Cuando las posadas están en su lugar se sitúan en el novenario de Navidad. Del 16 al 24 de diciembre. Con peregrinos, avance con cantos de petición de posada. La piden los de fuera y la niegan los de dentro. Con posada final abierta en hospitalidad, celebrada con regocijo de silbatos, serpentinas, confeti, espanta-suegras y cánticos repetitivos: “entren santos peregrinos”. Posada con piñata de cinco picos, repleta de dulces y cacahuates. “Yo no quiero ni oro ni plata, yo lo que quiero es romper la piñata”. Si no hay dinámica del pino y pastorela, sigue la cena de tamales con salsa de elote con rajas, champurrado y buñuelos.

Fue invento pastoral de los misioneros esta hidalguía cultual precedida de rechazos y negaciones. En el regocijo hospitalario, con ojos vendados, la chiquillería iba tomando turno para representar la fe, vapuleando con garrote los siete picos de la piñata. Al romperse caían las naranjas y las golosinas y todos se lanzaban a la rebatinga. Las delicias que caían significaban las gracias y las bendiciones divinas.

Por las veredas y caminos de Castilla se establecían las “ventas”. Eran hospederías en que el caminante encontraba buen vino, hogazas de pan, sopa caliente, frutas y trozos de carne. Podía descansar en lecho sin que toda incomodidad tuviera ahí asiento. Y los posaderos mostraban hidalguía. Es la hidalguía una generosidad con nobleza de ánimo. Se superaba el interesado toma-y-daca del mercantilismo y brillaba, sobre todo, la acogida humanitaria que daba posada al peregrino, al vagabundo y al negociador.

En la “posada” mexicana se presenta el rechazo gruñón y el abrazo último de bienvenida para destacar el brillo de la virtud. Es lo diametralmente opuesto al crimen del aborto porque se da la bienvenida a la vida pequeñita que va a nacer. Los de dentro que cierran la puerta se quedan sin fiesta y sin alegría. Quienes cantan “aunque es pobre la morada, yo la doy de corazón” son los que disfrutan el resplandor del gozo en la buena voluntad.

Discriminar, etiquetar, descalificar, ridiculizar, acusar, despreciar son verbos que conjugan muchos anonimatos  en redes antisociales y páginas calumniantes o difamantes. Se excluye la hidalguía del diálogo y solo queda la polémica ríspida y excluyente. No hay hidalguía publicitaria sino sólo ventaneo en que se exhibe, de otro, lo que no se admitiría en la propia privacidad. Se practica la expulsión en lugar de la inclusión que respeta lo diferente y aún lo adversario con hidalga caballerosidad.

En la lista de las obras de misericordia está esa que parece anacrónica, obsoleta: dar posada al peregrino. Se olvida que todos somos peregrinos y vamos pidiendo posada para poder vivir un momento feliz. Que también podemos todos dar posada escuchando, acompañando, sirviendo, ayudando, comprendiendo y perdonando.

Vivir esa hidalguía existencial de dar siempre posada al cansado, al perseguido, al necesitado, al despojado y tratarlo como cada quien quisiera ser tratado en circunstancia similar es gran sabiduría del humanismo que nos hace solidarios.

Muchos adultos recuerdan que en su niñez les tocó ser de los de fuera. Se pedía cantando y se escuchaba “aquí no es mesón, sigan adelante”. En la última puerta se escuchaba algo diferente porque los de adentro recibían como hermanos a los de fuera... Quienes solo hacen cena ahora se quedan con el estuche y se pierden la joya de una verdadera posada dentro del novenario de Navidad...