Foto: Especial
Pertenece a los llamados ‘portadores de larga duración’: no se recuperan por completo y sufren secuelas como agotamiento, mareos o deficiencias cognitivas

Aunque la COVID-19 puede ser una enfermedad leve y rápida para algunos, otro grupo experimenta síntomas incluso varios meses después del diagnóstico. Los niños tienden a verse menos afectados por la enfermedad frente a la población adulta; sin embargo, no son inmunes a convertirse en 'portadores de larga duración’, de acuerdo a un informe del New York Times publicado este miércoles 29 de octubre.

Uno de estos casos es el de Maggie Flannery. Tiene 12 años y es alumna de sexto grado en Manhattan (Estados Unidos). De acuerdo al Times, ella y sus padres dieron positivo para coronavirus a principios de marzo. Después de tres semanas, parecía que los tres se habían recuperado del mal, pero Maggie recayó más tarde.

“Sentí como un elefante sentado en mi pecho. Fue difícil respirar profundamente. Tenía náuseas todo el tiempo, no quería comer, estaba muy mareada cuando me levantaba o simplemente me acostaba”, relató la pequeña al diario estadounidense.

Foto: Especial

Inicialmente, los especialistas consideraron que sus síntomas podrían ser psicológicos: no presentó daños en su corazón o pulmones y dio negativo tanto para la enfermedad como en el examen de anticuerpos. Sin embargo, como detalla el Times, Maggie Flannery se enfermó cuando Estados Unidos experimentaba escasez de test y “las pruebas virales tomadas mucho después de la infección inicial son generalmente negativas”.

“No sabían nada sobre el 'COVID largo’ en ese momento. Dijeron que era ansiedad. Estaba bastante segura de que eso no era cierto”, señaló Amy Wilson, madre de Maggie. No pasó mucho tiempo para que la pediatra de la menor confirmara que, en efecto, Maggie tenía coronavirus.

Desde entonces, la menor se ha visto obligada a limitar lo que hace cada día desde su diagnóstico. Asiste a clases socialmente distanciadas en su escuela, tiene dificultad para concentrarse, lo que significa que su tarea requiere más tiempo para completarla. También dejó de ir a clases de ballet, que solía practicar cuatro veces a la semana antes de que estallara la pandemia.

A más de siete meses del inicio de la crisis de la COVID-19, se ha hecho cada vez más evidente que muchos pacientes, con síntomas, tanto graves como leves, no se recuperan por completo. Estos “portadores de larga duración”, como se los ha llamado, siguen presentando una serie de secuelas que incluyen agotamiento, mareos, dificultad para respirar y deficiencias cognitivas durante semanas o meses posteriores a la exposición.

Por lo general -continúa el informe del Times—, los niños corren un riesgo significativamente menor que las personas mayores de sufrir complicaciones graves y de morir a causa de la COVID-19; sin embargo, las consecuencias a largo plazo de la infección, si acaso las hay, han sido poco claras.

Aunque los médicos reconocen que una cantidad reducida de niños ha sufrido un raro síndrome inflamatorio poco después de la infección, hay poca información confiable sobre cuántas personas de las que contraen coronavirus tienen molestias prolongadas, como Maggie Flannery. Eso podría cambiar a medida que aumente la proporción de niños contagiados.

De acuerdo con la Academia Americana de Pediatría de Estados Unidos, los niños representaron el 10,9% de los casos reportados en todo el país a mediados de octubre, a diferencia del 2,2% que se registró en abril.

En medio de este panorama, Maggie siente que “algunos días son mucho mejores" que otros. “Si hago demasiado en los días buenos, me siento mucho peor al día siguiente o al par de días siguientes, y algunos días no puedo hacer nada si es un mal día”, zanjó.