ESMIRNA BARRERA
Tal vez ignoramos que el auténtico y único tiempo realmente vivido es el disfrutado

El 16 de abril de 1889, nació uno los hombres más reconocidos de la cinematografía mundial, me refiero a Charles Chaplin de quien en estos días he vuelto a disfrutar su película –una obra maestra– “Tiempos modernos”, que representa una acertada crítica a la opresión mediática del feroz capitalismo que, en infinidad de lugares,  continua tratando a las personas como objetos, como máquinas, obligándolas a trabajar frenéticamente, a producir siempre más rápido, sin descanso ni libertad para vivir la vida.

Esta película, que data de 1936, fue profética: hoy el ritmo no sólo del trabajo, sino también de la vida es tan acelerada que llegamos a ignorar el significado de la existencia. Nos pasa lo mismo que a Chaplin, enloquecemos para terminar viajando, con una inmensa sonrisa, entre los engranajes de una gran máquina que se come lo más apreciado de la vida: el tiempo que tenemos para disfrutarla. 

Milan Kundera en su novela “La Lentitud” escribió: “Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo”. Es cierto: Somos la generación fast. Estamos inmersos en la época de la rapidez, del vértigo. De lo desechable, de lo insustancial. Todo lo queremos ya. En este minuto. En el corto plazo. Para mañana nada.

VÉRTIGO

Vivimos peligrosamente, vertiginosamente, en ambientes que pueden provocar que fácilmente perdamos el rumbo de la existencia; es común que, al tratar de obtener el sustento de la vida andemos como locos, compitiendo por lo nuestro, luchando contra el tiempo, trocando lo malo por lo bueno, apeteciendo cosas perjudiciales como si fueran las mejores.

Este vértigo induce a desear vivir por siempre, pero obvia el convivir y disfrutar el momento, en su velocidad induce a obtener impensables placeres, pero escapan esos que nacen de los pequeños encuentros humanos, esos que se originan espontáneamente, esos que provocan alegría sencilla, pero buena alegría. 

SOMOS

Somos también la generación experta en extraviar lo valioso, eso que auténticamente podría proporcionar motivos para la felicidad.

Esta misma velocidad pareciera incapacitarnos para tolerar, comprender e inclusive padecer y soportar los contratiempos y las adversidades con fortaleza de ánimo y determinación. Nos hemos vuelto impacientes e indiferentes, inmejorables ingredientes para la perfección del mismísimo egoísmo.

EL GOZO AUTÉNTICO

En fin, frecuentemente, hacemos a un lado lo que proporciona gozo auténtico: el placer de estar en familia, el trabajo diario, la serenidad de una siesta, la mesa compartida con aquellos que queremos, la silenciosa caminata, el olor del café, los imperceptibles detalles que espontáneamente surgen durante el día, los atardeceres y amaneceres, la lectura de un libro, el tiempo “perdido” con el amigo, la música que alegra y ensancha el alma, el placer de brindar un servicio, el agradecimiento,  el afecto o el saludo dado o recibido, el estar en paz con Dios, el poder percatarnos que el mundo, a pesar de los pesares, es aún hermoso, y tantas otras cosas que, al ser gratuitas –o “pequeñas”– no son valoradas.

Entonces, pareciera que somos desdichados por nuestra ceguera e incapacidad para apreciar las realidades y momentos que son fuente de alegría, por nuestra incapacidad para hacer las cosas por puro placer. Por olvidar lo corta y efímera que es la vida y entonces andar procurándonos imposibles, o por lo menos retrasando motivos para la alegría y la felicidad.

Nos olvidamos que cada minuto nos ofrece la oportunidad de ser un “fuera de serie”.

CONCIENCIA

Tal vez, sería útil recordar que la felicidad –como comenta Martín Descalzo– no consiste en carecer de problemas, sino conseguir que las dificultades, obstáculos y padecimientos de nuestra condición mortal no ahoguen la alegría y el gozo del alma. Pero, ¿cómo alcanzarla si andamos corriendo tras tantas quimeras y desencantos?

Posiblemente, sea necesario hacer un alto en la vida con el fin de pensar, de sosegarnos, para percatarnos de las hermosas realidades que se encuentran al lado del camino por el cual transitamos diariamente.

EL ABETO INCONFORME

He tomado prestado un cuento que invita a la reflexión sobre este tema, que apremia a tomar conciencia sobre el auténtico significado del momento. Narración que estimula a poner un freno a nuestra alocada carrera para pensar con tranquilidad, para analizar si acaso la felicidad reside en las pequeñas situaciones que la vida ofrece y que, por su naturaleza,  son totalmente gratuitas y disfrutables. Me refiero a esos instantes que podemos hacerlos brillar para nuestro gozo.

“En un bosque existía un abeto, joven y elegante, crecía en un buen sitio, le daba el sol y no le faltaba aire, y a su alrededor se alzaban muchos compañeros mayores, tanto abetos como pinos, pero este árbol siempre vivía infeliz.

Los niños pensaban que era muy bello y les encantaba jugar con él, pero el abeto sólo pensaba en crecer rápido, por tanto, le eran indiferentes la luz del sol, las aves y las rojas nubes que, a la mañana y al atardecer, desfilaban en lo alto del cielo;  solamente quería ser un árbol grande para que lo convirtieran en el  mástil de un barco y así  recorrer el mundo.

‘¡Ay! ¿Por qué no he de ser yo tan alto como los demás?’, suspiraba el arbolillo. Podría desplegar las ramas todo en derredor y mirar el ancho mundo desde la copa. Los pájaros harían sus nidos entre mis ramas, y cuando soplara el viento, podría mecerlas e inclinarlas con la distinción y elegancia de los otros.

Cuando llegaba el invierno, y la nieve cubría el suelo con su rutilante manto blanco, muy a menudo pasaba una liebre, en veloz carrera, saltando por encima del arbolito. ¡Lo que enfadaba al abeto!

‘¡Gózate con nosotros!’, le decían el aire y la luz del sol. ‘Goza de tu lozana juventud bajo el cielo abierto’. Pero él permanecía insensible a aquellas bendiciones de la naturaleza.

¡Cómo sufría el infeliz cuando veía que se llevaban a otros árboles del bosque, sin duda menos hermosos y esbeltos que él! Por fin, un día llegó un hombre con un hacha, lo cortó y se lo llevó a su casa.

Era Navidad y allí lo adornaron con luces y bambalinas, y él se moría de las ganas de que anocheciera para relucir, y luego que fuera de día para que los niños vinieran a recoger sus regalos.

‘¿Por qué me adornarían tanto? Sin duda me aguardan cosas aún más espléndidas y soberbias. Pero, ¿qué será? ¡Ay, qué sufrimiento, qué anhelo! Yo mismo no sé lo que me pasa’.

Cuando estaba ya fastidiadísimo de esa monotonía de días iguales donde ya nadie alababa su belleza, sintió que un día lo desnudaban de todos los adornos y su corazón empezó a latir de la emoción porque pensaba que lo iban a llevar a conocer otros lugares. Para su tristeza y decepción lo llevaron a un desván”.

SOLITARIO

“Le costó aceptar que lo habían abandonado y lloraba desconsoladamente de rabia y de impotencia. Unos ratones intentaron consolarlo, le propusieron ser sus amigos y le invitaron a jugar y a divertirse, pero el abeto infeliz pensaba que él había nacido para algo mucho más importante que jugar con unos pobres ratones y así vivía en solitario su desencanto.

Cuando por fin, alguien entró a buscarlo, pensó  que lo iban a plantar de nuevo o que lo llevarían a recorrer el mundo, pero lo cortaron en pedazos para hacerlo leña.

‘Se acabó, se acabó’, pudo quejarse antes de morir. ‘¡Si me hubiera alegrado cuando aún podía, pero ahora ya es tarde! ¡Para mí, todo ha terminado!’ (versión libre de un cuento de Christian Andersen)”.

FUERA

Aleccionadora narración. El abeto se asemeja a los humanos: generalmente dolidos e inconformes. Insatisfechos.

Es extraño y contradictorio: por la rapidez, por la urgencia, por buscar más “nivel”, por vivir permanentemente inconformes de nuestro sol, aire y espacio, por quejarnos de lo que tenemos o no poseemos, la vida se nos puede escapar sin haberla vivido del todo.

Tal vez ignoramos que el auténtico y único tiempo realmente vivido es el disfrutado con todo lo que esto conlleva. Ese tiempo habido fuera de la velocidad, la desesperación, las comparaciones y la angustia. Fuera de los engranajes de la gran máquina, satirizada por Chaplin, que termina carcomiendo la esencia de la vida. ¡Qué manera de vivir! ¡Qué ceguera! ¿Habrá mayor tragedia humana?1