El doctor Ignacio Cadena Herrera tuvo sus raíces en Múzquiz, Coahuila. Solía decir: “Apellidarse Cadena en Múzquiz es como apellidarse Pérez. Es un nombre común: el cura del pueblo y el joto del lugar se apellidan igual”.

La bisabuela de don Ignacio era india pura, “de las tribus autóctonas del Norte’”. Hablaba el castellano, pero cuando la hacían enojar rezongaba en su lengua, y entonces nadie la entendía.

Ignacio Cadena Herrera nació en 1908. Llegó a la vida, si no de pie, sí de pies, porque entró en el mundo como saldremos todos de él: con los pies por delante. Pequeño todavía, su familia vino a vivir en Saltillo. Pasó Ignacio su niñez en la calle de Bravo, entre Iturbide –después Carranza y ahora Manuel Pérez Treviño- y Múzquiz. “... La calle era muy angosta -recordaba- de modo que se podía conversar de acera a acera sin dificultad...”.

La casa de la familia Cadena estaba junto al domicilio del señor licenciado don Marín M. Treviño, padre del licenciado Marín G. y de sus hermanas Felícitas, Leandra y Lucía, gemela de Marín. Leandra -recuerda don Ignacio- “era pecosilla”. Marín, por su parte, fue muy cercano amigo del doctor. Compartía con él un gran tesoro: “El Tesoro de la Juventud”, espléndida obra de la editorial Jackson, con 20 tomos llenos de conocimientos útiles y de páginas con cuentos, poemas y relatos de mucha diversión. Y no sólo eso. “... En la biblioteca de Marín conocí todos los libros de Victor Hugo, y uno por uno los fui leyendo: ‘Nuestra Señora de París’, ‘Los Miserables’. También leí a Julio Verne: ‘La Vuelta al Mundo en 80 Días’, ‘De la Tierra a la Luna’...”.

Al otro lado la casa de la familia Cadena colindaba con la de doña Romulita. “... El morador más importante de esa casa era su hijo, el licenciado Manuel Rodríguez, ‘Manolín’, que era profesor de Literatura en el Ateneo, muy apegado a la botella. Luz, misántropa y naturista, hacía cremas y pócimas con todas las virtudes imaginables. Pepa, antigua profesora, tenía una locura tranquila, y Chita era la niña bonita de la casa. Yo tenía ciertas labores que ejecutar cuando Chita iba a una fiesta: correr a la cocina a traerle las tenazas calentadas al carbón para rizarse el pelo, y, al terminar esa faena, amarrar y apretar el corsé, para lo cual había que jalar una cinta kilométrica hasta que ella quedara satisfecha...”.

Otros ilustres saltillenses vivían en la misma cuadra: el Padre Robles, señor cura de la Catedral; un farmacéutico, responsable de la Botica Carothers, y don José Alejandro, que tenía la tienda de la esquina. “... Vivían también en la misma calle cuatro abogados...”, añade don Ignacio. “... Siguiendo hacia el norte vivía un señor llamado don Marcos Recio, en una casa con un portón enorme. Yo nunca tuve acceso al interior de ella, pero uno de sus hijos estudiaba en el Ateneo y salía de ese Colegio, en los días de fiesta, portando un casco emplumado de tipo alemán. Estábamos en la época de la Primera Guerra Mundial, y ésa era una demostración de nuestra germanofilia...

 “... Seguía Jesús, mi gran cuate, zapatero remendón, con quien me refugiaba alrededor de su banco de trabajo a liar un cigarrillo de hoja. Ahí conocí el tirapié, las hormas y demás adminículos. Las suelas se cosían con hilo de lino y dos conductores de pelo de puerco a manera de aguja. La labor era hecha a mano en su totalidad. Jesús hacía cuatro pares de zapatos por semana, que entregaba los sábados...”.

 “... Mano Queño era el siguiente vecino. Tenía una fábrica de velas de estearina, que trabajaba un día a la semana, cuando en su propietario se habían disipado los humos alcohólicos de los demás días. Su esposa, doña Catina, era un ángel de bondad. Formaba parte de un grupo de viejitas, también vecinas, que tenían propiedades rurales y urbanas y que fabricaban dulces de frutas.

“... Seguía el gerente del Banco de Coahuila, un señor apellidado Olivares. Era una familia de lo más desorganizada, a causa de que la mamá era paranoica y dejaba rodar la bola... El siguiente era el doctor Barrera, médico muy serio y prestigiado. Fue siempre el partero de mi mamá, quien recurría a él en todos los problemas de su prole. El doctor Barrera atendió todas nuestras fiebres eruptivas de la infancia, mis paperas, amigdalitis, etcétera. Tengo un buen recuerdo de él, y la gratitud de habernos servido con eficiencia. Su hijo Federico, menor que yo, desempeñó puestos diplomáticos en el extranjero...”.

Todo ha cambiado desde los años, tan lejanos, de estas evocaciones. Todo, menos el perfil de las montañas. Son las mismas que vieron nuestros bisabuelos. Son las mismas que los nietos de nuestros nietos mirarán.