Bueno, el panorama se aclara cada vez más. El ruido que distorsionaba el contenido ideológico en los discursos de campaña de Andrés Manuel López Obrador finalmente se hizo a un lado, y la simpatía que el nuevo gobierno mexicano siente por regímenes de izquierda se evidenció.

Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, sin romper lanzas, México criticó al régimen de Nicolás Maduro en Venezuela y se integró al bloque de naciones latinoamericanas que buscan acabar con la crisis de gobernabilidad en la patria de Bolívar.

Este fin de semana México declinó respaldar a los 13 países del Grupo de Lima, que rechazaron al Gobierno venezolano que encabezará Maduro a partir del próximo 10 de enero, luego de ser reelegido en unos comicios que la comunidad internacional condenó por fraudulentos. Los cancilleres sudamericanos reunidos en Perú, acordaron no reconocer el nuevo mandato del régimen venezolano porque la elección del 20 de mayo de 2018 fue “ilegítima”, según el comunicado conjunto que desairó el gobierno de López Obrador.

Los representantes de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú y Santa Lucía llamaron a Maduro a “no asumir la Presidencia y a que respete las atribuciones de la Asamblea Nacional”.

Además le recomendaron transferir “en forma provisional, el Poder Ejecutivo hasta que se realicen nuevas elecciones presidenciales democráticas”.

El bloque diplomático no participará en la toma de posesión de Maduro, para un nuevo período que concluirá en 2025, pero tampoco habrá presencia del canciller Marcelo Ebrard y menos del Presidente mexicano en la ceremonia de asunción en Caracas.

México fijó su postura de no sancionar al país sudamericano, con el argumento de que en política exterior las autoridades mexicanas prefieren mantener abiertos los canales diplomáticos para ver si a través de ellos es posible llegar a una solución negociada. La idea, dicen, es continuar promoviendo la cooperación internacional, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de controversias y el respeto.

“Nosotros no nos inmiscuimos en asuntos internos de otros países, porque no queremos que otros gobiernos, otros países se entrometan en los asuntos que sólo corresponden a los mexicanos”, declaró el presidente López Obrador, a cuya toma de posesión acudió Maduro el 1 de diciembre pasado.

Esta posición fue la única fisura en la postura conjunta adoptada en Lima, en el Palacio de Torre Tagle, la sede de la cancillería peruana.

Ebrard asegura que el Gobierno de México “coincide” en la preocupación que la crisis política de Venezuela ha generado en la región. “Pero no coincidimos en las medidas” adoptadas por el Grupo de Lima.

El gobierno de AMLO y Morena, su partido, no sólo no condenan al régimen venezolano, también han evitado criticar la represión que los sandinistas practican en Nicaragua contra sus opositores y celebran el trabajo del gobierno cubano.

El giro diplomático dado por López Obrador también busca evitar un choque con Donald Trump por su frustrado proyecto de construir el muro en la frontera estadounidense y por no haber podido frenar del todo a las caravanas de migrantes centroamericanos que tocan la puerta de Estados Unidos.

En todo caso, la primera semana de 2019 ya ha dejado claro, por si todavía había quien lo dudara, que el corazón morenista late con más emoción hacía las naciones ubicadas a la izquierda de la geometría política.

Habrá que ver si luchar por la libre autodeterminación de los pueblos (tan interrelacionados por la globalidad de la economía y los problemas sociales y con el medio ambiente) rinde buenos frutos para los intereses de México.