Josefa González-Blanco nunca “se halló” en el gabinete del presidente Andrés Manuel López Obrador. Lo de que usó sus influencias para retrasar más de media hora un vuelo de Aeroméxico es solamente el pretexto para despedir a la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales. Oficialmente se dice que “está fuera del gabinete” pero, de facto, nunca estuvo adentro:

Desde que fue nombrada en campaña, a lo largo de los meses de la transición, más el medio año que lleva el gobierno, se quejaba con sus compañeros secretarios de Estado de que el presidente AMLO no le hacía caso. A los más cercanos a López Obrador les pedía ayuda para acercarse al líder, consejos sobre cómo llamar la atención de un primer mandatario que, en el fondo, ha mostrado un desprecio por la ecología: su modelo de desarrollo, su modelo de país, no se ocupa de la sustentabilidad. Ejemplos hay muchos: su apuesta por la generación de energía con carbón, la refinería de dos bocas, la termoeléctrica de Morelos, el tren maya, el transístmico, hasta el aeropuerto de Santa Lucía. Semarnat recortó 16 mil empleados y su titular lamentaba a la sorda que no tenía presupuesto para nada. El más claro ejemplo: los incendios que no pudieron combatirse eficazmente.

Si López Obrador no le hacía caso, González Blanco Ortiz Mena tampoco hacía mucho por llamar la atención: no existió en la crisis de contaminación, no existió en la crisis de incendios, no existió en la crisis de la vaquita marina, no existió en la crisis del sargazo. Y lo que más se recordará de su paso por el gobierno es aquella singular declaración sobre los aluxes, su mínima participación en la reconversión de las Islas Marías en centro cultural y su última entrevista banquetera en la que –aunque usted no lo crea- expresó que no estaban los permisos de impacto ambiental para la nueva refinería, pero que aun así ya podían iniciar los trabajos el 2 de junio.

En síntesis, estamos frente al caso de una secretaria que no existió, un presidente que nunca le hizo caso y un plan de gobierno que desdeña la sustentabilidad. Con tales ingredientes, el desenlace era previsible. Lo que faltaba era encontrar un pretexto. Y lo hallaron en el vuelo 198 de Aeroméxico: Josefa González-Blanco movió sus influencias para que se retrasara 38 minutos y ella pudiera abordar a tiempo; los pasajeros se enojaron, hubo fotografías de su llegada tarde y se reportó que el piloto dijo por el altavoz que “por orden presidencial” debían esperar a una persona y no podían despegar aún.

Es un pretexto. Porque si esta fuera la vara de exigencia en el gobierno de la autoproclamada Cuarta Transformación, quedarían pocos en el gabinete.

SACIAMORBOS

Retrasar un vuelo se castiga con renuncia. ¿Retrasar un aeropuerto?