Decíamos que a las tertulias de la Farmacia de Guadalupe concurrían sólo los varones. Asiduos asistentes eran Dionisio García Fuentes, Encarnación Dávila, Jesús de Valle, Francisco Arizpe y Ramos, Manuel Lobo, Antonio García Carrillo, José María Múzquiz, Gabriel Valerio, Francisco Sánchez Uresti, el doctor Antonio María Zertuche y los hermanos Bernardo y José Sota. Además de hablar de negocios, política y chismes del momento, en esas peculiares reuniones se hablaba también de cuestiones sociales y literarias, y se daba lectura a los periódicos locales y los que llegaban de la capital.

En las casas particulares se reunían principalmente las damas, señoras maduras y mujeres jóvenes, generalmente con una relación de parentesco o amistad de familia. Estas reuniones constituían un descanso de las labores cotidianas y un alimento para el espíritu. Alguien tocaba algunas piezas al piano, se revisaban las revistas de modas europeas y se contaban los chismes sociales más recientes, pero también se hacían lecturas cortas en voz alta: poesía, cuento y el último episodio de la novela publicada en entregas por diversas revistas de la época.

Las familias de menos recursos se reunían en los zaguanes de sus viviendas, con la puerta de la calle abierta de par en par para saludar a las gentes que pasaban por la calle, mientras que en las casas de la alta sociedad había un salón destinado para las reuniones informales, algo así como lo que actualmente se llama sala de estar y que en alguna época le dio el nombre de “tertulia de salón” a esa actividad doméstica de reunirse en la tarde-noche las mujeres de la casa con otras damas invitadas y a veces algún joven de la familia. En ocasiones la tertulia recibía a algún miembro distinguido de la iglesia o del gobierno.

Testigo de aquellas reuniones en las que se mezclaban el chisme, la religión, la cultura, los negocios, la política y la sociedad como en deliciosa ensalada, el escritor don Miguel Alessio Robles en su libro “Perfiles del Saltillo”, publicado hace más de 85 años, describe algunas tertulias en casa de la familia García de Letona, ubicada en la esquina de las calles de General Cepeda y Juárez, hoy digna sede del Museo Rubén Herrera. La fina y acabada prosa del escritor, ajustada al molde retórico de inicios del siglo pasado, narra la escena:

“Las hermanas del señor García de Letona poco salían de su casa… Todas las tardes permanecían sentadas en el alféizar de la ventana que ve a la calle de Juárez y corresponde a la habitación donde se reúnen los miembros de la familia para charlar y recibir las visitas de confianza. Allí, tras de las vidrieras, estaban Joaquina, Lola, Lupe y Cuca pulcramente vestidas, luciendo los “chinabetes” [rizos] que caían con un estudiado descuido sobre sus frentes despejadas, que se habían hecho cuidadosamente desde la mañana, para lo cual se ataban los mechones de pelo con cintas delgadas de flexible plomo, o con tiras de tela blanca. Sobre sus hombros llevaban unas capitas de estambre sujetas en el pecho con unos prendedores de plata con el nombre de cada una… Las reuniones eran generalmente presididas por la madre del ilustrísimo escritor coahuilense. Todo mundo estaba pendiente de sus labios. Sus ojos azules y límpidos le daban más vida y animación y alegría a la charla… Sus hijas y las visitas la rodeaban solícitas y amorosas, sin descuidar, por supuesto, de ver a las gentes que pasaban frente a la ventana. Estaban al tanto de todos los acontecimientos que se registraban en Saltillo. Era una fiesta para el espíritu aquella tertulia. La gracia y el donaire brotaban de los labios de las García de Letona con la misma naturalidad que el aroma de las flores… Muchas veces permanecían en esa tertulia hasta la medianoche. Entonces cerraban la ventana y todas ellas se retiraban a su alcoba…”.

Esperanza Dávila Sota

Columna: Desde mi barrio

Profesora de Lengua y Literatura Española.

Dirigió el departamento de Difusión Cultural de la Unidad Saltillo de la UAdeC. En 1995 fue invitada por la Universidad Tecnológica de Coahuila, unidad Ramos Arzipe, para encargarse del área cultural, que incluía la formación del Centro de Información y cuatro años más tarde vendría la fundación del Centro Cultural Vito Alessio Robles, recinto que resguardaría la biblioteca de su padre, y donde hasta hoy labora.