Corría la década de los años ochenta del siglo pasado cuando conocí al maestro Javier Villarreal Lozano. Cuando él fue director del Instituto Estatal de Bellas Artes, colaboré en su staff coordinando el Departamento de Literatura. Cuando le presentaba propuestas de eventos, seminarios, concursos, lecturas y presentaciones de libros, a todo decía que sí. Bajo su liderazgo y autorización se presentaron autores de la talla de José Luis Martínez, Fernando Curiel, Guillermo Fernández, Carlos Monsiváis. A la par en esos años, venía gente joven prometedora. Hoy, autores de sobra conocidos y editados: Gilberto Prado Galán, Armando Oviedo Romero, Jorge Esquinca, Enzia Verduchi; el malogrado Juan José Amador, poeta que dejó la tierra de los vivos muy joven, pero el cual nos legó también libros invulnerables, poemas de gran factura.

Ya luego, Javier Villarreal fue designado presidente de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (1992). Bajo su égida se perfiló un gran equipo imposible de juntar ya: David Brondo García, María C. Recio, Manuel Horacio Cavazos, Jorge Luis Chávez. Por esos años, quien esto escribe se fue del pueblo a vivir lo mismo a la Ciudad de México que a Guadalajara y principalmente a Monterrey. Fueron entre seis y siete años. Pero al enterarme que Villarreal Lozano era el director de una nueva propuesta periodística en la entidad, “Espacio 4”, me acerqué de inmediato para felicitarlo, ver la publicación y ofrecer mis textos. Fui colaborador entonces, desde el segundo número de una empresa periodística que hoy, es un referente en la entidad. Junto con Villarreal Lozano estaban cohesionados en la publicación Felipe Rodríguez Maldonado, David Brondo y quien es su principal motor, el editor Gerardo Hernández González.

¿Qué importa más: la meta o la travesía? Tarde o temprano, la mar embravecida hundirá nuestro galeón zarpando de melancólico puerto. El viento emperrado en doblegar nuestras alas, sin duda nos hará encallar en el desierto. Por lo anterior, no es la meta, sino el viaje lo que nos hace humanos. Qué importa andar errante y armado sólo con una alforja al hombro y apenas tres o cuatro folios de nuestros poetas favoritos, que más da todo, cuando se ha vivido, como vivió don Javier Villarreal. Su muerte me ha perturbado enormidades. Apenas recién había contado en este espacio de que por él, por sus letras me había enterado de la muerte de la intelectual Magaly Sánchez Cuéllar. Pasaron días apenas y ahora es don Javier quien se une a la eternidad. Dolor doble, pena sin fin en esta época de dolores y penas diarias por la peste bíblica que nos aplasta.

ESQUINA-BAJAN

Tenía un buen rato sin saludarlo. Insisto, la maldita pandemia nos ha obligado a replegarnos y a guardar no una distancia sana, sino una lejanía social, miserable y mezquina. Recuerdo que las últimas veces que lo saludé, fue en Sanborns. En aquellas ocasiones, quien esto escribe tenía una tertulia al menos semanal con el académico y periodista Luis Carlos Plata y su musa ibérica. Era obligado entonces, hacer una parada en la mesa del maestro para salpicarnos de los últimos tópicos urbanos y de lecturas.

Cosa extraña. Siempre es algo “raro” leer a un amigo cuando alimenta otros géneros o visita otros estadios a los cuales nos tiene poco acostumbrados. Villarreal Lozano se refugió por años en la historia y el periodismo. Sus blasones en ambos campos son de sobra conocidos. No repetiré aquí la lista de sus textos andados. Pero, en el pórtico de un volumen de poesía del maestro, habla sobre su tráfago terreno y lo hace con la soltura y madurez lo cual sólo se logra con los años. No apela a sus coterráneos, sino a sus pares en el tiempo e historia. En dicho liminar hace homenaje a sus santos y demonios tutelares (da igual, son uno mismo): Mozart, Corot, Vivaldi, Tolstoi, Robert Frost, Balzac, Daudet, Durero, Cervantes, Rulfo, Octavio Paz…

En el año de 1993 Villarreal Lozano ganó un certamen de ensayo convocado en ese tiempo por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana (INEHRM) donde el tema era uno: vida y obra del primer jefe constitucionalista, es decir, Venustiano Carranza. El historiador se pregunta en dicho volumen: “¿Cómo un hombre nacido en una apartada villa de apenas un par de millares de habitantes, que no concluyó estudios profesionales, más hecho a la vida del campo que a las intrigas palaciegas, logró convertirse en el caudillo de la Revolución Constitucionalista, enfrentar a numerosos y poderosos adversarios, salir airoso de la prueba y llegar a la Presidencia de la República?”.

La semblanza de Carranza en pluma de Villarreal Lozano es uno de sus trabajos mayores que le conocemos. Dueño de una voz propia y con el dilatado tiempo con el que contó para reposar sus escritos, la bibliografía y documentos nombrados en su investigación, hoy son referencia ineludible para ubicar al Carranza que éste aborda críticamente. Con no menos de una veintena del libros que nos ha dejado de su pluma y discurrir intelectual. Javier Villarreal Lozano se unió a la eternidad el pasado 24 de octubre. El maestro vivió y viajó bien. Leyó todo lo posible y escuchó buena música. Su pasión, las artes plásticas, nunca la abandonó. Aunque publicaba pocos comentarios críticos al respecto. Cuando supe que estaba en hospital, nunca pensé en este desenlace. Pensé que era sólo un viento fuerte en su cama. La realidad fue otra. 

LETRAS MINÚSCULAS

Para mi desgracia, mi cementerio particular ya tiene muchas cruces. Hoy añado la del maestro Villarreal Lozano, partida la cual me tiene adolorido de esa parte a la cual solemos llamar alma…