Los comentarios acerca del Cine Palacio de Saltillo, incluidos en mi colaboración de la semana pasada a propósito del cine y la censura, removieron remembranzas y algo más que recuerdos en los lectores. Algunos me los hicieron llegar y sería a todas luces ingrato no ponerlos aquí. Antes referiré breve información sobre la edificación del entrañable cine saltillense para ubicarlo en el tiempo y el espacio.

El edificio fue diseñado por el arquitecto mexicano Mario Pani bajo la influencia del art déco y el concepto de los grandes teatros en las ciudades cosmopolitas como Nueva York, París o Los Ángeles en los años de la Segunda Guerra Mundial. La majestuosidad debía ayudar a la distracción y el entretenimiento en un ambiente diferente del que se vivía en las calles. Sus características convirtieron al Cine Palacio en valioso elemento del patrimonio arquitectónico de Saltillo. Inaugurado en 1941, pronto se volvió protagonista en la vida social de la ciudad. Un día, el viejo inmueble dejó de funcionar como cine y tras muchos años de lucha por su supervivencia, sucumbió ante una cadena comercial de zapaterías que invade los espacios de la taquilla y el vestíbulo, aunque afortunadamente conserva en pie la fachada y al parecer el cascarón de la gran sala.

Mucha gente hay que conoció el encanto alrededor del ritual de asistir a una enorme sala en una función de permanencia voluntaria, ahí donde se dejaron las emociones y los sentimientos de la adolescencia y la juventud, y lo recuerda con nostalgia imborrable. Una amiga muy querida comentó emocionada: “Casi me caso ahí”. Otros recordaron con añoranza a doña Lupe, la boletera de la taquilla, y a la diligente señora Cristina Reyes, encargada de la gran dulcería ubicada en el lado derecho del cine. La Dulcería del Palacio hizo época en su tiempo, sus golosinas no se vendían en ningún otro lugar de Saltillo, ni los hot dog que salían envueltos en papel encerado de una vaporera calientita, y ni hablar de las palomitas y los chocolates: “Tenía una vitrina espectacular, a mí me gustaba comprar chocolates Pons Pons y pasitas cubiertas de chocolate; los hot dog sudados eran famosos”, comentó alguien más. Tenía acceso por la sala y por la calle de Victoria, y en el intermedio, los espectadores llenaban el espacio del primero y querían que se les atendiera de inmediato para no perderse nada de la película.

“El Chino era un boletero que se portaba bien con la raza, comentó otro saltillense, el señor Gámez también era empleado y boletero y la señora Lupe atendía la taquilla, era la esposa del Chicharo…”. El Chícharo era una famosa tienda en la esquina de Xicoténcatl y Victoria, y por extensión el mote pasó a su dueño. Quique Alvarado recordó: “La gritería en la fila los domingos para comprar los boletos con doña Lupe, las cortinas rojas de las entradas a la sala, el desorden que armaban los estudiantes en las funciones populares de los martes y los viernes, los eructos que lanzaba un conocido y se escuchaban en toda la sala, las botellitas de ‘perfume’ que aventaban al frente y soltaban un olor tan penetrante y horrible que todos salían corriendo, se prendían las luces de la sala y se paraba la función por un rato, los gritos de ‘cácaro’ y ‘Suelta la botella güey’ y los que lanzaba el ‘Güero’ Carranza. Tranquilino, el acomodador, echaba la lámpara a los muchachos que subían los pies a la butaca de enfrente y hacía que apagaran los cigarros… el libanés de sombrero detectivesco que se la pasaba caminando por los pasillos…”.

Parte del ambiente cinematográfico de la época eran los operadores y los gritos impacientes de “cácaro” en la sala cuando la proyección perdía foco, se distorsionaba el sonido o se rompía o quemaba la cinta: “Había un ‘cácaro’ que apagaba el proyector, creo que a las 10:30 o a las 11:00 de la noche, independientemente de si había terminado o no la película”, comentó otra queridísima amiga. Recuerdos idos, más bien presentes por entrañables.