La política, nos decía un querido maestro de preparatoria y nunca lo he olvidado, tiene tendencia al histrionismo, de tal suerte que desde hace tiempo dejó de asombrarme el que muchos de los que hoy transitan por la arena pública se sobreactúen sin “chisquearse” ni un poquito. Total, lo hacen en el escenario más proclive para dar rienda suelta a la simulación, a las apariencias y a los excesos. Hay que impactar –parece es regla insoslayable–, y por supuesto dentro del listado de tan “edificantes” conductas se encuentran también la del ninguneo y el desprecio por el adversario, la negación cuando se le acusa, todo, absolutamente todo, pero jamás debatir. No hay reglas de orden a observar, porque no se trata de ninguna disciplina deportiva, lo que hay es una guerra y en la guerra no se andan con chiquitas, de modo que mentir, hacer trampa, injuriar, culpar al de enfrente y cualquier otra trastada… pues están a la orden del día. Qué bonito, ¿verdad? El político populista es “maestro” apelando a las emociones del pueblo sabio, para nada en su discurso se promueve la reflexión sustentada en argumentos racionales, no ¿para qué? si lo suyo, lo suyo, es la demagogia, y además a un pueblo tan “sentimental” como el nuestro, tan dado a “deslumbrarse” con la diatriba de un lenguaraz, ni para que andarse inventando otro discurso. Y es que el populista sabe darles por su lado, como decía mi tía Tinita. El problema es que cuando se extralimita el uso de este tipo de comunicación, se dinamitan las fronteras para el dialogo y se derrumban puentes, es decir, se pasa de lo permisible a lo inaceptable. Hoy el presidente Andrés Manuel López, su partido y sus legisladores se venden como los salvadores de la patria, por eso el discurso de la sobreexcitación, en el que se pulverizan las normas básicas de la civilidad y se abusa a rajatabla de una demagogia alimentada en el odio y el separatismo. Y ninguno de estos dos ha dado jamás buenos frutos en ninguna parte ni en ninguna época.

Guardando las diferencias de tiempo y espacio y, por supuesto, con las debidas proporciones, pero algo del talante de López Obrador me lleva a remembrar a un presidente francés ya desaparecido, Jacques Chirac. Apuntaba en sus memorias que: “No se accede a la magistratura suprema sin una voluntad tenaz, constante de conseguirlo, ni la íntima convicción, fuertemente arraigada, del destino que nos conduce”. A Chirac la fuerza, la obsesión por ser, lo impulsaron toda su vida. Su ambición lo llevó a no parar a lo largo de 40 años su búsqueda por el poder, recorrió todos los estratos en la Quinta República, fue alcalde de París, secretario de Estado, ministro, primer ministro y finalmente, en 1995, arribó a palacio del Elíseo. Y no fue fácil, fue una victoria en solitario, el francés prácticamente se impuso a su propio partido. Valéry Giscard d´Estaing, que nunca lo perdonó, apuntó: “Lo que le anima es un deseo fanático de acceder a la presidencia; esta obsesión borra todo lo demás, las convicciones y las reglas”.

Chirac, le gustaba o no le gustaba a la gente. Sus biógrafos lo describen como un pragmático redomado, capaz de decirle a uno y a otro lo que ambos querían escuchar, aunque fuera todo lo contrario. Él operaba en función de sus conveniencias políticas, sin ningún sonrojo. Jamás transigió con los mandatos de los hombres fuertes de América. López Obrador, todo lo contrario, está doblado ante el gringo que aborrece a México. Debiera leer a Chirac al respecto: “No hay y no habrá jamás diálogo o compromiso posible… Todos aquellos que lo han intentado, pensando ser listos, han encontrado a otros más fuertes y cínicos que ellos. Y han acabado sumergidos y vencidos”.

Hoy en México vivimos en un régimen en el que se institucionaliza la división entre mexicanos acicateada desde la primera magistratura, el desprecio por todo lo que se hizo antes del arribo del tlatoani, aunque haya cosas que se hicieron bien, se vocifera sobre la corrupción y eso está perfecto, el problema es que es fecha que no se ha procesado a nadie, y mire que hay muchos que debieran estar por lo menos indiciados; se le pide perdón a asesinos… ¿Cómo pueden ser héroes los de la Liga 23 de septiembre?. La semana pasada su mayoría vociferante de vasallos abrogó la posibilidad de que las nuevas generaciones pensaran y actuaran de manera diferente a la nuestra, como por ejemplo, que dejen de ver a los gobernantes como dioses del Olimpo y los traten como sus servidores a sueldo. Un régimen que detesta a la clase media –aunque su victoria electoral se la deba a un alto porcentaje de la misma– y lo que quiere es hundirla; se alza con la bandera de “primero los pobres” y está haciendo todo para que haya más –asistencialismo a todo lo que da– y lo va a conseguir. Y me falta espacio para continuar la lista. Cierro subrayando que un régimen cuya finalidad es la aniquilación de su adversario es propio de la cabeza de un fanático, no de un político que merezca la confianza y el respeto de los gobernados. México no necesita un dictador, necesita un estadista.