Pregunta entonces el Buda a sus monjes:
-¿Qué pensáis, monjes, la forma es eterna o perecedera?
-Perecedera, ¡oh Señor!
-¿Qué es entonces lo perecedero, el sufrimiento o la alegría?
-El sufrimiento, ¡oh Señor!
-Lo que es entonces perecedero, lleno de sufrimiento y sometido a transformación, ¿Puede deducirse que es propio de mí, de mi propio ser?
-¡No, Señor!

Ese día llegó a su casa vacía.
La vacuidad, esa apertura del espíritu, ese vacío de toda intención gestual, se había presentado primero en su casa. O eso fue lo que quiso leer. Todo tenía una actitud  de mutis. Parecía que a las tazas les habían dicho: descansa. Yacían boca abajo en el fregadero. Estaban listas para lo que venía. O quizá las tazas y los muebles contemplados en su forma yaciente, fueron el primer ejercicio de desprendimiento.

¿Se refugiaba en la vacuidad?
Y fracasaba. Por primera vez ese silencio de la casa provocaba un leve dolor en los oídos. Las fotografías estaban siendo sometidas a un sello de porcelana mental; esas imágenes la miraban desde otro tiempo y se estrellaban contra un muro que se derretía en un foso de pensamientos inútiles. Podía ver el foso cerrarse y una angustia punzante entró a la habitación.

Si todo era lleno de vida. Entonces todo era lleno de voluntad. Si todo era lleno de voluntad, todo podía decidir el silencio. O encontrarse en el silencio como una acción. Esto era un enredo: debía decidir si unificar a todo en una misma sintonía. O dejar de resistirse para encontrar esa sintonía.

Esa total apertura del espíritu no estaba trayendo la calma. Se avecinaba una tormenta, la podía percibir como una vibración, como aquella ocasión en la que, con los ojos cerrados fue llevada por un remolino ascendente de pensamientos, hacia un estado de conmoción que solo cesó cuando el río de imágenes fue descargado: hubo qué haber visto todo para silenciar la mente al menos unos segundos.

La vacuidad, en ella había activado lo opuesto: una energía poderosa yendo y viniendo en su cuerpo que ya llevaba el pensamiento las tazas adentro, ya sacaba los recuerdos de ratones muertos, los lápices labiales arruinados o la palanca de velocidades que se desprendió y acompañó a su mano cuando iba a más de cien kilómetros de velocidad.

Las cosas se estaban poniendo peor. Si todo era la divinidad, incluyéndola a ella, había una divinidad que se fragmentaba. Era ese alud de pensamientos que reclamaba su sitio.

Fue en ese momento en el que se afianzó a la idea del oro que se funde y cae sobre todas las cosas. Esa sola imagen le dio calma. Todo brillaba. Las tazas cubiertas de oro comenzaron a respirar con calma de nuevo, las flores, el viento, todo en áureos tonos fue quedando en silencio. 

Por primera vez su mente fue un cuenco de oro. Luego comenzaron a llover tazas; los sonidos de sus cristales y porcelanas fueron la voluntad que abrió la puerta adentro de la puerta. 

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