Estos renglones son siempre insustanciales, fútiles. A mayor agravio hoy contienen algunas palabras rudas y expresiones pertenecientes al vulgacho. Desde ahora ruego a mis cuatro lectores perdonen esas faltas tanto al buen decir como al buen pensar… Una señora le dijo a su vecina: “Mi marido se va a ir de nalgas con el regalo que le voy a hacer en Navidad”. Preguntó la vecina, curiosa: “¿Qué le vas a regalar?”. Respondió la señora: “Unos patines”… Don Algón, salaz ejecutivo dado a la sensualidad, invitó a la bella Dulciflor a cenar en restorán de lujo. Abrigaba la secreta intención de llevarla a su garçonnière o piso de soltero una vez terminado el agasajo. La muchacha pidió ensalada Waldorf, langosta Thermidor, filete Chateaubriand, duraznos Melba y champaña Veuve Clicquot. Don Algón le preguntó, amoscado: “¿Así comes todos los días, linda?”. “No –replicó Dulciflor. Únicamente como así cuando estoy en mis días y no puedo hacer otra cosa más que comer”… El letrero en la ventana decía: “Se dan clases de adivinación”. Una mujer de esculturales formas llamó a la puerta. Desde adentro preguntó una voz: “¿Quién?”. Tal cosa debió haber hecho que la curvilínea dama sospechara, pero en eso se abrió la puerta y apareció el adivino. Su atuendo era por demás extravagante: lucía caftán, blue jeans, turbante y tenis de la marca Lobatito, y llevaba al cuello una cadena de sospechosa doradura de la cual colgaba un pendentif en forma de coculo. Tampoco ese estrambótico atavío suscitó el recelo de la mujer. Le dijo al individuo: “Quiero aprender a adivinar. ¿Puede usted enseñarme?”. Le aseguró el sujeto: “En seis lecciones haré de usted una sibila. Y desde la primera clase le garantizo resultados”. “Siendo así –replicó la bella dama– comencemos”. “Muy bien –manifestó el sujeto. Pase usted a esa habitación, que es mi recámara. Desvístase y tiéndase en el lecho en posición de decúbito dorsal”. “Oiga –dijo escamada la señora. Usted me va a coger”. “¿Lo ve? –exclamó con acento de triunfo el individuo. ¡Ya está empezando a adivinar!”… Dice un pedestre dicho: “Ni mear sin peer ni firmar sin leer”. La sapiente admonición previene contra los riesgos de suscribir algún papel sin antes enterarse de su contenido, sobre todo el que viene escrito con letra pequeñita. En Nueva York un eminente calígrafo escribió en un grano de arroz la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, el discurso de Lincoln en Gettysburg y el texto completo del cuento “La celebrada rana saltarina del condado de Calaveras”, de Mark Twain. De inmediato una compañía de seguros lo contrató para que hiciera las pólizas que entregaba a sus clientes. Pues bien: me pregunto si el representante de México leyó la letra chiquita del acuerdo comercial que hicimos con Estados Unidos. El tema de los agregados laborales tiene una inquietante vertiente de pérdida de la soberanía, de injerencia de un país extranjero en nuestros asuntos interiores. Ese recelo de mi parte ¿es excesiva suspicacia o ya estoy empezando a adivinar?... El doctor Ken Hosanna le preguntó a su paciente: “¿Le dieron resultado las pastillas que le receté para su insomnio?”. “No, doctor –respondió el tipo. Lo único que se me durmió fue lo que no quiero que se me duerma cuando no puedo dormir”… El agente de artistas le aconsejó a la hermosa joven: “Debería usted dedicarse al modelaje. Las buenas modelos ganan mucho dinero. Y las modelos malas mucho más”… Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, reprendió a la criadita de su casa: “Anoche vi que tu novio te besaba en lo oscurito”. “¡Oh no, señora! –protestó vivamente la mucama. ¡Me besó nada más en la boca!”… FIN.

CATÓN
DE POLÍTICA Y COSAS PEORES