Ilustración: Vanguardia/Alejandro Medina

El tema no es nuevo. Desde la campaña electoral hubo muchas observaciones, pero ahora la seguridad personal de Andrés Manuel López Obrador, ya como Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, toma nueva relevancia.

Con esa consigna de romper todo o casi todo con los gobiernos que lo precedieron, AMLO le quitó al Estado Mayor Presidencial la responsabilidad de cuidar la seguridad del Presidente, su familia y sus principales colaboradores.

Después designó a una veintena de personas como encargados de su protección, pero mantuvo su decisión, como cuando fue Jefe de Gobierno del Distrito Federal, de trasladarse en un automóvil compacto, sin equipamiento de seguridad.

Por si fuera poco, viaja en avión comercial y dedica su tiempo en la sala de espera a atender a espontáneos que se acercan a hacerle peticiones o, al menos, a tomarse una selfie. Y a todo esto, López Obrador dice que los mismos ciudadanos, el pueblo mexicano, lo cuida.

La semana pasada; sin embargo, luego de que se confirmara que un artefacto localizado dentro de una camioneta abandonada frente a una puerta de acceso a la refinería de Salamanca sí era explosivo, se cuestionó al Presidente si no contemplaría reforzar su seguridad, pues en el vehículo también había una manta amenazándolo por su combate al robo de combustibles.

Fiel a sí mismo, el Mandatario descartó hacer cualquier cambio en su estrategia de seguridad personas y dijo que seguirá como hasta ahora lo ha hecho con su ayudantía.

Además, por supuesto, no perdió la oportunidad de crear una nueva y ocurrente frase para los titulares noticiosos: “El que lucha por la justicia no tiene nada que temer”, declaró. Una línea que ya hubiera querido escribir Stan Lee para cualquiera de los superhéroes de su universo de los cómics.

Pero la cosa no quedó ahí, claro que no. AMLO también les dio un rozón a sus antecesores en la Presidencia de la República, a los que criticó por las medidas de seguridad que tenían y sostuvo que era una situación de pena ajena porque tenían aparatos de protección excesivos.

Según el jefe el Ejecutivo federal, las estrictas medidas de seguridad impedían la comunicación entre el Presidente y los ciudadanos. “Imagínense, cómo voy a gobernar si no tengo comunicación con la gente”, plateó.

López Obrador aseveró que para gobernar se debe escuchar a los mexicanos y remató declarando que no haría caso a ningún acto de intimidación, como aparentemente hizo el cártel de huachicoleros de Guanajuato.

“Tenemos nuestra conciencia tranquila”, expuso sobre este episodio. Y la verdad es que nadie duda que la tenga, pero el caso es que, precisamente por su compromiso con el pueblo, AMLO ya no se manda solo, él mismo lo dijo, “pertenece” a todos los mexicanos, en el sentido de que su integridad personal es un asunto de seguridad nacional.

La historia tiene decenas de ejemplos del efecto negativo que los magnicidios tienen en cualquier sociedad. Los último que México necesita son mártires.