El siglo 21 se ha caracterizado por la reactivación revitalizada del movimiento histórico feminista en el mundo. Los historiadores ubican la segunda mitad del siglo 18 como la primera ola feminista, hay testimonios de que durante la Revolución Francesa, Olympe de Gouges en 1791 escribió un manifiesto sobre los derechos femeninos centrados en la independencia y en la emancipación de las mujeres, ahí ya reclamaba el derecho al voto.

El movimiento sufragista es clasificado como la segunda ola feminista, la que fue una lucha feroz de persecución y represión contra las líderes de la rebelión, a pesar de que ellas lo definían como un movimiento pacífico cuya reivindicación central era el derecho al voto, a pesar de ello eran ridiculizadas presentándolas como masculinizadas y solteronas; después de la Primera Guerra Mundial, los países reconocieron el reclamo de las mujeres y el derecho fue concedido en Estados Unidos y Gran Bretaña, entre otros países; otras exigencias de ese tiempo fueron el acceso a la educación superior, cuestionaron la obligatoriedad del matrimonio y comenzaron a liberarse en su presentación física. 

La tercera ola feminista llegó en la década pasada de los setenta. Va de las políticas públicas que reivindican a la mujer y exigen el fin del patriarcado. En este movimiento fueron fundamentales los anticonceptivos porque le otorgaron el poder del control de la natalidad (y la liberación del goce sexual, no atado a la reproducción) y el divorcio se hizo ley en muchos países. Caen las vendas del “amor para toda la vida” y aparecen otras opciones para las mujeres. Ellas son candidatas reales en el mundo político, aunque en muchos países su porcentaje es sensiblemente inferior al de los hombres. 

La cuarta ola feminista es la actual, es internacionalista, en esta el activismo presencial y online son protagónicos. Lucha por el fin de los privilegios de género establecidos históricamente hacia el hombre. Repudio a la violencia de género establecida en todos los ámbitos de la vida. “Lo personal es político” y el concepto de la solidaridad entre mujeres es central. También aparece con mucha fuerza el discurso antiestereotipos, nace el feminismo contra el predominio de la raza blanca como modelo de éxito social, el feminismo gordo, contra la delgadez impuesta por la moda, además de la lucha por los derechos reproductivos y una mayor unión con el movimiento LGTB y de liberación sexual. Un eje ineludible fue el primer paro internacional de mujeres, de altísima aceptación, llevado a cabo el 8 de marzo de 2018, inmortalizado como #8M. 

La justicia para las mujeres es un movimiento reactivo y una rebelión contra la configuración del “patriarcado violento” expresado según la teoría feminista con la violencia en sentido amplio: violación, acoso, maltrato, asesinato, así como desigualdad económica y laboral, pornografía, prostitución y trata; de manera que la cuarta ola es un movimiento popular que se construye de abajo hacia arriba. 

Lo que se puede percibir con mayor claridad es que el feminismo –por muchos repudiado– ha tenido como su principal horizonte normativo y ético la emancipación, la igualdad y la justica entre mujeres y hombres.

Las mujeres hemos formado un movimiento social que va derribando muros políticos, económicos, sociales y culturales que mantienen y sostienen la desigualdad.

El paro #UnDíaSinMujeres podría no ser tomado en serio y verlo como una jornada de asueto, “una concesión patriarcal”, es probable que para muchas será así, pero también será una ocasión para la reflexión colectiva, y de hecho ya lo es, reconocer el machismo ancestral que se lleva en el ADN es un logro; tocar la impunidad, la vulnerabilidad, la inseguridad en la que vivimos las mujeres es un logro de legítima defensa. 

Rosa Esther Beltrán Enríquez
Horizonte ciudadano

Rosa Esther Beltrán

Columna: Horizonte ciudadano