Hay dos grandes relatos sobre México. El 10 de septiembre se confrontaron públicamente: uno fue pronunciado en el congreso de Tabasco; el otro, en el Senado de la República. 

El diputado local Charlie Valentino tuvo un chispazo de protagonismo nacional cuando, desde la tribuna del congreso de Tabasco, suplicó y exigió la reelección de Andrés Manuel López Obrador quien –justo es decirlo– rechazó rápidamente la sugerencia. El diputado cosechó tantas críticas que reculó: su proclama –aclaró– había sido una “ocurrencia” del momento. 

Su reclamo es representativo de quienes conciben a la historia como el resultado de la voluntad y la clarividencia de líderes carismáticos. En su discurso, el diputado dio su versión de la historia nacional. El parteaguas de nuestra historia moderna se dio, cuando en Macuspana nació “el mejor presidente de todos los tiempos”. Antes de ese día –pontificó– nos deprimíamos porque “la esperanza nunca llegaría”; luego vinieron años de lucha hasta que, en 2018, inició la era de la felicidad mexicana. 

Ese mismo día, en el Senado, el partido Movimiento Ciudadano honró a Cuauhtémoc Cárdenas y, en las primeras líneas de su alocución, lanzó la tesis opuesta: “los avances que hemos tenido [ ] se deben al pueblo de México”. Nadie puede “adjudicarse estos cambios de manera individual”. Lo conseguido se debe a un “esfuerzo colectivo”. 

Lo sensato es rechazar el relato del líder providencial. Quienes hemos vivido y participado en la transición hemos demostrado, en textos y testimonios, que las transformaciones de los últimos 50 años han sido fruto de liderazgos individuales, sí, pero también de acciones colectivas. Sería injusto negar a López Obrador la importancia de su participación, pero sería una agresión a los hechos, concederle la paternidad sobre el México nuevo. Es igualmente absurdo acusarlo de los males, achaques y hasta de las uñas enterradas de nuestra lastimada patria. 

Otra razón para rechazar el primer relato, son los efectos nocivos sobre la salud republicana. Basta con transferir al elegido la responsabilidad de resolver los grandes problemas nacionales para que la ciudadanía se libere de ella. 

Afortunadamente, el relato de Cárdenas se ha ido imponiendo, en buena medida, por el conocimiento que tenemos de una transición con multiplicidad de madres y padres y por el florecer de una transparencia que está viviendo una etapa dorada. 

La información y los análisis fluyen incontenibles, ofreciéndonos diversas interpretaciones y matices sobre el acontecer nacional y sus protagonistas. En el caso del presidente, son visibles sus aciertos y errores, sus deseos y limitaciones. Algunas de sus iniciativas son exitosas; otras se enfrentan a murallas de amparos y a bloqueos de vialidades, a sembradíos de cuernos de chivo y a dictámenes de calificadoras. 

La transparencia también alcanza a la multiplicidad de actores interviniendo en los asuntos públicos. Nadie se salva. Los ojos críticos escudriñan implacables a los protagonistas, actores de reparto y coristas actuando en las múltiples pistas de la plaza pública. 

Este razonamiento me lleva a dos sugerencias prácticas. La primera, reducir la intensidad de los halagos e insultos al presidente: ni es el padre benefactor, ni el demonio destructor. La segunda es atender a una recomendación del ingeniero Cárdenas, incluida en el discurso pronunciado en el acto mencionado: México necesita una “mayor participación de los ciudadanos en la toma de decisiones”. Para mí, esta última es muchísimo más trascendente. 

La principal razón para un optimismo mesurado es, observar la proliferación de esfuerzos organizados para intervenir en los asuntos públicos a todos los niveles y en todos los resquicios de la vida nacional. Algunos buscan el interés particular, otros el general y abundan los que combinan egoísmo y generosidad. El deseo de participar se aprovecha de la apertura de nuevos espacios, lo que me lleva a un pronóstico: prevalecerán los partidos políticos y funcionarios capaces de sintonizarse con el México organizado. 

Sin minimizar la enormidad de nuestros problemas, vivimos un momento propicio para la participación de la sociedad organizada en los asuntos públicos. El presidente es importante, pero no determinante. 
 
@sergioaguayo
Colaboró: Mónica Gabriela Maldonado Díaz
CRÓNICAS DE LA TRANSICIÓN 
SERGIO AGUAYO