Seguramente el lector recuerda cómo, en 2014, el año previo al cuarto centenario de la publicación de la II Parte de El Quijote, se dio amplísima cobertura mediática del proyecto para localizar e identificar los restos mortales de Miguel de Cervantes.

Sobre el tema, en el Coloquio Cervantino Internacional de 2015, celebrado en Guanajuato en mayo de ese año, el académico español Alfredo Alvar dictó una interesante conferencia. El sugestivo título que dio a ésta lo dijo todo: “A la búsqueda del mito de carne y hueso”.

Expresó Alvar que con motivo de tal proyecto, que para entonces llevaba en marcha más de un año, “durante las últimas semanas en Madrid se ha vivido el paraoxismo supremo de la búsqueda de los huesos del mito Cervantes”.

¿Del mito? Sí, del mito, afirmó Alvar contundente, porque “el móvil último que promocionó, que apoyó, la singular búsqueda de esos huesecillos fue el turismo, esto es, las repercusiones que tendría para Madrid el aparecer en las portadas de la prensa mundial, de los noticieros, en los semanarios… y con ello se atraería a centenares de miles de curiosos fetichistas turistas a Madrid”.

A lo largo de cuatrocientos años, los restos de Cervantes han tenido un itinerario tan incierto como accidentado. Al fallecer en 1616 en Madrid, fue sepultado en el monasterio de las monjas Trinitarias ubicado en la calle de Cantarranas, que en 1639 mudó a la calle del Humilladero, para retornar en 1697 al punto inicial, luego de haberse demolido la iglesia y convento anteriores, con cambios en sus criptas y construcciones adyacentes, y hechas nuevas edificaciones. Con todos estos movimientos, ¿dónde quedó Cervantes?

Tal era el desconcierto, que en 1870 la Real Academia Española comisionó a Mariano Roca de Togores, marqués de Molins, para que realizara un estudio que resolviera la cuestión. Gran empeño puso éste en realizar su encomienda, recabó y aclaró abundante información, “pero no pudo decir en qué lugar exacto reposaban los restos de Cervantes”.

Pues bien, el proyecto de encontrarlos, hace un par de años, patrocinado por la alcaldía de Madrid, incurrió en numerosas pifias. De éstas dio puntual y hasta jocosa cuenta Alvar en su conferencia. Entre otras, haber dado prioridad al aspecto mediático e ignorado a quienes pudieron haberle dado seriedad a los trabajos, como historiadores, antropólogos, arqueólogos y desde luego los representantes de las numerosas asociaciones de cervantistas.

Sin embargo, en todo esto y en particular en el anuncio de avances del proyecto se privilegió que estuviera siempre presente una nube de periodistas y de cámaras de televisión. Parecía que el supremo objetivo de aquél era colocar en “una urna transparente y de cristal una calavera sonriente y desdentada, coronando una columna vertebral cargada de años” y decir que se trata de los restos de Cervantes. ¡Qué pobreza, jugar así con tal grandeza! (91)

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