En los últimos meses, Andrés Manuel López Obrador ha presentado por distintas vías y plataformas el programa de cambios institucionales, legales y de procesos más ambicioso en la historia moderna de México. No se puede juzgar a nadie por ser ambicioso, por querer, como él lo ha dicho, pasar a la historia como un buen presidente de México, ya que al País y quienes lo habitamos nos conviene que el próximo gobierno tenga éxito. 

Sin embargo, hay una serie de peligros que se derivan de contar con una agenda tan abultada y el objetivo de la presente columna será abordar algunos de estos peligros, con reflexiones amplias, que no constituyen una regla general, pero que se repiten con mucha frecuencia en la operación de los órganos gubernamentales alrededor del mundo. 

El primero de ellos es: los cambios ambiciosos casi nunca están exentos de resistencia al cambio, a final de cuentas, un cambio suele enfrentarse a un status quo imperante. Si además consideramos la enorme cantidad de aspectos en los que el Gobierno ha anunciado cambios, el riesgo se potencializa, porque se tendrán que atender muchos campos de batalla, con actores resistiendo en cada uno de ellos y cabe la posibilidad de que los recursos y la capacidad del gobierno no sea suficiente para dar la atención que requiere cada campo de batalla.

Ya lo dicen autores como Nils Brunsson y Johan Olsen: los procesos de reforma organizacional que son ambiciosos y que además tienen frente a sí mucha resistencia por parte de los actores que intervienen en dichos cambios, suelen fracasar, por lo cual es más prudente apostar por cambios graduales que vayan en una misma dirección de forma sostenida, ya que a la larga se puede avanzar más de esta forma.  

El segundo de los problemas es que, al incluir muchos temas en la agenda de cambios, todos relevantes y de gran calado social, el riesgo de fallar en algunos de ellos es latente y por tanto se corre el peligro de decepcionar a varios sectores de la población e incluso a sus propios votantes. Es decir, que quizá sin proponérselo, el nuevo Gobierno está generando demasiadas expectativas, que es probable que no pueda cumplir por completo, poniendo en riesgo su propia credibilidad y no tomando en cuenta todas las dificultades con las que pueden tropezar los cambios que proponen.

El tercero de los problemas se deriva de un concepto básico de economía que es la escasez de recursos. Es decir, ningún gobierno, ni los de primer mundo, tiene un presupuesto ilimitado, una mano de obra que pueda crecer al infinito, ni energía inacabable para darle atención a todos los problemas. Por ende, todo gobierno debe fijar prioridades y tratar de enfocar sus energías en ellas, el gran problema es que quizá este gobierno esté incluyendo tantas prioridades en su agenda que cuando comience la administración no van a poder atender de manera adecuada todos ellos. 

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