No me refiero, aunque por las fechas guadalupanas pudiera pensarse, a los fieles que abarrotaron en días recientes la Basílica en la Ciudad de México. Tampoco a los que en cumplimiento de alguna promesa, manda o juramento emprenden largos y con frecuencia laboriosos caminos para llegar a su sitio de devoción, sea cual sea su creencia. No, queridos lectores. Escribo estas líneas con motivo de la conmemoración del Día Internacional del Migrante, el 18 de diciembre. ¿Pues no que los peregrinos —dirán algunos impacientes—? 

La respuesta es muy sencilla, tanto que la encontramos en el diccionario: un peregrino es alguien que “anda por tierras extrañas”, mientras que el acto de peregrinar no sólo tiene una connotación religiosa, sino que significa además “andar de un lugar a otro, buscando o resolviendo algo”. Así que si no están de acuerdo con el encabezado de este texto, pueden dirigirse a la ventanilla de quejas de la Real Academia Española.

Para darnos una idea de la enormidad del fenómeno, basten algunas cifras de organismos internacionales. En 2017 se estima en 257 millones de personas migrantes, un impresionante 3.4 por ciento de la población mundial. De ellos, casi 70 millones son migrantes que son desplazados forzados, ya sea por guerras, hambrunas, epidemias o fenómenos de la naturaleza. Es decir que son refugiados o personas en busca muchas veces desesperada de refugio.

Históricamente México ha jugado un doble rol en el fenómeno migratorio mundial, siendo un prolífico generador de emigrantes por motivos económicos y un generoso receptor de refugiados huyendo de guerras, persecuciones o represión. Se cuentan por millones los descendientes de refugiados que en su mayor momento de necesidad encontraron cobijo en nuestro País. Igualmente son muchos millones los hijos y nietos de aquellos mexicanos que han tenido que abandonar su tierra para buscar trabajo y una vida digna.

La muy alta visibilidad que tomó la migración de centroamericanos que atraviesan nuestro País con la intención de llegar a Estados Unidos ha generado una agria discusión pública en México, en la que no siempre han salido a aflorar nuestros sentimientos ni tradiciones más nobles. El debate está empañado por la desinformación y por la politización, así como por la falta de perspectiva y contexto a las que contribuyeron las imágenes de las “caravanas” que en realidad solo agrupaban a migrantes que probablemente habrían intentado el trayecto de cualquier manera y que optaron por la protección de los números, de la masa.

Difícilmente los argumentos o las cifras sirven para tranquilizar los ánimos cuando se trata de asuntos tan sensibles y emocionales. Tampoco los llamados a la congruencia cuando somos precisamente una nación de inmigrantes y emigrantes, enriquecida por quienes han llegado y también por el aporte invaluable de quienes se han ido.

Pero tal vez, sólo tal vez, sean estas fechas propicias para recordar que cualquiera puede caer en desgracia, que cualquiera puede necesitar rehacer su vida o replantear su futuro y que no siempre las leyes que intentan regular o limitar los movimientos de personas son justas ni humanitarias. 

No hay respuestas simples ni soluciones fáciles ante una dinámica que afecta a una de cada treinta personas en el planeta. Tampoco se puede exigir unilateralmente ni que se frenen los flujos migratorios ni que se abran indiscriminadamente las fronteras. 

Lo único que sí podemos es esperar que cada quien hurgue un poco en su propia historia y la de su familia, porque ahí se encontrará seguramente a un antepasado no tan lejano que alguna vez tuvo que escapar o probar suerte, sin importarle lo que dijeran las leyes, si es que existían, acerca de su posibilidad de salir o de llegar de un punto a otro del mundo.

Y ya entrados en la revisión del propio árbol genealógico, revisemos creencias y valores para saber si estamos honrando no solo a nuestros antepasados sino también a nuestra conciencia. Guarden este texto y reléanlo el 24 de diciembre. 

Felices fiestas les deseo a todos y cada uno de ustedes.