¿La ‘nueva ceremonia’ del Grito nos ayudará a olvidar nuestras diferencias y concentrarnos en lo que nos une para avanzar más rápidamente en la superación de los rezagos colectivos el resto del año?

El presidente Andrés Manuel López Obrador encabezó anoche su primer ceremonia del “Grito de Independencia” y, como lo había adelantado, lanzó una veintena de arengas desde el balcón de Palacio Nacional imponiendo así su “sello personal” a la ceremonia.

No existe un protocolo oficial de lo que debe decirse en el breve espacio que el titular del Ejecutivo, los gobernadores y alcaldes en el territorio nacional -y los representantes diplomáticos del país en el resto del mundo- aparecen ante la comunidad reunida, pero por regla general suele recordarse a Miguel Hidalgo, José María Morelos, Ignacio Allende, Josefa Ortiz, Juan Aldama y Mariano Matamoros.

Vicente Fox fue el primer presidente mexicano que incluyó en las arengas a Leona Vicario, a quien el actual mandatario también mencionó anoche, aunque dejó fuera a Matamoros y Aldama.

De hecho, el Presidente sólo dedicó 5 de sus 20 menciones a personas concretas: Hidalgo, Morelos, Ortiz, Allende y Vicario. El resto fueron menciones genéricas que incluyeron a colectivos identificables, como las comunidades indígenas o el pueblo de México, e ideas y valores como la paz, la libertad, la justicia o la fraternidad.

Tras las arengas y la entonación del Himno Nacional, el evento transmutó brevemente -como suele ocurrir en esta administración- en una suerte de mitin político de respaldo al mandatario que se mantuvo en el balcón presidencial acompañado solamente de su esposa.

La transmisión oficial del evento también marcó una diferencia importante respecto del pasado reciente, pues no fueron los conductores “famosos” de la televisión comercial quienes se encargaron de reseñar el evento, sino conductores “normales” designados para dicha tarea por el Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano.

La autodenominada “Cuarta Transformación” hizo con ello su debut en el que es, casi con toda seguridad, el único evento del calendario cívico que realmente nos une a todos los mexicanos y nos obliga a hacer a un lado nuestras diferencias políticas, religiosas o culturales y sentirnos orgullosos de nuestra identidad común.

En lo esencial, la ceremonia mantuvo sus elementos simbólicos: el toque de la campana, las arengas, la bandera agitada desde el balcón presidencial, los juegos pirotécnicos. En las formas el cambio fue notable: una cadena nacional de inusual duración y una conducción a cargo de personas que no logramos identificar fácilmente, pero que cumplieron.

¿Esto hará que los mexicanos seamos más o menos patriotas o que adquiramos una visión distinta de lo que significa ser mexicanos? ¿La “nueva ceremonia” del Grito nos ayudará a olvidar nuestras diferencias y concentrarnos en lo que nos une para avanzar más rápidamente en la superación de los rezagos colectivos el resto del año?

Difícilmente, porque más allá de que todos seamos capaces de unirnos en el coro de vítores por el aniversario del inicio de la lucha de independencia, lo cierto es que la cotidianidad nos separa con enorme facilidad y el resto del año nos hace ver no como uno, sino como muchos méxicos.