Cuando le faltaban seis años para llegar a 100 de edad, el novelista español Eduardo Zamacois escribió un libro de memorias. En él cuenta que en uno de sus viajes vino a México, y que en la Capital presenció un hecho digno de recordación.

Dice Zamacois que recibió una invitación a cenar. Los comensales eran más de una docena, entre ellos un joven militar que, sin dar indicio alguno de embriaguez, se divertía en apurar copa tras copa, que rompía a mordidas tras beber en ellas.

A la mitad de la cena se puso en pie aquel joven y pidió que se le permitiera hablar.

- Señores, dijo. Propongo que en honor del señor Zamacois, nuestro invitado, le brindemos un espectáculo que no pueda olvidar. Mostrémosle el valor del alma mexicana. Vamos todos a jugar nuestra vida en un volado. El que pierda al final, se dará un tiro en la cabeza.

Se hizo un profundo silencio entre los invitados.

- ¡Vamos!, insistió el muchacho con gran serenidad. Miren ustedes: mi esposa dará a luz esta noche a nuestro primer hijo. Soy feliz; de la vida no he recibido más que dicha. Y sin embargo estoy dispuesto a jugármela a cara o cruz. ¿Quién me sigue?

Otros militares se levantaron. La situación se volvió tensa. En eso Dámaso Acosta, el dueño de la casa en que la cena se efectuaba, dijo como sin darle importancia a aquel asunto:

- Señores: para morir ya habrá tiempo. Vivamos ahora.

Y ordenó a los criados que sirvieran el siguiente platillo y llenaran las copas otra vez. Con eso, dice Zamacois, terminó el drama.

Recogí la narración del español porque en esa cena estuvo presente Miguel Alessio Robles, saltillense, quien fue representante de México en España. El hecho sucedió en 1925.

Era joven entonces Eduardo Zamacois, y vivía vida inquieta y llena de aventuras. Como los marineros, en cada puerto tenía un amor: tomaba a las mujeres igual que flores cuyo perfume se aspira para dejarlas luego. De dos de ellas se apasionó tanto que con las dos estuvo casado al mismo tiempo y en la misma ciudad, sin que la una se enterara jamás de la existencia de la otra.

En el ocaso de su vida aquel aventurero, viajante de los mares, don Juan incorregible, se consideró afortunado por haber conseguido un empleo burocrático en el que, a las cinco de la tarde, un conserje iba de mesa en mesa sirviendo café con leche y panecillos a los empleados. Sic transit gloria mundi.