A más de uno de nuestros lectores, seguramente estas líneas les parecerán la crónica –más que anunciada, repetida hasta el infinito–, de uno de los peligros más graves para las sociedades de nuestro tiempo: el control de los medios de comunicación por parte de gobiernos autoritarios.

Es innegable. En tiempos muy recientes, políticos populistas de todos colores y sabores y lo mismo de izquierda, que de centro o de derecha, hicieron de los medios el blanco común de sus agresiones.

Pero en esta ocasión no señalamos la escalofriante cifra de periodistas mexicanos que han sido abatidos por grupos delincuenciales, o por organizaciones o personas ligadas a administraciones públicas, muchas de ellas electas en las urnas, y que colocan al País entre los de mayor riesgo en el mundo para ejercer el periodismo.

Tampoco nos referimos a los tristes casos de miembros del gremio en Coahuila que, como en el resto de México, al paso de los años parecen no ser investigados y únicamente se suman a los archivos muertos para confirmar que la impunidad es el primer cómplice de la justicia.

Sin embargo, a riesgo de parecer contradictorios, este editorial no es sobre la permanente lucha de los mexicanos por ejercer las libertades de opinión y expresión, pero sí trata sobre un caso particular, tan cercano o tan lejano como pueda sentirse a Venezuela de México, y como su experiencia sirva o no para advertir que la defensa de la democracia es una tarea permanente de la ciudadanía.

El viernes pasado la falta de papel, presiones políticas y la devastación económica finalmente asfixiaron, tras 75 años de existencia, al diario ‘El Nacional’, un referente de la prensa venezolana, que sacó a la calle su última edición impresa.

La independencia editorial de ‘El Nacional’ fue vulnerada sistemáticamente tras dos décadas de duro enfrentamiento con los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro –lapso a lo largo del cual desaparecieron decenas de medios–, pero don Miguel Henrique Otero, presidente y editor del medio, asumió su propio caso como una circunstancia transitoria y anunció que el periódico redoblará esfuerzos para fortalecer su versión digital en el sitio 24matins.es.

“¿Ganan los enemigos de la libertad de expresión, triunfan los corruptos bolivarianos, descansan y duermen tranquilos los militares que se aprovechan de sus posiciones para amasar fortunas y garantizar por décadas sus riquezas familiares? No, nada de eso (…) ‘El Nacional’ impreso se toma un descanso que no será prolongado ni definitivo”, dice en un editorial donde se refiere a Maduro como “dictador”.

El mal ejemplo cunde, y en la misma línea que en Venezuela, la Policía nicaragüense, controlada por el presidente Daniel Ortega, asaltó la redacción de ‘Confidencial’, publicación dirigida por el periodista Carlos Fernando Chamorro, hijo de la expresidenta Violeta Chamorro y una de las voces más respetadas del periodismo centroamericano.

No es exagerado referirse como “heróica” a la lucha de ‘El Nacional’, que sin duda seguirá marcando pauta para recuperar la democracia en Venezuela, pero también es un ejemplo a seguir en México a unas semanas del arranque de un nuevo gobierno.

Y es que las expresiones y actitudes del Presidente de la República y sus seguidores respecto a aquellos grupos sobe los que no tiene control, señaladamente la prensa que le critica, debe alertar a los mexicanos, que tienen en ‘El Nacional’ y en Venezuela una lección viva.