La cancelación de las obras del NAICM en Texcoco y la construcción de la central aeroportuaria que llevará el nombre del héroe revolucionario Felipe Ángeles, en la base militar ubicada al sureste del municipio de Zumpango, en el Estado de México, aún esta dando mucho de que hablar al respetable. 

Dijera el comediante morelense de nacimiento y regiomontano por adopción, Franco Escamilla: “parece chiste pero es anécdota”. El pasado mes de noviembre, mientras se realizaban los trabajos de excavación en el lugar que ocupará la torre de control del aeródromo de marras, fue hallado el esqueleto de un mamut; lo mismo ocurrió en lo que será una de las pistas. Sí, amable y única lectora, los enormes mamíferos que poblaron este planeta azul, mayormente durante la época del pleistoceno, utilizaron como zona de desplazamiento el territorio en donde ahora se edifica el proyecto cumbre de la administración federal; esto, hace más de 15 mil años. Al respecto, los arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) han afirmado que aunque pudieran verificarse otros hallazgos similares, los hechos no reúnen los requisitos para proteger el terreno y, por ende, suspender la edificación del aeropuerto, ya que –hasta el momento– no estamos frente a un descubrimiento “monumental” (cualquier cosa que eso signifique). 

En tal contexto, conviene recordar que a principios del mes de mayo, la dependencia del Gobierno de la República encargada de la investigación, conservación y protección del patrimonio arqueológico de nuestro país (entre otras interesantes actividades), dio su visto bueno para iniciar las labores que concluirán en la tan ansiada terminal aérea y, posteriormente, emitió un dictamen favorable para los mismos fines. 

Los hallazgos de restos de mamuts y otras especies en la zona parecen ser cosa menor; pero, dadas las tortuosas circunstancias que han aderezado el asunto, el acontecimiento adquiere especial relevancia. 
¡Santa Lucía va por que va!; así lo ha declarado en recurrentes ocasiones el presidente de los mexicanos, Andrés Manuel López Obrador. En su propósito de enterrar un inmueble “faraónico” y llevar agua a su molino, nada ni nadie detiene al líder del todavía naciente régimen. Atrás quedaron los cálculos sobre los costos que ha generado la supresión de la obra en Texcoco y de cuyas estratosféricas cantidades ya hemos dado cuenta en este espacio. Por su parte, el tristemente célebre Cerro de Paula (la elevación terrestre más fifí de todas); el mismo que nadie vio al hacer la planeación correspondiente y que obligó a variar el sentido en el trazado de las pistas, no ha significado un obstáculo para el cumplimiento de los mencionados afanes. Tampoco lo ha sido la señalada inviabilidad por parte de organizaciones nacionales e internacionales, las cuales aseguraron –a través de expertos en la materia– que el esquema pretendido está destinado a complicar aún mas las demoras por el tráfico aéreo, al tiempo que provocará graves problemas operativos, los que impedirán satisfacer a futuro la alta demanda de los servicios de transporte. Ninguna limitante representaron los 140 amparos promovidos por asociaciones, empresarios y ciudadanos en general, quienes acudieron ante los órganos jurisdiccionales para tratar de frenar la ejecución del citado proyecto de infraestructura. Por el contrario, en medio del fragor de la batalla jurídica, Santa Lucía fue declarada como obra de “interés nacional”, al tiempo que se calificaron de “estratégicos” los espacios, inmuebles, instalaciones, construcciones, equipos y demás bienes pertenecientes a la Sedena. Así, el alto mando militar indicó que cualquier suspensión que afecte el levantamiento del nuevo campo de aviación, pone en peligro la defensa, integridad y soberanía de México (más contundente imposible).

Y como “donde aprieta no chorrea”, la antes referida secretaría tomó la decisión de clasificar como reservada la información relativa al diseño, construcción y finanzas de la base aérea. De esa forma, por los próximos cinco años, los ciudadanos estamos impedidos para conocer el plan maestro y el proyecto estratégico, así como los estudios de seguridad, ambientales y de aeronavegabilidad correspondientes, entre otros importantes aspectos. 

Aquí en confianza, si el terrible impacto al erario público que significó la cancelación de los trabajos ya iniciados; las profundas interrogantes que quedaron tras la consulta pública por la que se confió al pueblo bueno y sabio la trascendental decisión; el cerro que se “atravesó” y por el cual fueron modificados los planos originales; los estudios de los expertos que arrojaron negativos resultados y las decenas de amparos promovidos, entre otros muchos etcéteras, no han logrado conseguir que la 4T y sus huestes frenen la realización de una obra de infraestructura altamente cuestionada, dudo mucho que unos cuantos huesos de conservadores mamuts los detengan. Contra viento y marea; más temprano que tarde, los aviones habrán de aterrizar en Santa Lucía.

Iván Garza García

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