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Hace 66 años el ser humano desentrañó el secreto del ADN, el descubrimiento más importante del siglo 20. Cuatro científicos lo hicieron posible pero sólo tres de ellos recibieron el Premio Nobel. ¿Por qué?

La tumba, en un viejo cementerio judío en el noroeste de Londres, está abandonada a más no poder, cubierta por una simple loza donde crece el musgo, que apenas permite leer el texto inscrito en la lápida, el cual dice: ‘En memoria de Rosalind Elsie Franklin, muy querida _ija mayor de Ellis y M__iel Franklin. Julio 25 de 1920 al 16 de a_r_l de 1958. Cuyos des_ubr_mientos quedan como un perm_nen_e beneficio p_ra la hu_anidad.

Las letras que faltan en la tumba de Rosalind Franklin fueron recientemente restauradas, pero su epitafio seguirá incompleto mientras le falten estas tres letras: ADN, que son las que definen su más valioso legado a la humanidad.

Rosalind hizo uno de los más grandes aportes al descubrimiento de la estructura del ADN, la molécula que contiene los elementos de la vida (ADN es la abreviatura de ácido desoxirribonucleico).

El descubrimiento de Rosalind (la estructura de doble hélice del ADN) fue el que hizo posible que los biólogos moleculares James Watson y Francis Crick construyeran su famoso modelo estructural de ‘la molécula de la vida’ por el cual fueron galardonados con el Premio Nobel en 1962.

El descubrimiento

Nacida en el seno de una familia judía prominente, dedicada a la banca, Rosalind creció en Londres y estudió física en la Universidad de Cambridge. Al terminar su carreta aceptó, en 1947, un contrato de cuatro años para trabajar en París en un laboratorio del Gobierno.

Allí usó rayos X para estudiar los cambios que ocurrían en los cristales de grafito al calentar el carbón a altas temperaturas, un trabajo que resultó vital para la industria de la energía atómica, que usa el grafito para controlar la velocidad de la fisión nuclear (todas las sustancias químicas, desde la sal de cocina hasta el diamante, forman estructuras geométricas llamadas ‘cristales’; que son como la huella digital de cada sustancia).

La genética del ADN ha podido explicar padecimientos que hace 60 años ni siquiera figuraban en las enciclopedias, como el sida y el ‘mal de las vacas locas’, mientras la astrogenética busca ahora en el Cosmos la explicación de cómo fue que se formaron las primeras moléculas de aminoácidos y cómo fue que esas ‘semillas’ de la vida llegaron a florecer en nuestro planeta"

En 1951 Rosalind fue invitada a trabajar para el Colegio del Rey, de Londres, a fin de que utilizara las técnicas de rayos X para investigar la estructura del ADN. Experimentos llevados a cabo por Oswald Avery, un bacteriólogo estadounidense, ya habían revelado que el ADN era el portador de la herencia genética.

Lo que faltaba saber

Sin embargo, nadie sabía exactamente cómo era que el ADN entregaba su mensaje genético, ya que su estructura molecular permanecía en el misterio. Al bombardear cristales de ADN con rayos X y estudiar el patrón producido por el reflejo de esos cristales, Rosalind encontró una ruta para descifrar la estructura molecular de dicho componente.

Durante dos años, Rosalind fotografió el ADN desde todos los ángulos con una microcámara que ella misma diseñó y ensambló. Tomó cientos de fotografías que le permitieron calcular las distancias entre los átomos de ADN.

Fue así como ella descubrió que la estructura del ADN era claramente una hélice, que se abría para replicarse a sí misma.

Mientras Rosalind llevaba a cabo estos trabajos en su laboratorio de Londres, James Watson y Francis Crick estaban ocupados, no muy lejos de allí, en Cambridge, tratando de construir un modelo de la molécula de ADN.

 Sin embargo les faltaba información clave que les impedía completar la estructura. Un colega de Rosalind, Maurice Wilkins, le pidió prestadas las mejores imágenes de rayos X que ella había logrado del ADN, y se las mostró, sin el consentimiento de Rosalind, a James Watson, quien de inmediato vio que ella había encontrado la pieza esencial del rompecabezas que varios científicos de todo el mundo trataban de descifrar.

El brindis

Francis Crick (el colega de James Watson) estaba tan contento que el 28 de febrero de 1953, mientras se encontraba en su taberna favorita, en Cambridge, se dirigió a la concurrencia para invitarle a un brindis en el que anunció su descubrimiento de ‘el secreto de la vida’.

Dos meses después, el 25 de abril, el anuncio realizado por primera vez en la taberna de Cambridge, fue hecho público al mundo científico en un artículo publicado en la revista Nature.

Allí Francis Crick y el estadounidense James Watson dieron a conocer su descubrimiento de la estructura del cristal de ADN: una especie de escalerilla formada por dos cadenas de fosfato y azúcar, ambas entrelazadas en una doble hélice y unidas por cuatro bases nitrogenadas que se comunicaban entre sí según una clave única.

El mundo científico de entonces no comprendió de inmediato el potencial del nuevo descubrimiento. De hecho, pasarían nueve años antes de que Crick, Watson y Wilkins recibieran por ello, en 1962, el Premio Nobel.

Los aportes

La hazaña de Crick y Watson ha permitido a la ciencia descifrar, gen por gen, el genoma de la especie humana, así como el de virus, bacterias, hongos, insectos, animales y plantas.

Ha permitido también descubrir cómo es que el cáncer mata y cómo se le puede vencer; ha revelado el secreto genético del síndrome de Down y el proceso de envejecimiento; y ha abierto la puerta para el tratamiento de los males genéticos.

Pero sobre todo ha permitido lo que hace 60 años era impensable: la clonación de seres vivos a partir de cualquier célula, pasando por alto el mecanismo de fecundación por el cual las especies procrearon su descendencia desde que la vida comenzó a florecer en el planeta, hace más de tres mil 500 millones de años. Incluso ha permitido el avance necesario para la creación de seres vivos ‘a la medida’ de las necesidades humanas.

Una puerta al futuro

El descubrimiento del ADN le dio nuevas alas a la genética, pero originó también ciencias nuevas, con aplicaciones todavía insospechadas; como la arqueología forense, que se emplea para aclarar los secretos que rodearon la muerte de muchas personalidades, incluyendo el linaje de Tutankamón y las causas de su muerte temprana.

La genética del ADN ha permitido explicar cómo fue que se formaron las primeras moléculas de aminoácidos y cómo la biogenética promete alimentar a una población humana que amenaza con reventar todas las fronteras de la supervivencia.

En los laboratorios científicos ya se crean especies vegetales resistentes a las plagas y a las sequías, que prometen producir alimentos sin límites. Sin olvidar las enormes posibilidades de la clonación y de la replicación de células para obtener casi cualquier órgano del cuerpo.

Lo que nadie pudo ver

James Watson, Francis Crick y Maurice Wilkins, hicieron su trabajo sobre el ADN sin experimentar; ellos sólo reunían los conocimientos que otros investigadores (como Rosalind Franklin) iban produciendo en otras disciplinas científicas. Esta forma de trabajo permitió que esos investigadores le ganaran la carrera a prestigiosos científicos que se empeñaban en lograr el mismo propósito.

Para entonces ya se sabía que el ADN estaba compuesto por cuatro moléculas orgánicas llamadas ‘bases’: adenina (A), tiamina (T), guanina (G) y citosina (C).

Y se sabía que en todo ser viviente la proporción de esas bases es la misma. La idea de Crick y Watson —dicho de forma simplificada— era que A, T, G y C se combinaban entre sí a lo largo de una especie de escalera, en una secuencia que se repetía cada cierto tramo.

Otros dos científicos británicos, Maurice Wilkins y Rosalind Franklin, habían realizado ya un trabajo previo muy importante, al estudiar con rayos X la estructura cristalina de la molécula de ADN.

De hecho, Watson y Crick vieron en esas radiografías moleculares lo que otros no pudieron ver: que la estructura del ADN se asemejaba claramente a dos cadenas entrelazadas entre sí. Fueron ellos quienes idearon ponerle peldaños a esas cadenas y de esa manera crear la estructura en forma de escalera de cuerdas de la molécula de ADN, que ahora todos conocemos.

In memoriam

Después de la muerte de Rosalind en 1958, Watson, Crick y Wilkins recibieron el Premio Nobel en 1962 (este premio nunca es entregado de manera póstuma y no puede ser recibido por más de tres personas, por eso nunca se hizo mención de Rosalind, lo cual no parece justo).

Rosalind Franklin fue una investigadora tímida y solitaria, muy dedicada a su trabajo que se distinguió por la perfección en todo lo que hizo. (Selector de Vanguardia)