Los pueblos ceden todo el protagonismo a fuerzas antidemocráticas que llamamos, genéricamente, los mercados. La economía neoliberal soluciona algunas ineficiencias políticas, pero es falso que asegure el mejor desarrollo humano y social

Alan Touraine

En la década de los ochenta, en la sociedad mundial se da un desarrollo muy importante en la economía. Con el crecimiento económico a grande escala, se pone en marcha de manera formal el modelo de libre mercado que es la base de naciones capitalistas como Inglaterra y Estados Unidos. Dicho modelo afirma que las intervenciones del Estado no deben de ir en contra de las inclinaciones humanas, propugna por el crecimiento económico como razón de ser de la economía; promueve la restricción al máximo de la intervención estatal, la privatización de las empresas, la apertura de flujos financieros y la eliminación de programas generales en orden a crear oportunidades para todos, entre otras cosas. Así como en Inglaterra y Estados Unidos de América, en nuestro país se llevó un proceso de liberalización comercial después de varias décadas de un modelo económico orientado hacia adentro. 

Aunque en México en todo momento se ha vivido una situación de desigualdad, a partir de la entrada en vigor del modelo de libre mercado se acrecentó una pobreza generalizada, corrupción a gran escala como producto de la consecución de bienes a través de formas no convenidas, falta de empleos, abandono de procesos educativos por tener que trabajar para poder sacar adelante a las familias y otros factores. El modelo económico ha jugado un papel protagónico en este proceso de detrimento social. Este cambio generó modificaciones importantes dentro de la estructura productiva que impactó el mundo del trabajo y, por supuesto, la forma como se remunera el esfuerzo realizado por el trabajador. 

De este modo, la competencia entre las empresas y los productos que éstas elaboran, tienen una dimensión global, lo cual se traduce en una interdependencia de las economías nacionales, de los sectores productivos y de las empresas. Con esta nueva perspectiva la economía mundial ha dejado de ser un abanico de economías diversas para convertirse en una sola, como dice Mac Luhan, en una aldea global. Por tanto, las condiciones han cambiado. Se pasó del liberalismo clásico, al liberalismo contemporáneo, y del liberalismo contemporáneo al nuevo liberalismo apareciendo una nueva forma de hacer negocios, donde la oferta y la demanda juegan un papel fundamental. 

Al final de la Segunda Guerra Mundial la mayoría de los países controlaban las transacciones internacionales de los capitales económicos. Una década después, bajo los mandatos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, se aceleraron los movimientos internacionales de capitales. Pero fue hasta principios de 1990, después de que se derrumbó el imperio soviético, que los mercados financieros se hicieron realmente globales. Dicha globalidad, permitió que los capitales financieros se movieran libremente. En contraste, el movimiento de las personas sigue fuertemente regulado. La capacidad de movimiento del capital debilita la capacidad del estado para ejercer control sobre la economía. Se carece de seguridad social hay mucha marginación, se da una mala distribución de los recursos y un desequilibrio entre bienes privados y bienes públicos. 

El problema central no es la globalización en sí, ni la utilización del mercado en cuánto institución económica, sino la desigualdad que prevalece en los arreglos globales institucionales. El reto principal se relaciona con la inequidad. Las desigualdades son múltiples: disparidades en el bienestar, severas asimetrías en los equilibrios de poder y oportunidades políticas, sociales y económicas decrecientes. No basta entender que los pobres en todo el mundo requieren la globalización tanto como los ricos, también es preciso asegurar que obtengan de ella lo que necesitan. 

Amartya Sen, premio nobel de la economía en 1998, abunda en que para abogar por la globalización se requieren reformas institucionales masivas, también más claridad en la formulación de las preguntas sobre el tema de la distribución y que la globalización merece una defensa razonada, pero también requiere una reforma razonable. Se trata, dirá Adela Cortina, en la Ética del consumo, de no poner en peligro el mantenimiento de la naturaleza y de practicar un consumo que respete y promueva la libertad de todo ser humano. Será importante reforzar los modelos de consumo de las clases medias de tal forma que todos los seres tengan acceso a bienes básicos. 

El problema es simple a mayor consumo, mayor producción y aquí aparecen temas torales como el uso irresponsable de los bienes de la Tierra, el acaparamiento o la monopolización de los productos, el desarrollo insostenible, la pobreza generalizada y otros que han traído consigo el llamado mercado salvaje. Se entiende entonces, que las condiciones en las que vive una buena parte del mundo y una buena parte de los habitantes de nuestro país, tenga las características que socialmente presenta porque las fuerzas sutiles del mercado, que deben de gobernar el proceso económico sin intervención de las autoridades, siguen vigentes aunque se lesione a la comunidad por la falta de ingresos y el Estado permanezca como mero espectador. 

La respuesta se encuentra en la práctica operativa de un fair trade, un comercio justo, como una idea alternativa de las relaciones comerciales basada en el desarrollo sostenible, y dirigida a la integración de los productores de los países en desarrollo en circuitos comerciales más justos que los del comercio convencional y que redunde en salarios equitativos que beneficien a la sociedad en general. 

La idea es buscar realizar negociaciones justas que tengan como marco de referencia la solidaridad comercial con los productores de los países en desarrollo. La necesidad de buscar mínimos de convivencia requiere del compromiso de los actores económicos. El Pacto Mundial, el Libro Verde o la Caux Round Table; son hoy por hoy, monedas de cambio entre gobiernos, instituciones e individuos donde los ideales de la solidaridad y corresponsabilidad son los valores fundamentales. Jose María Mardones afirma que la competitividad darwinista y la ideología del mercado excluyen de la historia a una buena parte de la humanidad, sin poder ofrecer un proyecto social universalizable y remata, la voracidad implacable de un mercado que se conduce por la maximización de la ganancia, se convirtió en un modelo rentable para unos cuantos.

El problema es que la lógica mercantil de la globalización económica se alza frente a la lógica redistributiva de las demandas sociales y las somete a su voracidad. El problema económico se ha transformado en un problema político y cultural. Nunca como ahora ha sido tan evidente la necesidad de una intervención pública que coloque a la economía en el lugar que le corresponde. Estos tiempos se han caracterizado por la crisis del empleo, los bajos salarios y la falta de cohesión social, por tanto, se requiere de un proyecto solidario; que incluya a los excluidos, a los que no tienen posibilidades de poder competir.

Hay una factura social por la que el modelo sigue levantando suspicacias, por ejemplo, el libre mercado no satisface todas las necesidades, ni las necesidades de todos, sino que asigna los recursos productivos comunes bajo la lógica de la maximización del beneficio monetario privado. Otro aspecto, lo representa la desregulación general de la economía, que supera las barreras del estímulo a la iniciativa privada y se adentra en el terreno de la tiranía de los más fuertes o menos escrupulosos a saber, los monopolios, los oligopolios, las empresas especuladoras, entre otros.

La libre competencia nunca es real ni las personas ni las empresas ni las economías gozan de iguales oportunidades en la contratación de bienes y servicios. El mercado desregulado desconoce las desigualdades involuntarias y las ahonda provocando exclusión de los que no consumen; la desigualdad es enorme, América Latina y México con más de la mitad de población en pobreza son el mejor ejemplo. Los mercados concentran la riqueza en países ricos, que constituyen focos comerciales y financieros que se desarrollan, ante todo, entre sí. 

Es evidente que el libre mercado hoy, requiere de control social y político para que distribuya con equidad y satisfaga las necesidades de todos. Este control debe ser “social y político”, no sólo autocontrol, respetando lo que el mercado haga bien e intentando mejorar aquello en lo que fracasa, es decir, su tendencia al monopolio; a favorecer intereses de unos cuantos y a la falta de solidaridad. Es la acción del estado democrático la que posibilita el libre mercado, porque sólo en una vida pública democratizada cabe hablar de debate social sobre el bien común y particularmente es la puesta en práctica del liberalismo político, lo que nos dará posibilidades a todos de conseguir la autorrealización que buscamos. En una sociedad como en la que vivimos, es evidente que el modelo se agotó y que el estado se ha visto rebasado por el poder del dinero. Los pocos ricos que ha generado el sistema económico, son un escándalo en relación con la mayoría de pobres que carecen de lo indispensable. Desde ahí se entiende el tema de la privatización y la cancelación de todo tipo de programas que igualen a los desiguales.