“Un espectro se cierne sobre el Estado: el espectro de la indignación”. Una premonición que desafía y niega toda autoestima y dignidad propia, de que nos encontramos sumidos en la incertidumbre y la impotencia. Tan solo hoy escuché a dos personas que, ante la incertidumbre del futuro, dicen prefieren irse a otro país. Sea como fuere, la indignación está ahí y se nos ha mostrado una vía para descargarla, aunque sea solo de forma temporal: saliendo a las calles y ocupándolas. Ahora que han perdido la fe en que la salvación vaya a venir del gobierno, y que buscan maneras alternativas de conseguir que se haga lo correcto, esas personas toman la calle y plazas urbanas y las convierten en laboratorios al aire libre en los que se diseñan, prueban o descubren por casualidad, herramientas de acción política que ellos esperan que estén a la altura del enorme desafío. Todavía no tenemos una nueva caja de herramientas válidas para una acción colectiva eficaz, están aún, si bien nos va, en fase de diseño y les falta mucho. Las redes sociales dieron muestra de su eficacia para convocar y animar a salir a las plazas para protestar contra “lo que hay”. Esos mensajes no dicen qué debería reemplazar a eso que ahora “hay”, ni trazan un sustituto potencial definido. Dice Bauman que el fenómeno de la “gente en movimiento”, movilizada en las calles y las plazas públicas, es una de esas “ideologías-en-acción”. Incipiente, más un tanteo en la oscuridad que en un movimiento decidido y sistemático en una determinada dirección prediseñada.  La negativa a depositar esperanzas en las instituciones políticas ya existentes es su único factor integrador. Las personas que, cada vez en mayor número, salen a las calles y se instalan durante semanas o meses en las tiendas improvisadas que montan como refugio en plazas públicas saben, o sospechan de qué están huyendo. Saben con cierta seguridad lo que no les gustaría que se siguiera haciendo. Lo que no saben, sin embargo, es qué hay que hacer en vez de eso. No tienen ni idea de quién podría tener el poder y la voluntad suficientes para dar lo que ellos considerasen finalmente que es el paso correcto hacia delante. Hay un el malestar y el desdén más absolutos por las personas en el poder y por la política. El denominador común es: Una crisis de la confianza ciudadana en el Estado, en su capacidad de cumplir lo que se espera de él. El estado tiene crisis de identidad, olvida su papel de proporcionar servicios adecuados al ciudadano. Hay cada vez más una crisis también de la confianza popular en las virtudes de la democracia y su atractivo. La crisis es la condición normal de la democracia y el Estado no puede ni con la frustración del electorado ni apaciguar su ira. “La historia nos enseña que, en cualquier sistema político en declive, los principios legales pueden mantener su vigencia protegidos por el Estado, pero van siendo socavados desde dentro por una creciente corrupción y, desde fuera, por una pérdida de confianza entre el electorado; esta forma degradada de tales principios está condenada a pervivir, al menos, hasta que el sistema implosione o sea reformado por otros motivos. Vladimir Putin dio en el clavo cuando, proclamando la derrota de las protestas populares masivas contra el altanero desprecio con el que los poderes fácticos rusos tratan a su electorado, imputó aquel presunto fracaso de las movilizaciones de la oposición a la ausencia en esta de un líder capaz de propugnar y mantener un programa que los manifestantes estuvieran dispuestos a aceptar y pudieran apoyar.” En conclusión, nos falta un líder como Vaclav Havel que vea por el interés del pueblo, que fije el rumbo. La división electoral hará aún más difícil la tarea de gobernar.