Rubén Darío describió al santo con palabras de poeta: “El varón que tiene corazón de lis,/ alma de querube, lengua celestial,/ el mínimo y dulce Francisco de Asís…”. La leyenda dice que en los montes de Umbría, una paloma acompañaba siempre a aquel varón, hombre humilde vestido con hábito color marrón y sandalias, que hablaba siempre de paz y reconciliación. Hoy, las palomas son la plaga de todas las catedrales, y la de Saltillo no es la excepción. Viven y se reproducen en los tibios recovecos de las piedras labradas y constituyen un serio problema para la conservación y limpieza de sus fachadas, torres y cúpulas. No hace muchos años, ante la proliferación de esas misteriosas aves, hubo de ser cubierta con mallas de alambre la torre de la Capilla para proteger el buen funcionamiento del reloj. El problema, agravado con el paso del tiempo, se extiende a la Plaza de Armas, los Portales, el Palacio de Gobierno y otros edificios cercanos, y cada vez llega más lejos, a otras casas y edificios, y hasta a espacios de estacionamiento, mucho más allá de la plaza.

La paloma arrastra un simbolismo profundo a través de la historia. El “Diccionario de los símbolos”, de Udo Becker, la sitúa en el Oriente Próximo vinculada a Ishtar, y entre los fenicios se liga al culto de Astarté, ambas, diosas de la fecundidad. Los griegos la consagraron a Afrodita, y en la India y algunas tribus germánicas, una paloma negra era la guía de las ánimas.

En las páginas de la Biblia la paloma surge desde los libros del Génesis, los Profetas y el Cantar de los Cantares. Al cesar el Diluvio Universal después de 40 días y 40 noches, Noé mandó a la paloma por primera vez y regresó; el patriarca esperó siete días, la mandó de nuevo y regresó con una rama de olivo en el pico; siete días después la volvió a mandar y ya no regresó. Desde entonces se convirtió en símbolo de la reconciliación con Dios, el símbolo de la paz. Como símbolo del Espíritu Santo, inspiró a los escritores sagrados y aparece en la Anunciación, en la Venida del Espíritu Santo y en la Trinidad, y desciende sobre Cristo en el Bautismo, símbolo del cristiano bautizado. Con el laurel en el pico o la corona del martirio, representa a los mártires. Una paloma posó en el hombro del profeta Mahoma cuando conversaba con el ángel Gabriel y le acompañó en su huída.

En el arte sagrado, una paloma inspira al oído lo que van a escribir los doctores de la Iglesia: Bernardino, Teresa y Tomás de Aquino, y le susurra a Gregorio Magno el canto sublime. Como atributo de los santos, una de estas aves con una ampolla en el pico es el de Remigio; apoyada sobre una vara florecida es el de San José; y dos palomas con las alas extendidas en un plato son el de Nicolás de Tolentino. En el arte universal, una paloma sostiene las manos de un niño en el famoso “Guernica”, de Picasso, y otras aparecen en el “techo etrusco” de Braque en el Museo del Louvre, en los frescos de Giotto y en los “guaches” bíblicos de Chagall.

La paloma, símbolo de inocencia, candor y sencillez, es la mensajera por excelencia: “Paloma blanca, piquito de oro,/ que con tus alas volando vas,/ pasas los montes, pasas los ríos,/ pasas las olas del ancho mar…”. Las palomas no sólo habitan en la Catedral, tienen en la Plaza de Armas pista de aterrizaje, patio de descanso y área de convivencia con los visitantes, además de observatorio en la cabeza de las ninfas ubicadas a los lados de la fuente. Cualquier persona puede caminar entre los montones de blancas, grises y tornasoladas aves. Ellas, sin levantar el vuelo, se hacen a un lado para dejar pasar al transeúnte. Allí se ven cotidianamente el alborozo del niño que las persigue en un intento por atraparlas y la cara satisfecha del adulto mirando cómo las aves se arremolinan a su alrededor para conseguir, en el suelo, las semillas de calabaza recién arrojadas por su puño. Palomas hoy, plaga sin remedio.