El linchamiento de los presuntos secuestradores de niños en Puebla e Hidalgo me recordó aquellas transmisiones que por primera vez ofrecía la empresa Televisa, cuando aún mantenía el monopolio de la televisión en México, sobre una persona que había sido igualmente quemada viva por una turba enardecida.

En aquella ocasión, hace más de 15 años, Guillermo Ortega previno a su auditorio que las escenas que a continuación se verían eran “muy fuertes” y que dejaba a la consideración de la audiencia si las veían o no. Ese fue el comienzo de una era en la que Televisa y TV Azteca produjeron series de programas con un alto contenido en nota roja y amarillista.

Época que también un día, de tanto que fue criticada la explotación de este tipo de información que motivaba al morbo, desapareció de la pantalla chica.

Pero el País ya estaba experimentando para entonces nuevas formas de delincuencia agravada, que dieron a la sociedad una generalizada falta de credibilidad en las instituciones y, en muchos, un afán de tomar venganza por mano propia, como quedó demostrado en este reciente caso.

Ahora, el linchamiento se transmitió liberalmente a través de las redes sociales. Hemos llegado ya a estos grados. Increíble. Parece que no aprendimos nada de aquellas experiencias, de esas transmisiones televisivas del amanecer del Siglo 21.

Cuando la muchedumbre se enardece, nada hay que pueda pararla. Recordar aquí las ejecuciones de la Revolución Francesa es pensar que seguimos atestiguando cómo el ser humano puede encontrar satisfacción y placer siendo testigo de lo que consideran un espectáculo. Fueron ese y los de ahora espectáculos de sangre que en todo degrada.

Tomar justicia por propia mano por no tener confianza en las instituciones es uno de los argumentos escuchados a favor de los perpetradores de los linchamientos. Se demostró en este caso que no eran culpables del delito que se les imputaba. Así, tampoco tenían razón alguna en ni siquiera exigir que los metieran a la cárcel. Por supuesto, mucho menos asesinarlos.

Triste el que una sociedad se rija bajo una premisa de venganza y no de justicia. Justicia, lo que pretendemos. Justicia los que exigían castigo. Justicia, la que no otorgaron a sus víctimas.

Esperemos que la justicia sea la que se aplique a quienes asesinaron a dos personas, que, según se informó después, eran inocentes del delito del que se les acusaba y no se les dio la oportunidad de defenderse.

Cuando Miguel de la Madrid Hurtado llegó a la Presidencia de la República la premisa de aquellos años era “Renovación Moral”. Un concepto que no estaría nada mal que volviéramos a retomar los mexicanos, pues nuestro tejido social, en actos de esta naturaleza, como los que estamos ya habituados por desgracia a escuchar todos los días, está roto.

BUENOS RECUERDOS

Sí, el que nos dejan dos personas muy queridas que fallecieron en un corto lapso de tiempo. Don Eduardo Guajardo Elizondo y don Eduardo R. Blackaller. Historiador el primero, amante del arte y la literatura el segundo. Ambos, de nuestro estado: uno de 
Sabinas y, otro, San Buenaventura.

Don Eduardo Guajardo, gran conocedor de la época de la Independencia en Coahuila, murió hace poco más de 15 días; don Eduardo Blackaller, el sábado anterior. Sendas distintas, ni siquiera sé si se conocieron, pero ambos hicieron este mundo más habitable, más amable, más bello, para todas aquellas personas que los tratamos. De ambos, su natural caballerosidad, su bonhomía, su sonrisa. Generosidad sin condiciones: la música, la poesía, la historia.

Tardes de lluvia a su lado, como esta en que viene su recuerdo. Cayendo una a una las gotas, haciendo más triste la jornada.

Descansen en paz, los dos Eduardo. Con el afecto a su familia, a don Carlos Guajardo, su hermano; a Mabel Garza Blackaller, su sobrina; y nuestro reconocimiento a estos dos hijos de Coahuila que hicieron de su vida lo que ambos desearon hacer. Parafraseando a don Andrés Henestrosa: “El hombre que quise ser y fui”.