Entre la espada y la pared o, para aterrizarlo en nuestra actual realidad, entre el machismo y la misoginia, la sociedad mexicana experimenta una profunda transformación: no una época de cambios, sino un cambio de época.

Y es que el incremento en las tasas de violencia de género, además de una creciente movilización social que respalda los derechos de las mujeres, está orillando a ciudadanos, inversionistas, funcionarios de gobierno, educadores y familias, a ser tolerantes.

Obviamente que no es una tarea fácil. Por décadas, se ha librado una lucha que coloque a hombres y mujeres en un mismo plano de oportunidades, y es claro que en los ámbitos familiares y laborales el machismo ha estado presente porque se hace presente en las redes sociales, las películas y las canciones.

Por eso, para que realmente haya cambios en la sociedad, debe confrontarse la ideología machista desde el fondo de la conciencia, y sucede que las creencias y las costumbres son difíciles de erradicar.

La violencia contra la mujer es un asunto muy serio en las sociedades actuales. En el mundo, por ejemplo, siete de cada diez mujeres sufren violencia física o sexual en algún momento de su vida. Asimismo, cada diez minutos un hombre asesinó a su pareja o a su ex pareja.

Este panorama de terror obliga a que especialistas en el tema se enfoquen en trabajar con hombres dispuestos a cuestionar las creencias culturales que propaga el machismo.

Pero los entornos sociales y familiares casi exigen actuar con violencia porque si los habitantes del lugar no son agresivos, serán víctimas. Esos patrones se extienden -en distintos grados- por generaciones, por eso es importante cortar ese círculo vicioso en el que los niños quieren ser machines y las niñas aprenden a enfrentar los problemas con violencia.

Pero aún no existe una fórmula infalible para que los hombres encuentren nuevas maneras de relacionarse con mujeres que, con mayor velocidad que sus parejas, empiezan a cambiar los roles de género, lo que, en algunos casos se traduce en tensión que lleva a hombres a ser violentos.

Es necesario que hombres y mujeres reconozcan, antes que cualquier otra acción, su comportamiento machista para ponerle fin. Entonces será posible aprender a vivir sin violencia.