La capacidad de leer el dolor, el don de escuchar, la virtud de no ser indiferente son el corazón del arte de la Medicina

Desde hace muchos años se ha discutido si la Medicina es un arte o una ciencia. Las dispares respuestas a los medicamentos, y las diferencias entre personas, inclinarían la balanza hacia el arte; los estudios de laboratorio y las investigaciones en laboratorio lo harían hacia la ciencia. Tiempo atrás, Georges Canguilhem aderezó la discusión al afirmar que la Medicina es un “arte de la vida”. El arte al cual se refería el pensador francés no se basa en los instrumentos de la profesión médica, sino en los dones humanos de los doctores y de las personas relacionadas con los enfermos. Palpar, mirar, escuchar y acompañar son algunos de los elementos que hacen de la Medicina un arte. Mientras que la figura del doctor es pilar insustituible para transformar la Medicina en arte, el paciente es la razón para hacer de la enfermedad una lectura de la vida, una lectura diferente, cuyas palabras contextualicen el lenguaje del dolor como parte del lenguaje de la vida. 

La capacidad de leer el dolor, el don de escuchar, la virtud de no ser indiferente y el deseo de ir “más allá” de la pierna fracturada o de la disminución de los glóbulos rojos son el corazón del arte de la Medicina. El origen etimológico de corazón es interesante: cor también significa “sentimiento”, “inteligencia”, “estómago”. Esa tríada es parte del arte de la Medicina y de la empatía. 

La empatía, pero sobre todo la empatía ética, como la denominaba Edith Stein, resume muchas vicisitudes indispensables para convertir a la Medicina en el “arte de la vida”. “Contar la vida desde el dolor”, escribió un enfermo, “requiere palabras largas, palabras profundas; ideas donde el yo de antes dialogue, por medio de otro lenguaje, con el yo de ahora”. Observar, tejer y destejer a la persona enferma a partir de los significados de la vida rota es parte de la Medicina y de la empatía ética. Muchos enfermos quedan atrapados en un tiempo indefinido, en una zona gris, en un espacio donde la palabra pasado lastima y la palabra futuro es nebulosa. 

Es en esa zona gris donde la enfermedad golpea y donde la persona afectada intenta comprender los nuevos significados de algunas vivencias fundamentales. Tiempo, salud, finitud y miedo dejan de ser palabras. Se transforman en cotidianidad, en motivos de vida. En ese entramado gris la Medicina debe convertirse en un “arte de la vida”, en una escuela donde el médico logre balancear el oficio de curar con el de cuidar. 

El “arte de la vida”, como leitmotiv de la Medicina, no implica necesariamente curar. Muchos enfermos esperan algo más profundo, aguardan el cuidado empático de su doctor. Esperan que el médico sea su Virgilio y su compañero en el camino hacia la muerte; aguardan con el deseo de que el galeno sea capaz de ensamblar su cuerpo fragmentado. En Medicina, el binomio curar y cuidar es imprescindible. Si bien curar y cuidar no son sinónimos literarios, sí son sinónimos médicos. 

La apuesta de Canguilhem forma parte de un viejo debate: ¿es la Medicina arte o ciencia? Para los médicos, la pregunta expone el continuo dilema entre la obligación de palpar y escuchar contra el esplendor de las ciencias biomédicas. Para quien se enferma, la cuestión presenta un problema distinto, cuyo origen se remonta a los inicios de la Medicina, cuando los galenos, carentes de pócimas y huérfanos de tecnología, ejercían el arte de acompañar. 

La obligación del doctor consiste en transformar los guiños en diagnósticos y las miradas en recetas. Los gestos, las palabras que nacen a partir del dolor, la virtud de acompañar y de atender, aunque no figuran en los diccionarios bajo el nombre arte, sí deberían formar parte del léxico médico. La verdad experimentada por el enfermo y la naturaleza del mal, estudiada por el médico, son esqueleto del vínculo entre ambos y razón fundamental de la Medicina. 

Las enfermedades, aunque cambien, aunque unas desaparezcan y otras lleguen, siempre serán un acontecimiento. Los enfermos requieren adaptarse a ese acontecimiento. Los doctores tienen la obligación de compartir ese evento y desentrañar, al lado del enfermo, sus vericuetos. 
Notas insomnes. La Medicina, como un “arte de la vida”, debe reinventarse y reescribirse para reparar al ser enfermo y para contrarrestar el poder omnímodo de la tecnología.