Comí carne de víbora, de conejo y ancas de rana que mi padre pedía y le llevaban a casa. En el bosque esbelto de Sabinas, a un lado del río, probé la carne de caballo que humeaba en una olla; éramos muchos exploradores que alimentar y creo que no había dinero suficiente. Lo resolvieron con un potaje así.

Diversas texturas: suavidad y blancura, hileras de algo parecido a un ixtle entre mis dientes o músculos tensos con sabor a hierba.

La carne siempre estuvo presente en la historia familiar y cercana. Siempre supe de dónde provenía esa carne, no eran esos cortes sin ojos exhibidos en el súper mercado con forma de bloques o tiras. Eran siluetas reconocibles, chivas a las que uno alimentaba con hierba o biberón, un pato que había andado toda una temporada antes de volverse carne con mole.

Eran las manos fuertes de la abuela cortando a tajo limpio los cuellos de los cabritos. Era el vino con el que mareaba a las gallinas antes de retorcerles el pescuezo. Fue así. No provengo de una familia vegana ni vegetariana. Así que hablo los actos ocurridos: la carne nadando en sangre y sazonada con laurel y ajo, por ejemplo.

Así eran las fiestas y lo siguen siendo: el pavo en la mesa inyectado con jugo de naranja y leche evaporada, la pierna de cerdo con ciruelas. Los vegetales como el acompañamiento.

Miro en forma cercana, y todas las familias que conozco, excepto una, comen carne, en alguna de sus formas. Algunos dicen que son vegetarianos aunque coman pescado y que eso no cuenta, otros que solo huevo, otros que solo queso y así todos se sacan un diez. Otros más aguerridos, borran la historia familiar en la que nacieron, o de plano la editan.

Ahora muchos comemos menos carne o nada. Y seguimos comiendo vegetales. Ahora masticamos los nutrientes junto con preguntas. Ahora algunos han logrado salir de la vorágine de la carne diaria.

Pienso en los pueblos originarios, en el México prehispánico, en donde la carne solo era usada para consumirse durante las fiestas, o claramente reservada para que las clases nobles que llenaban a diario sus estómagos con músculos de peces o venados. Sin embargo, para muchos, para la clase que trabajaba, el consumo de carne era sumamente esporádico.

Ahora no es así. No en el norte de este país, asociado fuertemente a la carne. Y en muchas familias el no comer un filete en cada comida no es bien visto. Incluso es una ofensa –me tocó ser la parte que ofendió, por cierto- no ofrecer carne en una comida, no importa cuánta variedad haya en el platillo.

Heredamos esta forma de alimentación, y también heredamos la gota, la diabetes, la grasa en las arterias. A mí me duele más cortar una hoja a la albahaca que planté. O jalar el aguacate del árbol que tanta sombra me da. No tienen ojos para verme, ni sistema nervioso central como yo para gritar, pero igual se estremecen. Así de discordante soy.  

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