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Aunque el tiempo vuela, los momentos y los amigos lo hacen más entrañable
No se requiere tanto para vivir, cuando nos percatamos que lo más hermoso de la vida es lo que no se puede comprar”.

Decía Rainer Maria Rilke: “La infancia es la verdadera patria del hombre”.  Y mucha patria de la infancia precisamente se hacía en los inolvidables veranos infantiles, en las eternas vacaciones, en esos viajes, en esas reuniones familiares, en esos juegos bajo el sol que antaño eran imperdibles.

Y apenas hace unos días un nuevo verano ha arribado a nuestras vidas, una nueva estación que nos convoca a disfrutar la vida sin rodeos.

“Un señor iba todos los días a comprar el periódico a un puesto cercano a su casa, cuyo dueño era tan arisco que al venderle el periódico, le insultaba y se reía de él a diario.

“Un amigo de aquel señor lo notó y le dijo: ¿Por qué te empeñas en comprarle todos los días el periódico a ese vendedor que te trata tan mal? Si a la misma distancia tienes otro puesto cuyo dueño es muy amable y tendrá sumo gusto en proporcionarte todos los días el periódico sin que tengas que someterte a los insultos de ese excéntrico. A lo que la víctima de los insultos contestó: Y ¿por qué ha de ser ese señor, que, según tú, me insulta, quien decida dónde he de comprar yo el periódico?”.

Vaya si lo trascendental en la vida son las decisiones que tomamos, es la manera en que salvamos nuestras propias circunstancias, porque eso es lo que nos define y permite ser libres. Las decisiones personales, independientemente de aquello que los otros piensan, precisan el curso de nuestras vidas.  

ESPACIOS

Hay momentos en que, como diría Martín Descalzo, le damos la vuelta a los prismáticos para dimensionar lo sustancial de lo efímero, lo valioso de lo circunstancial, sencillamente para ver que los problemas que atormentan, en mucho, son sólo fantasmas imaginarios que les hemos permitido apoderarse del timón de la existencia a costa de la libertad, de la felicidad.

Esta reflexión nos lleva a comprender la tiranía del tiempo, hoy me refiero a esos veranos que se nos han escapado como estrellas fugaces.

Al darle la vuela a los prismáticos descubrimos, por ejemplo, tanto que se ha recibido y lo poco que a veces hemos agradecido, la abundancia de luz que se nos obsequia y la inmensa sombra que uno en ocasiones da a los demás, lo mucho que se ha tenido y lo poco que se ha compartido, los silencios obviados y las palabras habladas, los minutos no gozados, las sonrisas escatimadas y los rostros endurecidos, la ácida crítica,  la verdad guardada y la mentira dada. Y todo por vivir cegados a eso que la vida gratuitamente ofrece.

La amistad es lo contrario al egoísmo. Ciertamente los otros llenan. Nos llenan”.

MOMENTOS DE LA VIDA

En esos silenciosos momentos nos damos cuenta que no se requiere tanto para vivir, cuando nos percatamos que lo más hermoso de la vida es lo que no se puede comprar: el café compartido con el amigo, ese libro que se paladea queriéndolo terminar para volverlo a empezar, el hijo que crece sin que podamos alcanzar siquiera sus sueños, el sí que para siempre nos asoció con la pareja escogida, esas gracias sinceras, esas vacaciones con la mochila al hombro, ese mail de un viejo amigo, ese perdón obsequiado o recibido,  ese atardecer, ese amanecer, ese helado favorito, ese gozo de trabajar, ese día lluvioso o soleado, ese descubrirnos a veces adultos y en ocasiones niños, ese aprender a equivocarse o ese cálido abrazo de nuestros padres o hijos.

En fin,  que lo bueno, paradójicamente,  también proviene de los problemas y dolores que la existencia nos revela para decirnos que éstos no son adversidad, o mala suerte,  sino esperanza en lo eterno; para descubrir que ellos jamás podrán avinagrarnos cuando el sentido de la existencia se ha forjado desde la base del alma.

Tal vez, en esos escasos momentos es cuando entendemos que la verdadera “tragedia de la vida no es lo que sufrimos, sino lo que nos perdemos al sufrir. Nos perdemos la oportunidad de avanzar en la vida por el sufrimiento mismo. Avanzamos más cuando nos rechazan que cuando nos aceptan, porque el ser aceptados nos hace creer que todo va bien, mientras que el ser rechazados nos hace caer en la cuenta de que aún hay cosas en nosotros que hay que corregir”.

LAS AMISTADES

Ahí, en esos recuentos, también podemos revivir lo que considero uno de los mayores regalos: el encuentro con los primeros amigos, con los que nacieron cuando apenas crecíamos,  con los que  ahora “ganamos el tiempo cuando lo perdemos entre ellos” y que, a pesar del rápido correr del tiempo, de frecuentarse poco por mil razones, de las circunstancias y vicisitudes de la vida,  por alguna razón sabemos que eternamente permanecerán en nuestro íntimo andar.

Al meditar también advertimos que la amistad es un tesoro escasísimo - porque es muy difícil  encontrarla o bien ser amigo -, pero a pesar de esto,  en los tiempos que vivimos, la mayoría de las personas paulatinamente olvidamos cultivar a esos amigos que han surgido sin las gafas del egoísmo, la conveniencia o la búsqueda de la utilidad. Este olvido, pienso,  es una consecuencia - para mi trágica - que este mundo, preñado de materialismo,  tristemente nos han traído.

NUNCA MUEREN

Algunos dicen que las personas nos mostramos como verdaderamente somos a medida que envejecemos, entonces vamos empujando al olvido a los amigos; otros opinan que las circunstancias nos engañan o deslumbran, y así la conveniencia nos carcome hasta que anestesiamos ese pedazo de alma que lo teníamos reservamos a los amigos de antaño; otros aseguran que las “sin razones” de la vida roban razones a la amistad.

Las malditas prisas y la manera en que vivimos, paulatinamente sepultan al tiempo requerido para construir una convivencia más frecuente y cercana;  estas son las causas primordiales para olvidar que la amistad ha de nacer cada día, ha de labrarse cuidadosamente o corre el riesgo de enmohecerse.

A medida que los años transitan entiendo las razones por las cuales hay personas que viajan tan ligeros de equipaje, y veo que esa ausencia de peso se debe, en mucho, a que esos seres humanos viven una máxima antiquísima: la amistad es lo contrario al egoísmo. Ciertamente los otros llenan. Nos llenan.

En estas cavilaciones me pregunto: ¿Acaso mi vida sería la misma sin haber encontrado a los escasos amigos - algunos lamentablemente físicamente ya idos como es el caso de Arnoldo Javier y Félix - que  hoy guardo como uno de mis mayores bienes? ¿Sería yo el mismo si en ellos no hubiera descubierto el invaluable tesoro del afecto? ¿Sin, también, contar con esos autores-amigos que cotidianamente disfruto a través de sus libros?

ADEREZANDO LA VIDA

Sé que éste insignificante instante es lo único que tenemos para ser y emprenderlo siempre hacia el horizonte, es el quehacer de la vida. Para vivir es suficiente la luz del sol, el coraje de ser y la confianza para cerrar los ojos al anochecer esperando un amanecer promisorio. Pero creo que siempre será bueno aderezar un poco la vida con el recuento de los buenos años vividos, de esos inviernos y veranos, siempre con el agradable sabor que se asoma del alma cuando revivimos los encuentros con esos escasos amigos que han nacido para serlo siempre.

En fin, al ver por el retrovisor de la vida, fácilmente se comprende que lo mejor de ella es cuando se viaja ligero de equipaje, precisamente como lo hacen los niños. Sencillamente como lo hacen esas personas que al comer, comen; al bailar, bailan y al ser amigos, lo son.

La bendición es que los adultos, si realmente lo queremos, podemos seguir haciendo patria en cualquier época de la vida si nos empeñamos a ser como éramos de niños en aquéllos lejanos días de verano.

A toda costa hay que salvar las circunstancias con determinación, pero siempre con alegría y gratitud hacia la vida misma.

cgutierrez@tec.mx

Programa Emprendedor

Tec de Monterrey

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