Son 51 mil 311 personas -oficialmente reconocidas- con quienes sus padres, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, parejas, hijos, ya no pueden convivir y a quienes solo queda llorar.

Eran 51 mil 311 individuos con nombre y apellido, con una historia, con sueños, proyectos, aspiraciones, intenciones, metas por alcanzar… Son 51 mil 311 historias truncadas, cercenadas, interrumpidas abruptamente.

No eran -no son- números inertes. No son una estadística fría, una cifra con la cual “jugar”, presentarla de manera conveniente al público y así justificar la criminal ineptitud de las autoridades gubernamentales en la atención de la pandemia.

No eran una cifra relativa sino una identidad concreta; no son “cosas” susceptibles de agruparse para diluir su biografía en una comparación grosera de “muertes por millón de habitantes” según la cual es “en otra parte”, en “otros países”, donde las cosas van mal.

No estamos hablando de estadística sino de seres humanos, de personas con una biografía única, irrepetible y de valor incuantificable para quienes les conocieron y convivieron con ellas, con ellos.

¿Cómo consolamos a una madre, a un padre, a una esposa, a un esposo, a un hermano, compadre, amigo, vecino, colega, mediante el uso de las cifras relativas? ¿Disminuye el dolor de cualquiera de ellos con el simple señalamiento de cómo en Bélgica, San Marino o Andorra han muerto proporcionalmente más personas por coronavirus?

Tampoco tiene sentido, en el inmenso sinsentido en el cual se ha transformado el discurso oficial, buscar un “villano alterno”: las bebidas azucaradas, las harinas, las grasas, la alimentación híper calórica… la industria de los alimentos chatarra…

¿Cómo se consuela a los deudos de una víctima de esta pandemia con la más reciente estrategia discursiva de la T4? ¿Le decimos algo así como: “se murió por culpa de la industria fabricante de refrescos, tortillas de harina, alimentos enlatados, golosinas, cigarros, cerveza? ¡Cúlpelos a ellos, doñita!”.

O, para ser todavía más enfáticos: “no se podía hacer nada, absolutamente nada, para salvarle la vida a su hijo, señito. Todas las personas con sobrepeso -provocado por la industria de los alimentos procesados, no se le olvide-, si se enferman, se van a morir”.

La retórica favorita de los incompetentes: sí, han muerto muchas personas, pero ni una sola de esas muertes puede achacársenos porque no hay forma de salvar a quienes han cometido el pecado de vivir a base de una dieta compuesta por comida procesada.

Así, al tantas veces repetido “nos preparamos como nadie” debe agregársele lo hoy evidente: “…para contar muertos”.

Pero la estadística, una vez más, se vuelve en contra del discurso demagógico y deja en claro la vocación criminal de un gobierno cuya incapacidad pretende siempre justificarse culpando a otros.

Tomemos, como caso de comparación y a partir de la más reciente inflexión en la retórica de nuestro Perseo de Pantano y su campeón en la arena del coronavirus, al estado norteamericano de Texas.

Con cifras al día de ayer, en México se había reconocido la existencia de 469 mil 407 casos de coronavirus; en Texas, 497 mil 406. Casi los mismos números. Pero la cosa cambia, ¡y mucho!, cuando se compara la cifra de decesos: 51 mil 311 en México y apenas 8 mil 344 en el vecino estado.

Con un número de casos prácticamente idéntico, México supera ¡seis a uno! el número de muertes de Texas. Y si queremos encontrar una población históricamente alimentada a base de una dieta híper calórica y donde la obesidad es un problema crónico, pues no hace falta ir muy lejos:

De acuerdo con datos del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades del vecino país, el estado de la estrella solitaria es el cuarto con el mayor porcentaje de adultos obesos y el tercero con la mayor proporción de adultos inactivos de toda la Unión Americana.

Y para los defensores acríticos del Mesías Tropical, tan afectos a las comparaciones relativas, ahí va el dato devastador: Texas tiene 20.8 millones de habitantes, con lo cual su tasa de mortalidad por millón de habitantes es de 288, contra 398 de México.

¿Alguna diferencia digna de mención entre lo hecho en un lugar y en otro? Sí: Texas ha realizado 4.3 millones de pruebas a sus habitantes, mientras en México se han aplicado apenas 1 millón 71. El mismo virus, poblaciones con problemas similares de alimentación, sedentarismo y sobrepeso… pero acá se mueren seis mexicanos por cada texano abatido por el COVID-19.

Pero todo eso no cuenta para los López -Hugo y Andrés Manuel- para quienes lo importante es encontrar, cada día, una forma nueva de reducir las historias de individuos de carne y hueso, con nombre y apellido, a números relativos, a cocientes convenientes, a gráficas complacientes en las cuales los crecimientos exponenciales pueden verse como líneas horizontales.

Han muerto 51 mil 311 ciudadanos mexicanos. Con todos los datos a la mano es válido afirmar: a muchos de ellos los ha matado el Estado.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx

Carlos Arredondo Sibaja

Columna: Portal 

Periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.