Hasta ahora todo han sido especulaciones, pues por mucho que los discursos y las posiciones de Donald Trump puedan –o no– ser una pose, sólo a partir de hoy contará con el poder para convertir sus ideas en realidad –o al menos para intentarlo. Entre ellas, desde luego, las muchas de carácter negativo que ha expresado en contra de nuestro País.

En medio de la más fuerte polarización que haya sufrido la sociedad de los Estados Unidos en las últimas décadas y gozando de uno de los índices de popularidad más bajos, de acuerdo con los más recientes sondeos, el más improbable de los aspirantes presidenciales del vecino país asumirá hoy el poder y ha advertido que lo hará realizando acciones de impacto.

Ya ha llevado a cabo algunas y le han merecido aplausos por parte de un segmento de la población norteamericana porque, al menos en teoría, han significado el rescate de puestos de trabajo que estaban a punto de emigrar hacia otros países.

Las mayores expectativas, derivado del discurso que sostuvo a lo largo de su campaña y que sólo ha moderado un poco desde su triunfo en noviembre pasado, no están, sin embargo, en las acciones positivas que pudieran caracterizar el inicio de su administración, sino en las de carácter negativo: deportaciones masivas, cierre de las fronteras a los musulmanes, clausura de la tradición norteamericana de adopción a los migrantes, impulso de normas para limitar la libertad de expresión…

Las apuestas más importantes para las primeras horas tienen que ver con lo que se puede perder en términos de libertades y derechos; tienen que ver con la posibilidad de que los Estados Unidos “retroceda” en algunos de los aspectos clave que caracterizan su democracia.

A contracorriente de la esperanza que suele inspirar el inicio de un nuevo Gobierno, el ascenso de Trump al poder está marcado por una preocupación cercana a la angustia que tiene como uno de sus principales termómetros la paridad cambiaria y los mercados.

La crispación social también constituye un signo distintivo extraño de esta fecha: múltiples manifestaciones de protesta han sido convocadas desde las horas previas a la ceremonia inaugural de una administración a la cual muchos sienten, aún antes de iniciar, como un riesgo para sus intereses.

No todo mundo se encuentra taciturno, por supuesto. Hay más de 60 millones de personas –quienes convirtieron a Trump, primero en candidato y luego en Presidente– que deben sentirse esperanzadas y considerar que la presencia del magnate neoyorkino en la Casa Blanca es lo mejor que les pudo ocurrir. Los pesimistas pronostican que incluso ellos estarán deseando pronto que el mandato le sea revocado.

¿Los vaticinios de qué lado están en lo cierto? Hoy comenzaremos a averiguarlo y dejaremos de especular con las posibilidades. Para bien o para mal, hoy comienza un trayecto que, dentro y fuera de los Estados Unidos, cientos de millones de seres humanos podrían padecer hasta por los próximos ocho años.