Especial

Don Cucoldo sospechaba que su esposa le ponía los cuernos. El recelo que sentía se fundaba en una evidencia muy mortificante: el vecino tenía un loro cuya jaula ponía en la ventana, y cada vez que don Cucoldo pasaba por ahí el maldecido pájaro lo saludaba diciéndole con su rasposa voz: “¡Adiós, cornudo!”. Suspicaz y molesto el marido le contó a su mujer lo del perico. La señora se burló: “¿Cómo te pones a hacerle caso a un cotorro? Bien sabes que los pericos son unos deslenguados”. Al día siguiente don Cucoldo pasó de nuevo frente a la jaula del loro. El pajarraco lo vio y le dijo: “¡Adiós, cornudo, y además chismoso!”… Doña Uglicia era muy fea. Al decir eso falto a la caridad cristiana pero no a la verdad. En cierta ocasión la señora le reclamó a su esposo: “Las vecinas me cuentan que andas diciendo que te casaste conmigo por mi dinero. A ti mejor que a nadie te consta que no soy de familia adinerada”. “Mujer –se defendió el marido–, en alguna forma tengo que justificarme”… Babalucas se desconcertó bastante cuando su novia lo llevó en su automóvil al solitario paraje llamado El Ensalivadero, al cual solían acudir por la noche las parejitas en plan húmedo. Ahí la muchacha se precipitó sobre el inexperto galán y lo hizo objeto de caricias tan encendidas que por milagro no provocaron fuego en el vehículo. La ardiente chica, respirando con agitación, le preguntó a Babalucas: “¿Te gustaría ir al asiento de atrás?”. Respondió el badulaque: “No. Estoy más a gusto aquí contigo”… Había en mi ciudad, Saltillo, un médico al que todos llamaban Doctor Ato. El apodo tenía su origen en el hecho de que el facultativo sostenía que todas las enfermedades podían ser curadas con medicamentos cuyo nombre terminaba en esa desinencia, ato: las de la cabeza, con salicilato; las del pecho, con benzoato; las del estómago, con carbonato, y las de más abajo, secretas y temibles, con permanganato. En aquellos años no había tantas enfermedades como ahora. La gente se moría de empacho, de un dolor o un aire, y aquí paz y después gloria. Ahora surgen cada año nuevas amenazas para la salud de la humanidad doliente, como ésta del coronavirus, que de seguro se volverá pandemia y traerá consigo males incontables en todos los ámbitos de la actividad humana. Tal se diría que la naturaleza inventa renovadas formas de atacar a esa maligna especie, el hombre, que en tantos y tan malos modos la agrede a ella. Se nos dice que México está preparado para hacer frente a la amenaza. La verdad es que ningún país, ni siquiera los más ricos y avanzados, está preparado para eso. Todo indica que ante el coronavirus los hombres de hoy estamos casi tan inermes como los de la Edad Media ante la peste negra. Desde luego mucho ha avanzado la ciencia médica desde los tiempos del doctor Ato hasta estos días, pero en la carrera entre el hombre y la naturaleza ésta irá siempre un paso adelante de nosotros. Entonces lo que más conviene es no hacerle daño. Así quizás evitaremos sus venganzas… Ya conocemos a doña Frigidia: es la mujer más fría del planeta. Su resignado esposo, don Frustracio, les contó a sus amigos del dominó: “Anoche le hice el amor a mi mujer en forma tan apasionada e impetuosa que por poco la despierto”… La señora leía un libro mientras su hija escribía algo en su diario. De pronto la muchacha levantó la cabeza y preguntó: “Mami: ¿cómo es más correcto poner: ‘Hasta anoche fui virgen’ o: ‘Hasta anoche era virgen’?”… Una linda chica llegó a la farmacia y le pidió a la dependienta: “Dame una caja de toallas sanitarias, por favor”. Tras decir eso alzó la vista al cielo y exclamó con emocionado acento: “¡Gracias otra vez, Diosito!”… FIN.