Si usted no ha visto la serie española Merlí, se la recomiendo. Se resume en la vida de un filósofo cascarrabias con un hijo adolescente que decide aceptar ser profesor de escuela. Cada capítulo mezcla la doctrina de algún pensador célebre con un pasaje aplicado a la rutina de los personajes. Merlí termina siendo un profesor querido y significativo para sus alumnos porque logra expresar conceptos complejos de manera sencilla y con aplicación directa a la vida cotidiana. 

Cuando se discute cómo combatir o controlar la corrupción me gusta imaginar que se requiere un ejército de profesores de filosofía como Merlí, que vayan salón por salón, empresa por empresa, oficina de gobierno por oficina de gobierno despertando el interés sobre un tema, que hasta hoy tiene dos cabos: el de la élite académica que profundiza en el estado del arte de un fenómeno social y por otro, el del ciudadano que se apropia de lugares comunes y repite día, tarde y noche: “Todos son iguales”. 

Ambos extremos trabajan sin duda alguna por el progreso de la agenda anticorrupción. El solo hecho de que el tema esté en la mente y en las mesas, ya es una victoria, creo. 
El extremo técnico genera conocimiento mientras la conversación informal funge como la brasa que prende la indignación, esa que es consecuencia de los grandes delitos de enriquecimiento rampante perpetrados por políticos y grandes empresarios.

En medio, pienso, hay mucho por hacer. Me refiero a charlas de verdad entre padres e hijos, maestros y alumnos, colegas de oficina, integrantes de una comunidad religiosa. Me refiero a dinámicas consistentes en donde se discuta sin recato sobre un fenómeno que no hace distingo de razas ni lugares de nacimiento ni de género. 

Siguiendo la metodología instruccional de Merlí, para habilitar más y mejores conversaciones en las personas hay que darles un poco de contexto y a partir de eso, soltar preguntas, interrogantes que tengan sensación de cercanía. 

El súper poder de un maestro como Merlí o en su caso, de cualquier ciudadano en relación a su comprensión sobre la corrupción, es hacer a los demás y hacerse a uno mismo preguntas. La magia de la serie Merlí es la de un personaje con muchas aristas éticas (buenas y malas) que es capaz de hacer reflexionar más allá de las convenciones y los planes de estudio a un grupo de jóvenes. 

Para combatir y controlar la corrupción, claramente se requieren leyes, instituciones consolidadas, funcionarios comprometidos, pero también algo más. Quizá, y haciendo referencia al capítulo que inaugura la serie, un ejército de peripatéticos que esparza no, la palabra del bien hacer, sino del mucho pensar.

Francisco Michavila Pesqueira
Director de Factor Delta
Twitter: @fmichavila
Autor del Museo del Pensamiento Corrupción, experiencia dirigida a jóvenes con el objetivo de consolidar los esfuerzos preventivos en materia del control de la corrupción.

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