Para nadie es desconocido los perjuicios que provocan los regímenes como el que Fidel Castro impuso en su país a partir de 1959. Más de 100 mil muertes, más de dos millones de emigrados. Desde que los hermanos Castro se apropiaron de Cuba, 11 cadáveres de cubanos han sido encontrados en los aeropuertos de Madrid, Londres, Dusseldorf y Varese; los cubanos viajaban en el tren de aterrizaje de un avión, sólo Armando Socarrás vivió para contarlo en 1969, tras su odisea en una aeronave de Iberia. También dan cuenta de semejante infamia los más de 77 mil cubanos muertos en el mar, huyendo de la tierra que los vio nacer.  ¿Se imagina el tamaño de la desesperanza y el dolor de quienes tienen que abandonar sus raíces? Yo moriría de tristeza fuera de México.

Las dictaduras siempre están manchadas de mentira y simulación. La nomenclatura impuesta por el “Comandante” se incorporó al totalitarismo que gusta de un tren de vida absolutamente distinto al que disfrutan el común de los cubanos. Casas lujosas, autos, buenas viandas, viajar al extranjero y enviar a sus hijos, nietos y bisnietos a cursar estudios allende los mares… con cargo al erario. La gerontocracia isleña, particularmente la que llegó de Sierra Maestra, junto a los burócratas de ayer y los de nuevo cuño, ya no finge austeridad; todos ellos decidieron vivir de acuerdo a las ventajas materiales que les otorga ser parte del séquito del dictador, y que la gente se jo… Hijos y nietos de los generales de la primera hora residen en el extranjero disfrutando de lo que sus ascendientes pergeñaron gracias a su “obediencia y aportes” al régimen. Y si no viven, pueden viajar sin restricción alguna. Es muy común encontrarse cubanos de la isla, amén de los de Miami –que ahí no tiene nada de extraño– en los aeropuertos europeos vacacionando, aunque usted no lo crea; obviamente no pertenecen al común de los mortales de su país. También están los emprendedores que tienen negocios propios y nadie explica de dónde salen los dólares para echar a andar el business, sin faltar los que trabajan para empresas extranjeras con espléndidos salarios, relaciones inmejorables, nada que ver con la política, pero derivado, todo, de ella. Y están, por supuesto, los descendientes “pobres” porque condenaron al régimen.

En las postrimerías de los 60 se publicó el libro “Psicología de los dictadores”, escrito por el psicólogo Gustav Bychowski, en el se describen rasgos de la personalidad de diferentes políticos autoritarios; he aquí la conclusión: “Ciertos factores psicológicos colectivos favorecen el ascenso de la dictadura. La obediencia y la sumisión ciegas a una autoridad auto designada son posibles únicamente cuando el pueblo se siente debilitado por su propio yo y renuncia a la crítica y a la independencia conquistadas previamente. Ese debilitamiento puede manifestarse bajo el influjo de la ansiedad, el temor y la inseguridad. En tales circunstancias, el yo colectivo, jaqueado por su sentimiento de impotencia, regresa a una etapa más infantil y busca ansiosamente ayuda, apoyo y salvación. Así, el grupo confía en este individuo y lo venera, del mismo modo que el niño ingenuo confía en el padre y le confiere poderes mágicos. 

Por lo tanto, envuelve a la persona del líder en un aura de mitología. Para ellos el dictador es como la encarnación de sus propios ideales y deseos, la realización de su propio resentimiento y su propia grandeza. Creen en las promesas del líder, pues le atribuyen omnisciencia y casi omnipotencia. Y es cuando el influjo del dictador sobre las masas recuerda el poder exhibido por un hipnotizador”. Éste es el trasiego, la ruta en la que se gesta el dictador.

La dictadura es la negación de la democracia, presupone la proscripción de elecciones libres. Los partidos políticos, por lo menos el del personajazo, quedan subordinados a la voluntad de aquél. La violación a los derechos humanos es permanente, no hay división de poderes. Existe un control férreo de los medios, una estructura militar al servicio del ínclito y un culto a la personalidad. Fidel Castro Rus no rompió el esquema. Se engolosinó con el poder, se creyó indispensable, único e irrepetible. Agravió a sus compatriotas. Durante su larga estancia de amo y patrón de Cuba  fueron más relevantes su esquizofrenia de mando, su ambición sin límites y su borrachera de poder, que el bien de su pueblo. Sacó al pillastre de Batista y luego él se perpetuó en la silla hasta que la salud le cobró factura. Escribió José Martí, el libertador de Cuba, que: “La felicidad general de un pueblo descansa en la independencia individual de sus habitantes”. A Castro Rus le importó un carajo –discúlpeme la vulgaridad– el concepto y sobre todo el ejemplo de su ilustre compatriota.

Hace unas semanas unos buenos amigos viajaron a Cuba, allá contrataron un guía de turistas. Fue un chico de 14 años, culto, educado, bien portado, le preguntaron ¿cuáles eran, según su punto de vista, los grandes aciertos del régimen de Fidel? Y contestó que la educación, la salud y el deporte. ¿Y los grandes problemas? El desayuno, la comida y la cena. Ni sus avances en educación, ni en medicina, ni sus glorias deportivas justifican la traición de Castro Rus a su pueblo.

Lo que le hiciste a Cuba no te enaltece. La historia no te va a absolver, Fidel, nunca ha absuelto a ninguno de los de tu clase.