Doña Ema decía:

-¡Sicut!

Y nosotros contestábamos con voz vibrante:

-¡Cervus!

Era en la calle de General Cepeda, casi frente a la casa en que nací. Ahí, en el hogar de doña Ema Fernández de Rodríguez, se realizaban cada semana las sesiones de la Guardia de Honor del Santísimo Sacramento. Aquella frase: “Sicut cervus”, era el lema de la juvenil agrupación, y corresponde a una expresión del Salmista, cuya alma iba al Señor “sicut cervus ad fontes aquarum”, como el ciervo a las fuentes de las aguas.

Esa devota señora, doña Ema, tenía tres hijas y dos hijos. Uno de ellos, Luis, fue sacerdote, entiendo que jesuita. El otro, Rodolfo hijo -Fito, para nosotros-, era un muchacho tranquilo y reservado. Alumno de la Escuela de Ciencias Químicas, gustaba del excursionismo. Yo lo admiraba mucho porque escaló el Popocatépetl, cuando mi hazaña mayor era haber coronado la cima del Cerro del Pueblo, y eso con muchas fatigas y trabajos.

Nadie, hasta donde sé, ha puesto el nombre de doña Ema Fernández en la lista de quienes hicieron teatro en Saltillo. Lo hizo, en efecto, y antes que muchos que sí figuran en la historia teatral de la ciudad. Que yo recuerde, dirigió dos obras. Una de ellas fue “El condenado por desconfiado”, de Tirso de Molina. La dicha pieza es un drama teológico tan abstruso y complicado que para desenredar su trama se necesitaría un sínodo formado por los ocho primeros Doctores de la Iglesia; los cuatro occidentales: San Agustín, San Ambrosio, San Gregorio el Mayor y San Jerónimo, y los cuatro de Oriente: San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Atanasio y San Gregorio Nazianceno. Cinco o seis veces he leído esa obra y nunca he podido desentrañar su oscuro contenido. Me sucede con ella lo que con la ópera “El trovador”, de Verdi: la oí por primera vez a los 15 años; la he seguido oyendo, y es fecha que todavía no entiendo cabalmente el argumento.

La otra pieza se llamaba “El juramento del caudillo huronés”. Era una exaltación de la tarea evangelizadora de los jesuitas entre los pieles rojas del Canadá. En ella hice el papel de un niño que se llamaba Luisito. Uno de los que hacían el papel de jesuita era un muchacho de muy buena presencia, inteligente y estudioso, de quien todos decían que prometía mucho por su talento y su dedicación. Se llamaba Baltasar Cavazos Flores.

Desde entonces nació entre nosotros una amistad que duró toda la vida. Cuando Baltasar venía a Saltillo íbamos a comer a La Canasta, y en la comida hacíamos evocaciones de los tiempos idos. Después yo iba a México, y él me invitaba a departir con sus amigos, entre los cuales se contaban algunos de los personajes más connotados de la Capital.

Baltasar llegó a ser una gran figura del Derecho, el más ilustre de los abogados laboralistas mexicanos. Lo que prometía de joven lo cumplió en su madurez con creces. Su nombre fue conocido internacionalmente; ejerció un fecundo magisterio, y los textos que escribió se consideran clásicos. Pero nunca olvidó a Saltillo, y siempre hablaba con entrañable afecto de la ciudad donde nació y en la cual tenía los recuerdos de su niñez y juventud. No está ya con nosotros Baltasar, pero siempre conservaremos la memoria de su presencia amable, de su bonhomía y su afabilidad.