Hace unos días, por invitación de la directora de la Academia Interamericana de Derechos Humanos (AIDH), participé en la presentación del libro: Madero: padre de la democracia electoral. Este libro que dirigieron Luis Efrén Ríos Vega e Irene Spigno y coordinó Oscar Flores Torres, forma parte del proyecto de investigación denominada “Las personas fundadoras de la República” que se desarrolla en el Centro de Derechos Civiles y Políticos de la AIDH. De lo que se trata es de reflexionar sobre el significado actual que ciertos personajes, claves de la historia de México, tienen en la construcción de nuestras instituciones.

Este trabajo plantea la lucha de Madero para alcanzar el derecho a elecciones libres, auténticas y periódicas. Sus ideas las plasmó en “La sucesión presidencial en 1910”, y tienen por objeto reconocer realmente, el derecho al sufragio en México.

México ha experimentado tres sucesos históricos: la lucha por la independencia, encabezada por el cura Miguel Hidalgo en 1810, la guerra de Reforma y la intervención francesa, que dirigió y enfrentó el Benemérito Benito Juárez; y la Revolución mexicana, capitaneada por dos prominentes coahuilenses: Francisco I. Madero, el Mártir de la Democracia, y Venustiano Carranza, el Padre del constitucionalismo.

Como lo dicen los investigadores la lucha por la democracia electoral  la inició el maderismo. El triunfador de la revolución asumió el poder por la vía democrática: se sometió a la voluntad popular y fue electo como el primer presidente de México por medio de elecciones libres y justas. Como hombre de poder ejerció el cargo presidencial respetando la libertad de expresión de sus feroces críticos, promovió el pleno respeto a la división de poderes y concluyó su mandato como un mártir de la democracia. ¿Qué impidió que consumara el país armonioso e igualitario que ambicionaba? La ausencia de instituciones republicanas.

¿Cuál es la lectura actual del legado de Madero? Existen dos perspectivas importantes, según los autores: la consolidación de la democracia electoral, por un lado; el inicio de la democracia social, por el otro.

Los autores proponen que Madero, debe ser leído ahora en su pensamiento social; esto es, las causas que generaron la Revolución maderista se encuentran en la desigualdad social. La democracia liberal, sólo era el medio para evitar que una sola persona mantuviera un régimen autoritario, que beneficiara a unas familias nada más. Su rebelión logró expulsar al dictador del país y poner las bases del sistema político futuro. Sin embargo, la vieja élite y toda su estructura política y económica quedaron incólume.

Para Francisco I. Madero, la única vía posible de que la sociedad mexicana alcanzara la altura política de otros países, era la llegada y confirmación de una democracia política, la cual generaría nuevos partidos. Estos eran fundamentales, ya que ellos serían los que formarían una conciencia cívica entre los electores en México. El voto en sí mismo era, para el Mártir de la democracia, la vía para eliminar la corrupción y para crear un nuevo régimen que respondiera a las necesidades del ciudadano. Fundó el Partido Nacional Democrático y adoptó el lema Sufragio efectivo, no reelección. Sin duda fue un experto en comunicación. Y se anticipó a su tiempo porque reclamó para nuestro país, una democracia liberal que aún no hemos sido capaces de construir, después de cien años.

Aunque Francisco I. Madero defendió el anti reeleccionismo como principio básico de la organización política del país, las reformas necesarias no fueron concretadas plenamente porque el grupo maderista no se hizo con el poder. Es sabido que tanto en las revoluciones como en las transiciones a la democracia es imprescindible que el nuevo grupo asuma plenamente el poder y el liderazgo. El iniciador de la Revolución sucumbió frente a las responsabilidades inmediatas, las graves tareas administrativas propias de su encargo y la noción de que con la alternancia en el poder era suficiente para tener democracia.

En síntesis: el apóstol de la Democracia impulsó, por primera vez en la historia de México, el voto secreto y directo en todas las elecciones, reafirmando el carácter representativo de la función pública. Y Salvador Nava uno de los autores precisa que no tenemos en México cultura de la derrotabilidad. Que hay que saber perder.

@SalvadorHV

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