Una cabaña, ubicada en las montañas, es a la vez destino y punto de partida de un episodio crítico en la vida del personaje central de esta historia (Ilustración: Vanguardia/Esmirna Barrera)
Para Carlitos y su mente de criminólogo

Por: Carlos Arredondo Sibaja*

El objetivo era no suicidarse

Pero la idea solo estaba clara ahora, en retrospectiva, cuando rebobinó la cinta de los últimos siete días y repasó con detalle el trayecto en solitario que recién terminaba. Un viaje hacia la nada primero, pero de vuelta a la tierra firme después; un periplo sin destino inicial pero que al final le devolvió a las ansias de vivir, a la determinación por encontrar una isla en el mar del futuro, para colonizarla y construir ahí los sueños a los que asediaría, a partir de ese momento, sin pausa ni tregua.

Lo tuvo claro cuando cerró el candado del portón y echó una última mirada, casi de soslayo, a la cabaña que había sido, de forma alternada y en demencial sucesión, refugio, amenaza, espacio de reflexión, sala de tormento y el vientre en el cual se gestó la nueva persona que ahora creía ser… que quería creer que era.

Lo supo de cierto cuando puso la mano derecha sobre el asiento del copiloto y recorrió, con la yema de los dedos, los valles y las crestas que formaban los hilos entretejidos de la soga. Esa soga de improbable blancura que fue tentación en múltiples momentos pero había trocado en trofeo.

El viaje de ida

La idea le llegó de ninguna parte. Simplemente apareció ahí, de repente… pero en el de repente oportuno, cuando la necesitaba, cuando estaba a punto de naufragar, de tirar la toalla, de rendirse por completo y abandonarse a la corriente que llevaba a la catarata cuyo fondo solo prometía una cosa: la destrucción irreversible.

La idea era simple, pero de una simpleza preñada de genialidad: todo lo que había que hacer era desconectarse, abrir la puerta, salir y cerrarla tras de sí por unos días. Pisar el freno. Retirarse a estar solo consigo mismo para intentar, en el aislamiento del propio interior, poner en orden las ideas, apartar la basura acumulada en montañas sobre la ruta y aclarar la imagen hacia el frente.

Porque esa imagen, la del futuro, se había vuelto borrosa. Tan difusa que ya era muy difícil distinguir en ella algo más que manchas y rayones. Hacía tiempo que venía difuminándose, era verdad, pero el aislamiento a que obligó el arribo de la pandemia había sido como arrojar un  cubo de agua sobre un cuadro recién pintado… el futuro se había vuelto un chorreadero de líneas y franjas de color carentes de sentido. Por lo menos carentes de sentido para alguien como él, que prefería el hiperrealismo a la pintura abstracta; lo concreto y cierto antes que la inescrutable incertidumbre.

Él necesitaba ver con claridad el camino por el cual transitaba y tener visible, aunque fuera a la distancia, el punto hacia el cual se dirigía. Aunque éste se alejara siempre que daba un paso. La certeza de su existencia inalcanzable era cien, mil, un millón de veces preferible al angustiante tormento de avanzar perpetuamente hacia ninguna parte.

No era, eso estaba paradójicamente claro, un problema de enfoque. No se trataba de cambiar las lentillas de los anteojos; no era un asunto de arrimar los párpados para intentar, con menos luz entrando por las retinas, mejorar la imagen; aquello no se arreglaba desempañando el parabrisas

Lo que había ocurrido -finalmente lo había entendido… o se había atrevido a considerarlo- era que el futuro se había licuado. Todos los futuros posibles habían transitado del estado sólido al líquido… No, al coloidal. Pero incontenido, lo cual le había desprovisto incluso de toda forma discernible.

La puntilla había sido el cataclísmico “no… ya no quiero arreglarlo” de ella; la sentencia definitiva e inapelable con la que puso punto final a su relación y dinamitó el futuro de 200 años que se habían prometido luego de aquel primer beso, entre los vapores de la quinta botella de vino, de esa noche tantas veces platicada, tantas veces recorrida, tantas veces revivida…

Y sin futuro posible el presente carece de sentido, se vuelve irrelevante. Y así le llegó la idea de meter unas mudas de ropa en la maleta, cargar con una cobija, un garrafón de agua, un paquete de cigarros y unos cuantos billetes en la cartera. Y partir, como el Macomber de Hemingway descrito por Gabo a su amigo Plinio, al encuentro del destino: “cagado de miedo”, pero determinado a no dejar de poner un pie delante del otro… o eso creyó al principio.

El viaje de vuelta

El objetivo era no suicidarse. Comenzó a quedar claro desde la primera noche. Casi inmediatamente después de llegar a la cabaña, en medio de la sierra hundida en la penumbra. Cuando el miedo le penetró por todos los poros. Pero ya no podía dar marcha atrás. Tenía que quedarse ahí, enfrentar a sus demonios y sobrevivir a ellos…

El problema es que eran demasiados. No tuvo la precaución de pasarles revista antes de tomar la carretera y llevarse hasta aquel rincón que imaginó como un refugio de paz y se había transformado en una cámara de horrores en la que los fantasmas de todas las navidades, pasadas y futuras, se habían congregado con un solo propósito: liquidarle.

La idea se incubó sola: ¿Y por qué no darles gusto? Al fin y al cabo, el futuro se había desvanecido y con él también la relevancia del presente. En el pasado no había consuelo alguno, sino al contrario: un raudal de recuerdos que habían pasado, de ser los embriones de un futuro que valía la pena perseguir, a convertirse en los abortos inertes de la nada que se extendía en todas direcciones.

¿Por qué no darles gusto? Además, para eso estaba ahí la soga… y el árbol… y la oscuridad… y la montaña… y la soledad…

Entonces retumbó en el interior de la cabaña el ruido de unos nudillos estrellándose contra la madera.

Y ahí comenzó el viaje de regreso.

 

*Carlos Arredondo Sibaja. PERIODISTA(Piedras Negras, Coah.) Ingeniero Industrial (UAdeC), Abogado (UVM) y máster en administración y alta dirección (Universidad Iberoamericana). Tiene estudios terminados de maestría en Derecho, con acentuación en derechos humanos.

Ha laborado por tres décadas en distintos medios de comunicación impresos y electrónicos realizando tareas como reportero, corresponsal, conductor y editor. Se ha desempeñado también como funcionario público y académico. Colabora con VanguardiaMX desde el año 2001 y actualmente se dedica de tiempo completo al periodismo.

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