Ilustración: Alejandro Medina

Lesly se enamoró; como se enamoran las adolescentes en primavera, y tal vez en verano.

Lesly caminaba tranquila bajo el radiante sol que sonreía a diestra y siniestra a los hombres en la Tierra. La chica jamás había conocido el amor, solo en películas, telenovelas y uno que otro cuento de hadas. Pero ahí iba, en el parque, bajo el sol y bajo el celeste.

Marco era un chico misterioso, caucásico y con envidiable barba y ojos miel. El mundo de los hombres se caía a pedazos al verlo pasar y dejar de rastro su dulce perfume.

Marco no sonreía, al menos no para el mundo, sino para él y sus adentros, sus misterios y su opaca historia.

Lesly y Marco se toparon con el simpático gesto de un drama y un romance: ella derramó sus libros y su vergüenza, al chocar con el alto y gallardo cuerpo de Marco; él se hincó de rodillas y de caballerosidad para ayudarle a recoger sus cosas. Sus miradas conectaron como lo hace la serie de luces navideñas en pleno noviembre: tan precipitadas e ingenuas.

No tardaron lustros ni bienios en consolidar su amor; formalizaron su noviazgo. Ella era clara de intenciones y de piel; su cabello negro como la historia de la ascendencia de Marco. De él no se sabía mucho. Pero no había tanto qué saber, ella creía en él y él, en ella. Iban al cine, a cenar, él conocía a los amigos de ella y ella… desconocía la historia de Marco, pero lo amaba, más que la luna al sol. Sus frescas tardes nubladas eran de ventanales abiertos, series televisivas y café con galletas. Había abrazos y besos, ¡muchos abrazos y muchos besos! La familia de Lesly comenzaba a conocer a Marco y a entusiasmarse con la idea de que la joven había encontrado un digno amor.

Una mañana de verano salieron a pasear. Una tarde de otoño caminaron por el parque en el que se conocieron. Una noche de invierno, abrazados, se miraban a los ojos y los ojos de ella figuraban en los de él; los de él se encendían por los de ella. Las mariposas volaban y revoloteaban en sus adentros. El hechizo de la luna caía sobre los amantes.

De pronto, llegó el momento que todo ser humano anhela y teme: Lesly estaba dispuesta a pedirle matrimonio a Marco, con una romántica cena bajo las estrellas titilantes que asomaban su luz entre los escasos cirros nocturnos.

-Marco, no estoy segura de esto, pero creo que uno jamás deja la inseguridad del todo- confesó Lesly, tímidamente.

-Mi amor ¿qué tienes qué decirme? Habla. Ha llegado el momento de ser claro contigo.

Lesly abrió sus ojos como los abre quien se sorprende con desánimo, “va a terminar conmigo”, pensó.

-Po… ¿A qué te refieres con ‘ser claro conmigo’, Marco?

-¿Ves aquellas estrellas, Lesly? Las que flotan en la inmensidad infinita.

-Sí, ¿por qué?

Se abrió el cielo oscuro. Las estrellas menguaron. Se hizo un silencio de sepulcro. La luna fue cubierta por un cuerpo colosal que emergía horrendamente y dejaba su camuflaje de cielo; una nave del tamaño de dos estadios aparecía ante la atónita y horrorizada Lesly. El cielo poco a poco se fue tornando rojo sangre. Lesly cayó al suelo; sus piernas no pudieron soportar el temblor que obedecía a su impresión. Marco miraba fijamente hacia el cielo.

-De esto quería hablarte, Lesly- Murmuró el misterioso joven, lo suficientemente alto, para que la espantada adolescente lo escuchara.

Lesly intentó gritar, pero en lugar de sonido, se tragó problemáticamente la poca saliva que su tartamudeante boca producía.

Detrás de la inmensa nave aparecieron ocho tentáculos de kilométrica longitud, aguzados al final con una especie de navaja hecha de carne putrefacta.

-Ya era tiempo de ir a casa, mi amor- Dijo Marco. Sus ojos se volvieron como obsidiana y la piel que cubría su rostro se iba cuarteando con grietas que supuraban un extraño líquido púrpura.

Lesly se desmayó.

Pasaron 12 años. La civilización humana aprendió a vivir a cuestas de la invasión de otro mundo u otra dimensión; jamás se supo la procedencia de los invasores. Hubo resistencias, pero fue en vano. Los humanos comenzaron a vivir en pequeñas colonias escondidas entre junglas y desiertos.

Lesly recibió el privilegio de la combinación genética de extraterrestre y humano, en su progenie. Marco la poseía día y noche para reproducir más guerreros con el mestizaje adecuado para adaptarse a la Tierra, pero no desechar las cualidades evolutivas de su especie. Lesly, exhausta, solo gemía en su lecho marital, a veces de dolor, otras tantas de placer, pero siempre de amor.

‘La Conquista’ pertenece a la antología de cuentos oscuros ‘Espejo de medianoche’, de Jovan Fernández.

Jovan Valente Fernández Ibáñez

Artista multidisciplinario, originario de Torreón, Coahuila. México.

Activista social y apóstata del Sistema. Ama los videojuegos y a su perro ‘Diego’.