Aquel pobre infeliz vino a purgar toda la rabia y frustración acumuladas por una nación que ha sido secuestrada por un enemigo invisible. Toda la impotencia de un pueblo apto y deseoso de trabajar, pero impedido, virtualmente maniatado por una incierta amenaza que ya habríamos mandado hace tiempo al carajo de no ser porque se cierne, cual depredador, sobre nuestros miembros más débiles.

El remedo de Peterete nunca se imaginó aquel día, cuando despertó, determinado a hacer el mal y a ganarse unos centavos a costa del miedo y la indefensión de los buenos ciudadanos que están obligados a hacer uso del transporte público, que estaba a sólo unas horas de conocer el lado más amargo de la fama, que es la infamia del Internet.

“¿Qué puede ‘malir sal’?”, se dijo a sí mismo.

Fue este malandro, “el ladrón de la combi” durante un par de días la primerísima tendencia de redes sociales y medios de comunicación (que hoy viven a la saga de las primeras).

Replicado, satirizado, “memeficado”, su calvario exprés fue el premio de consolación para un pueblo al que el 2020 le negó hasta el Viacrucis de Semana Santa.

De hecho, por una blasfema y muy desafortunada analogía, este cordero vino a expiar todo el dolor, que no el pecado, de la porción azteca de la humanidad.

Pero este redentor no vino a predicar la paz y a sembrar la semilla del amor en el prójimo, sino que vino a amedrentarlo y a despojarlo al grito de “¡Ya se la saben!”, en cínica alusión a la incalculable cantidad de veces que dicha escena ha sido representada.

En efecto, en muchas zonas de provincia, afortunadamente, el asalto a mano armada en un trayecto del transporte urbano aún es una anomalía. El transporte público podrá ser una verdadera desgracia, pero el resultar desvalijado aún constituye una indeseable novedad.

Muy diferente en CDMX y Estado de México, concentraciones urbanas en las que la proporción de lo humano se perdió hace muchísimo tiempo, los trayectos son casi un viaje de diligencia y, en consecuencia, los salteadores del camino son inevitables.

Un descuido, un error de cálculo del bandido y dos acciones oportunas (el arrancón del chofer de la unidad y la obstrucción de la salida) fueron la perdición del caco al que le esperaba una madriza tal que al final ya no clamaba clemencia, sino “¡Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu!”.

Pobre malhechor (discúlpeme si le expreso un atisbo de empatía), pero le hicieron lo que a Jorge Torres, que sus secuaces se quedaron abajo y a este menso lo dejaron trepado para recibir la redención a chingadazos.

¿Por qué es relevante el ciberescándalo (ciberchisme) de la semana y de qué méritos goza para que lo estemos comentando hoy aquí?

Ni se crea que es la ausencia de temas de relevancia, que esta semana andamos sobrados. Pero no pude dejar de notar lo mucho que este linchamiento ready to go revela del ánimo generalizado de México y del mundo entero, como sociedades que han acumulado tanta presión que están a nada de un estallido.

Como si no fuera suficiente la lucha diaria por supervivir, en una economía permanentemente deprimida, con un clima de encono social, cautivos de empleos fraguados en la cultura de la explotación y súmele la historia personal de cada quien, aunado a una pandemia de la que ya no pedimos salir sino nomás saber si ya estamos en el condenado pico…

Para que todavía llegue un canijo malviviente a blandirle su arma en la cara y con su odioso canturreo chilango nos diga “¡Ya se la saben!”, lo que se traduce como “aquí se chingan”.

Sabemos que no es de buen cristiano el hacer escarnio de los caídos. Pero ni el episodio tuvo un final trágico como para hacer mártir al presunto miembro de una banda de asaltantes, ni pudo llegar en mejor momento un símbolo del coraje que nos embarga (el símbolo no es desde luego el hamponcete, sino la surtida madriza que le acomodaron).

Los AvengersMx, como ya conoce a estos justicieros urbanos, son un símbolo de la resistencia, sí, de la resistencia al 2020, que venía con más sorpresas que miscelánea fiscal y del que a duras penas ha transcurrido la mitad, así que no lo dé por superado que quién sabe qué otras linduras nos tiene guardadas.

Aunque la delincuencia es en efecto un subproducto de una sociedad desigual y descompuesta, y hay en esto una gran responsabilidad de nuestros gobiernos a lo largo de las décadas, nada justifica el asalto con violencia. Y menos tratándose de un güey que está tan sanote que soportó un “bukake de patadas”.

Le suplico, querido y sensual lector, por más que los Avengers Edo. Mex lo hayan inspirado, no le vaya a dar por quererse convertir en vigilante nocturno. Hay que cuidarnos de la delincuencia, no jugarle al héroe. La Liga de la Justicia de Texcoco tuvo suerte y todo quedó para el anecdotario, pero pudo ocurrir una desgracia.

Por último, tenemos que agradecerle a todos los protagonistas de este incidente, tanto al malandro, por haberle hecho más llevadera la semana a esta apabullada nación, como a los Vengadores de pesera, que en el rubro del combate a la delincuencia, ya le puso un ejemplo demoledor a la administración de López Obrador.