Tenía más de cuatro meses de no hablar con Jesús R. Cedillo. Le marqué por teléfono y nos reunimos en un desayunadero, de esos que se han convertido en un referente gastronómico por la comida que ahí se sirve: chicharrón, barbacoa, menudo, mollejas de res, tuétanos, tortillas de maíz y harina recién paloteadas: una amplia variedad de platillos no aptos para cardiacos.

Llegamos puntales a la cita, nos acomodamos en una mesa contigua a otra en la que estaba un grupo de personas festejando un aniversario.

Por la cercanía, era imposible no escuchar la conversación. Hablaban sobre el proceso electoral ya casi en puerta, sobre los personajes que suenan por el PRI, los gallos del PAN y el Partido Morena que postulará al “Indómito” Armando Guadiana. Uno de los comensales dio un giro inesperado a la plática. Comentó sobre su reciente visita al médico, dio cuenta de todos los estudios clínicos a que fue sometido -prácticamente- lo examinaron de arriba abajo, le revisaron todos los orificios corporales y le recetaron medicamentos que tomará de por vida. So pena de morir de forma fulminante.

Otro de sus compañeros de mesa, habló sobre la experiencia dolorosa de un pariente cercano, que acaba de morir. Dijo: “mi primo Raúl, de repente se sintió mal, fue al hospital y ya no salió con vida. Lo sepultamos al siguiente día de que enfermó”.

Los señores y señoras apenas rebasaban los cincuenta años de edad y su plática –como si fueran franceses: ellos no platican sobre el clima, sino sobre enfermedades y platillos culinarios- se convirtió en una larga lista de las enfermedades que los aquejan.

Llegó el mesero y uno de ellos pidió unos huevos tibios: “sin frijoles, porque el doctor me los prohibió, me causan gases e incrementan el ácido úrico”.

Otro ordenó unas claras de huevo con nopales “y pico de gallo sin chile, por la úlcera…”

“Y para tomar, ¿los señores quieren café de olla o americano?” -preguntó solícito el mesero-.

“De olla no, trae muchas especies y piloncillo, estoy a punto de que me dé azúcar”, se quejó otro, y pidió un té de manzanilla y de comer, sólo “tantito melón con yogurt”.

Otro lloriqueaba por los problemas que le causan las lluvias, mencionó que traía un dolor insoportable en los callos. A duras penas se levantó de la mesa, se encaminó al sanitario apoyándose en las sillas que le estorbaban en su doloroso andar.

Jesús R. Cedillo y quien esto escribe, nos miramos perplejos, recordamos a los amigos y parientes que se han adelantado en el camino y a los que enfrentan problemas de salud.
Que si Fulano tiene problemas de diabetes, que si Zutano está en dieta de carne.

Dimos cuenta del café con piloncillo y las gorditas de chicharrón fritas en aceite. Salimos de la fonda. Emprendimos juntos nuestro andar por la calle. A diferencia de otros días, la mañana estaba soleada, a nuestro paso íbamos saludando a los conocidos que se cruzaban en nuestro camino.

Antes de despedirnos, reflexionamos sobre el estado de salud en que nos encontramos, y sobre todo: que estamos vivos. Quedamos en cambar la dieta, antes de que el destino nos alcance. Reímos y nos despedimos.

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