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Definitivamente entre Madonna y México hay un amor que no se puede ocultar: la cantante dedicó su show a Frida Kahlo, se dijo deudora de la cultura latina y conmovida con el recibimiento, agradeció en español y entre lágrimas la fidelidad y la entrega del público presente

CIUDAD DE MÉXICO.- Madonna tiene pacto con el diablo. ¿Qué no exagere? No creo que se pueda explicar de otra manera, además del embrujo que ejerce sobre su público, lo que logra arriba del escenario esta mujer de casi 60 años. Lo leyó bien: Madonna está a 3 años de convertirse en una mujer de la tercera edad y si usted insinúa que debería pensar en su retiro, es porque no la vio en vivo anoche en el primero de los dos conciertos en México y no fue parte de esas 20 mil almas que no dejaron de rendirle tributo a la bruja mayor mientras se hacían la misma pregunta: ¿De qué material está hecha esta mujer?

Y es que su primer show en la Ciudad de México no pudo ser más emotivo y entrañable: la Reina del Pop literalmente se puso de rodillas ante la cultura de un país, al que dijo amar por tener un corazón rebelde y recibirla siempre con los brazos abiertos, además brindó con una botella de tequila, bailó La Cucaracha, llenó los pantallas de calaveritas y textiles indígenas, agradeció en español el cariño de un público siempre fiel, dedicó el show a Frida Kahlo y hasta bailó con una mujer caracterizada como la pintora, por si fuera poco se cubrió con la bandera nacional y lloró de emoción cuando un atiborrado Palacio de los Deportes coreó con gratitud y a todo pulmón su nombre.

Y aunque pronto su identificación la acreditará como una mujer de la tercera edad, la cantante tiene otras credenciales que muy pocas mujeres en el mundo de la música pueden presumir: 33 años de carrera, 13 discos que la han convertido en la solista con mayores ventas a nivel mundial (500 millones), su gira anterior fue las que mayores ganancias reportó por encima incluso de The Rolling Stones y por si fuera poco es la madre controladora de tres hijos.

Todo esto acomodado perfectamente en un pequeño cuerpo de 1.63 metros de altura, pero con una elasticidad a prueba de caídas, Madonna inició como bailarina y sigue dando la batalla en sus presentaciones en vivo, en donde hace salir a su duende a punta de horas y horas de dolorosos ensayos y como cereza del pastel un repertorio que tiene para todos y que fue suficiente para armar un aquelarre ante un Palacio de los Deportes que, envuelto en llamas, fue testigo de una estrambótica fiesta pagana en la que lo único que faltó, fue que esta enigmática mujer se subiera a una escoba y se echara a volar.

Ver a la bruja mayor salvarse de la hoguera y gritar desde las alturas su “Bitch, I’m Madonna” acompañada de su estruendosa carcajada, hubiera sido la culminación perfecta para una noche llena de magia, amor por México y el cariño infinito de un público que se rindió a sus pies desde el primer momento.

Y aunque ella ha aceptado, que no es la mejor cantante, ni la mejor bailarina, ha aprovechado que si tiene un don para accionar ciertos botones y provocar a la gente. Y eso hizo en México durante sus casi tres horas de espectáculo: accionar ciertos botones, conectar con el público, encender las luces de la memoria, aventar sus redes a los miles de ojos oceánicos que la mirábamos sin parpadear, aventar sus dardos y dar ahí, en donde se hospeda la nostalgia, los buenos momentos en los que siempre hubo a la mano una canción suya para olvidarse de todo y celebrar bailando, o poner la del estribo, la que le canta a los amores difíciles y le pone sal a la herida.

En su repertorio todo y todos caben y, en vivo, hay momentos para que nadie se queda sin sacudir el cuerpo o derramar una lágrima. Madonna es la voz no de una generación, sino de muchas: su voz se supo acomodar y navegar a buen puerto entre la Generación Perdida y a los Millennials. Casi nada.

Y como si la magia de sus presencia no fuera suficiente, a minutos de que comenzara el concierto, de la nada salieron dos personas de su staff y se acercaron a quien esto escribe y otras tres personas más para comunicarles que podrían disfrutar el show desde la primera fila cortesía de Madonna. Aunque lo parecía, no se trataba de una broma. Ver a la cantante a un metro de distancia fue el mejor regalo de reyes, aunque no crea en los reyes, y la prueba fehaciente de la buena estrella existe y a veces se pone de nuestro lado. Bien dicen que la mejor arma de un reportero es la suerte y esa noche definitivamente se puso de modo.

Así, desde la primera fila, fuimos testigos de su entrada triunfal y la apertura de su primer acto: “Joan of Arc/Samurai”, en donde la cantante, como un angel caído, baja del cielo encerrada en una jaula para dejar claro lo que todos los presentes saben de sobra y Mike Tyson reafirma desde las enormes pantallas: que se trata de un “Ícono”, pero un ícono que se forjó a través de la lucha constante y la disciplina y te invita a que hagas lo mismo: “Haz que tu luz brille como una preciosa estrella. Enséñale al mundo quién eres”.

Así, rodeada de guerreros samurai que no logran atajar su paso, Madonna parece justificar la fiesta que sigue con un simple: “Bitch I’m Madonna” y en el escenario, entre geishas contorsionistas, empieza la magia con un saludo inicial: “¿México, cómo han estado, ya se siente el calor?”. Y así arranca el espectáculo donde todos tienen sus quince minutos de fama: la perfección y entrega de los bailarines, la destreza y el encanto de los músicos, las pantallas que cuentan sus propias historias y las luces que iluminan un recinto que mira con los ojos desorbitados a una Reina del Pop enfundada en guitarra eléctrica mientras grita, con “Burning Up”, que está en llamas, que su amor arde y no es correspondido.

Pero la venganza llega rápido y esa cándida mujer que suplica amor se rodea pronto de un séquito de monjas herejes que bailan sobre un tubo en forma de cruz para ordenarle a su hombre que baje a probar su adictiva agua bendita (Holy Water). Atrás una pagana representación de la última cena termina en pose, en una socarrona y provocadora celebración de la diversidad sexual con un fragmento de su himno gay por excelencia: Vogue. La redención del primer acto llega con “Devil Pray”, una oración en la pide que sus pecados sean borrrados y asegura que los excesos no son el camino, ni a través de ellos se encontraran respuestas.

No todos le creen su arrepentimiento, y menos cuando el segundo acto “Rockabilly Meets Tokyo” empieza entre llantas y autos desmantelados con una erótica “Body Shop”, donde muestra la buena salud de la que gozan sus bailarines, a quienes ofreció al mejor postor. Pero sólo bastó un respiro de la cantante para que mi compañera de asiento (María) le mostrara un playera realizada por su hermana con la imagen de Frida Kahlo mientras le gritaba “es para tí”, Madonna más adelante del concierto tomaría la prenda y se la pondría, pero en ese momento agradeció el gesto: “Si Frida estuviera aquí, estaría muy feliz y, seguramente, se metería a mi Body Shop. Cantemos para que esta noche ella nos escuche”, dijo sonriente.

Más allá de los cuerpos perfectos, Madonna, en su Rebel Heart Tour regaló un momento entrañable, pues sentada entre llantas viejas y guitarra en mano, celebra que encontró al amor verdadero ("True Blue"), y ahí, entre el público que aplaude, se logran ver los abrazos y las miradas complices de quienes también encontraron un amor a la medida, como el de Fernando Astorga y Eduardo Benítez, quienes llenan de romance y una eufórica fraternidad la primera fila, pues ganaron los boletos del "Bitch I Want Front Row" o una fila atrás José Vazgarci que celebra a todo pulmón que el repertorio tenga estos embemáticos temas y regale momentos hechos para la nostalgia. Luego viene “Deeper and Deeper” y Alexis Vega, quien también ganó un boleto para estar en primera plano, apenas escucha los primeros acordes y siguió haciendo lo que hizo toda la noche: llenar el lugar de buena vibra y bailar. El tema de su álbum Erótica, con el que conocí a Madonna y me convertí en parte de su enorme grey, apuesta por lo mismo: entregar el alma, enamorarse profundo y a dejar claro que sólo con el corazón se puede ver bien, que lo esencial es invisible a los ojos.

Pero la magia del amor se esfuma, porque como diría Neruda, es tan corto el amor y tan largo el olvido, así llegan con lágrimas en los ojos “HeartBreakCity” y “Love Don't Live Here Anymore” o lo que viene siendo la versión de la Chica Material del emblemático Boulevard de los Sueños Rotos que habita la mismísima Chavela Vargas, esa que fue amante de Frida Kahlo, la mujer a la que Madonna le dedica la noche, porque igual que ella también ha estado rota, quebrada, con el corazón envuelto en espinas y con el dolor pegado a los huesos porque ese amor ya no vive más aquí.

Pero Madonna, quien canta desde lo alto de una escalera, no se deja intimidar y pronto baja, se despoja de la ropa y celebra con “Like a Virgin” que son más los que vienen que los que se van y quizá, como asegura Quentin Tarantino en “Pulp Fiction”, llega alguien con mayor envergadura y te hace sentir como si fuera la primera vez. El público lo sabe y la canta tan fuerte que retumba el domo del Palacio de los Deportes.

Pero lo mejor esta por venir, con su tercer acto “Latin/ Gypsy”, en donde la influencia española pronto se deja sentir con “Living for Love”. Ataviada de torera, la cantante hace un llamado a creer en el amor a pesar de las las caídas y aunque esta vez no fue a dar al piso, dejó claro que lo que no te mata te hace más fuerte: “Encontré la libertad en la horrible verdad. Me merezco lo mejor y no eres tú”. ¿Así o más claro?

En español llega “La Isla Bonita” y “Who’s That Girl” y con ellas el amor de esta gitana de clóset por la cultura latina: en las pantallas calaveritas de azúcar y textiles indígenas se convierten en el orgullo de un público que sabe que el amor de Madonna por México va más allá de Frida Kahlo. Aunque ella es la mayor depositaria de su admiración, tanto que se corrió el rumor de que al llegar a México no perdió la oportunidad de visitar la Casa Azul y llevar a sus hijos a conocer el que fuera hogar de la pintora. “Este acto me gusta mucho porque tiene mucha influencia de Latinoamérica, un lugar donde me han apoyado como nadie, es por eso que esta noche se la quiero dedicar a Frida Kahlo, una mujer rebelde a la que admiro mucho, porque ella se inspiró en el dolor para crear sus arte y yo del dolor he creado música”.

“Ghosttown” llega como una bocanada de aire fresco y una invitación a tomarse de la mano y caminar juntos, así sea en una ciudad fantasma. Al culminar el tema una ovación sorprende a la cantante y las lágrimas se asoman y cuando el coro de la multitud se prolonga y se hace más fuerte, ya no puede contener el llanto: “Estoy pasando por un momento difícil en mi vida y a veces no tengo la fuerza para dar un show, pero luego veo sus caras y continúo”, la cantante pasa por un momento complicado porque su ex esposo, el cineasta Guy Ritchie, le pidió la custodia de su hijo Rocco, de 15 años, quien aparentemente prefiere vivir con su padre y dijo estar cansado de seguir la agotadora gira de su madre. “Rebel Heart”, el tema que le da nombre a la gira llega con el puño levantado y la certeza de que ese corazón rebelde que cabalgo mucho tiempo solo porque eligió el camino angosto, al fin llegó a buen puerto y está dónde debe de estar: feliz, gozando la vida y con la seguridad de que eligió bien al caminar por el lado espinoso, por donde van los que no se conforman con seguir la manada.

El acto “Party/Flapper” anuncia que el final se acerca, y así llega “Music” y “Candy Shop”, en una divertida versión, en donde Madonna muestra su lado lúdico, donde se relaja y se olvida de los estudiados pasos de baile, donde improvisa y regala momento que resumen lo que esta gira ha hecho con esta mujer adicta al trabajo: Madonna se esta divirtiendo. Con “Material Girl” y “La Vie en Rose” muestra qué tipo de mujer es y qué espera del amor: alguien que pague las cuentas. Pero con “Unapologetic Bitch” decide casarse y se da el lujo de rechazar a René, un chico del público que no entra en el perfil que busca por una sencilla razón: no trabaja y sin trabajo no hay diamantes. Pero el romance sigue y adivinen quien fue finalmente la persona elegida: una simpática Frida Kahlo a la que no duda en tocarle el trasero, bailar y declararle su amor incondicional.

Pero todo lo que empieza tiene que acabar y los acordes de “Celebration” y la algarabía arriba del escenario hacen que el público salte sobre los asientos porque presiente que es la despedida y “Holiday” lo confirma. La conexión del público es total, aplaude al unísono, canta con devoción mientras Madonna presume con energía sus últimos pasos de baile y de pronto sale de su boca lo que nadie quería escuchar en una noche llena de magia, amor, complicidad y fiesta: “Gracias, México”.

Y así las luces del Palacio de los Deportes se apagaron y atrás quedó Madonna y su enorme sonrisa después de culminar con una exitosa faena donde regaló un entrañable recorrido por la nostalgia, pero también una celebración por el presente, donde sus files seguidores tuvieron la oportunidad de verla entera, relajada, divertida, madura y hasta emocional. Fue un enorme placer verla bailar como poseída, llorar con el público en un momento íntimo, provocar como en sus mejores tiempos, desnudar el alma, venderse como nadie, reír a carcajadas, reinventar sus viejos éxitos y conectarse con el público joven. Los que estuvimos ahí fuimos testigos de cómo ésta mujer, con toda la parafernalia que la rodea, domina como nadie el escenario y no dejar de ser el centro de todas las miradas. Después de verla, no queda le menor duda: Madonna tiene pacto con el Diablo.