Este año que concluye, la cadena de jugueterías más importante del mundo, Toys R Us, se declaró en bancarrota, liquidó mercancías y cerró las puertas de sus establecimientos en los cinco continentes –800 tiendas en la Unión Americana y otras tantas diseminadas por todo el globo–.

Así llegó a su fin una historia empresarial de 70 años, cuya última década se caracterizó por el dramático decrecimiento de sus ventas, sucursales y activos.

Las razones a las que se imputa esta debacle empresarial son cuatro, a saber:

1.- Errores administrativos, concretamente, malas decisiones en el manejo de sus pasivos. A últimas fechas la empresa ni siquiera podía cubrir sus gastos de operación. 

2.- Su incapacidad para afrontar la guerra de precios contra supermercados como Walmart o Target, las cadenas departamentales, por el volumen que manejan siempre van a dar mejores precios que las tiendas especializadas, ello también ha significado la muerte de tiendas de discos y librerías.

3.- Su pobre respuesta a la oferta “online”. Admitámoslo: hay que ser masoquista para ir hasta los centros comerciales a buscar los regalos para estas fechas, si Amazon nos los lleva hasta las puertas del hogar y aunque en México las compras en línea aún buscan posicionarse, en Estados Unidos son ya la primera opción.

Y finalmente, pero más importante:

4.- Toys R Us no logró adaptarse a las nuevas demandas de su mercado. Quiero decir que no supo dar a sus clientes lo que estos querían y es que los niños de hoy sencillamente no están ya interesados en los juguetes tradicionales.

Así es, mis queridos matusalenes, la llamada Generación T –de “táctil” o “touch”–, el corte demográfico de los nacidos entre el 2010 y el 2025 –aproximadamente–, la primera camada de humanos con acceso permanente a la red desde la cuna, no anhela ya a las Monster High ni al Halcón Milenario que tanto le chiflaban a sus hermanos mayores y que a usted casi le costó la vida conseguir en las navidades pasadas.

Olvídese ya de la políticamente incorrecta Barbie o del Hombre Elástico de nuestra generación. Esos son pedazos de plástico sin ningún valor, a menos que estén en su empaque original.

Sepa que el nene o nena que está usted criando no va a jugar con el cachivache que usted, en su papel de Santa, está pensando obsequiarle para estas fiestas.

Quizás por curiosidad o, si acaso su chamaco es muy empático –cosa que dudo porque tampoco se fomenta la empatía–, y usted le causa lástima y no le quiere romper su corazón, tal vez se digne a jugar un rato con la muñequita, con el carrito, con la pistolita. Pero nada más porque ve en su rostro la ilusión que a usted le hace, porque su engendro en lo que está interesado es en los juegos en línea, las aplicaciones descargables, la compra de música en Apple Store, los videoblogueros y un montón de otras cosas que no va a perder su tiempo explicándole porque ni las va a entender y usted como quiera ya se va a morir.

¿Cruel, verdad? ¿Le dan ganitas como de llorar?

Pues aunque haga pataleta, ese es el mundo actual, que no es que haya cambiado, sino que está en pleno proceso de transformarse en algo que quien sabe si le –nos– toque ver y a dicho proceso le vale gorro si lo comprende o lo acepta, no se va a frenar aunque le haga campaña en “féisbuc”.

¡Ah! Y ahórreme la pena de presumirme a sus bendiciones: “Mis hijos sí juegan a la manera tradicional, porque yo sí los educo en los valores, ellos no son unos enajenados pegados a la pantalla, que no levantan la vista ni para saludar y hasta saben bailar el trompo, el yo-yo, juegan balero y matatena, porque los enseñé desde chiquitos a apreciar lo auténtico y…”.

Eso ni es verdad y si por alguna extraña eventualidad estuviera criando así a un escuincle, la verdad compadezco al pobre chamaco, porque lo está mandando a la era digital con herramientas del medioevo.

Le repito, si el mundo se está transformando en algo que usted no comprende ni aprueba, no se preocupe que el mundo ya no es para que lo habite usted, sino esos chamacos que están con las narices pegadas al celular o la tableta.

Relájese mejor, cómpreles lo que le pidan, si es que les pensaba regalar algo. No trate de descifrar cómo funciona o cuál es su chiste. No es para que usted lo entienda ni para su diversión, es para la gente que vino a reemplazarlo en este planeta.

Afloje el cuerpo, tómese unos güisquis, evite caer en depresión y disfrute, que los duendes del taller de Santa ya están descansando también.