de la acumulación de cadáveres y de tantas fosas clandestinas.

Mire usted que no estaba equivocado Carlos Fuentes cuando hace 20 años nos dijo, a través de María del Rosario Galván (personaje en La Silla del Águila), que México era “un país teñido de ríos ensangrentados, cavado de barrancas fúnebres y sembrado de cadáveres insepultos” y, tan es así, que en sólo seis meses del actual Gobierno Federal se han encontrado 222 fosas clandestinas con más de 300 cadáveres, nada raro en este País donde un asesino nato, Álvaro Obregón, dijo con brutal cinismo: “En este país, cuando Caín no mata a Abel, Abel mata a Caín”.

A lo que se pretende llegar con esta breve introducción de armas, tragedia y muerte es a la necesidad imperiosa de que México sea totalmente desarmado, que ningún civil posea armas de fuego como actualmente sucede en Japón, que es ejemplo de un país sin armas en las calles y, por lo mismo, altamente civilizado.

Y vaya que aquí tenemos experiencia en el desarme, pero a nivel internacional. No olvidemos que fue otro asesino, Gustavo Díaz Ordaz, quien en su sexenio concretó el Tratado de Tlatelolco que prescribe las armas nucleares en América Latina, dado el miedo causado por los misiles del Pacto de Varsovia en Cuba, por lo que García Robles ganó el premio Nobel de la Paz que no fue para Díaz Ordaz debido a la masacre estudiantil que ordenó, paradójicamente, en Tlatelolco.

Así somos de farolones los mexicanos, logramos erradicar las armas de destrucción masiva de toda Latinoamérica, pero no hemos podido lograr la despistolización de México, de las armas de destrucción progresiva que tienen al tope los homicidios en México.

Y es que no hay poder que en este País tenga la convicción, la firme determinación y menos el coraje para proceder a desarmar a la población civil. Es urgente desarmar al crimen organizado que es el origen del Estado fallido.

Japón es el ejemplo del desarme total. En el año 2015 la policía sólo disparó en seis ocasiones. En el 2017 sólo hubo tres homicidios con armas de fuego. Los japoneses tuvieron que padecer el holocausto atómico para aborrecer las armas. Aquí en México cualquier idiota puede tener un fusil de asalto y matar a discreción, incluyendo a niños, peor aún que “Julián el Hospitalario”, el de la leyenda de Flaubert, que “cubierto de sangre y lodo, y apestando a olor de bestias salvajes, se hizo como ellas”.

Sin duda es un gran reto la despistolización de este País. Ojalá que una iniciativa al respecto salga de Saltillo, ciudad de las más seguras de México. Nuestro Congreso local puede proponer el desarme total ante el Congreso de la Unión. Ojalá.