En su libro de 2017 “Eclipse de siete lunas ” la investigadora Dina Comisarenco presenta gran parte de la obra mural hecha por artistas mujeres durante el siglo 20 en México, legado que hasta ese momento había pasado desapercibido por la historia oficial del arte mexicano. Este es solo uno de muchos esfuerzos que se han hecho desde hace aproximadamente cinco décadas para rescatar la participación de las mujeres en la historia universal, sentando a su vez las bases para que tengan mayor presencia en la actualidad.

Todas estas mujeres, aunque tuvieron su parte en el movimiento pictórico más importante del país, quedaron relegadas a un segundo plano, tanto en su tiempo como en la memoria histórica y a pesar de este empuje realizado desde el feminismo y de lo mucho que las instituciones aseguran en sus discursos que se ha avanzado en materia de igualdad de género, el patriarcado sigue tan presente como siempre.

Este mes de marzo, en el marco del Día Internacional de la Mujer, casi todos hicieron algo en conmemoración; desde lo independiente o desde lo institucional, y aunque la pandemia limitó el alcance y magnitud de muchas de estas actividades, gracias al esfuerzo de personas preocupadas por estos temas, se llevaron a cabo eventos para la reflexión, el rescate, la visibilización y la denuncia, pero también se realizaron otros tantos que entre la ironía y la contradicción demostraron todavía estamos lejos de esa utopía de equidad.

La Universidad Autónoma de Coahuila, envuelta desde hace años en escándalos por las denuncias de acoso y violación a docentes de sus escuelas y miembros de su cuerpo administrativo —casos a los que en su mayoría no se les ha dado seguimiento o están impunes—, fue la gestora de dos de estos proyectos más patriarcales que feministas.

El primero pasó casi desapercibido, pero refleja elementos de lo que en el arte se trata de combatir para extirpar la nocividad del patriarcado. Se trató de la exposición “Diosas de marzo”, del pintor lagunero Rafael Torres Lugo, que estuvo en exhibición del 11 al 25 de marzo en la Galería de Arte de la Coordinación UAdeC Unidad Torreón.

En la obra de Torres Lugo la mujer volvió a ser musa, mero sujeto de apreciación, posición con la que las mujeres artistas han luchado desde hace siglos, no solo por cómo su faceta de modelos opacó su obra como creadoras, sino también por la fetichización, sexualización o la simple perpetuación de símbolos de una feminidad delicada o que debe ser protegida.

Si bien algunas de las piezas de la muestra aluden en su composición a mujeres fuertes o empoderadas —cuya ejecución conceptual está abierta al debate, en especial después de leer la hoja de sala, que incluye una especie de letanía donde menciona a la mujer como “fuente de inspiración, “deidad”, “bruja”, “amiga”, “compañera”, “amante” o “musa”, pero nunca como artista—, no deja de estar presente —aunque pocos la notaron— la contradicción en su contexto: una institución educativa y cultural, en el marco del mes dedicado a la reflexión y acción en pro de los derechos de la mujer, decide otorgarle un espacio de exposición a un varón. 

En Saltillo, en cambio, sí hubo más revuelo con el mural “Mujeres a través de la historia” que pintó el artista Omar Lezza en la Facultad de Jurisprudencia —que cabe mencionar es una de las que destaca en la universidad por mayor número de denuncias de acoso sexual, violación, violencia de género y misoginia—. Los motivos de la indignación de las artistas locales son similares: ¿porqué se le dio el espacio a un hombre habiendo tantas otras mujeres artistas que también trabajan la técnica del mural? Desde Daniela Elidett, quien realizó para el Instituto Municipal de Cultura varios murales como parte del proyecto “Almas con rostro”, o Natalia Alejandrina Blanco, que este misma semana dedicó una obra a la artista y activista Nancy Cárdenas en las calles de su natal Parras de la Fuente, o hasta Mercedes Murguía, que colaboró con la mismísima Elena Huerta en la creación del mural de la historia de México en el Centro Cultural Vito Alessio Robles.

Muchos y muchas defen dieron a Lezza, argumentando, principalmente, que si a alguien hay que culpar es a la Sociedad de Alumnos Antonio Caso o a la dirección de la escuela por elegir a un autor varón para pintar una obra sobre representación femenina en la historia, o incluso a la Secretaría de Cultura, por auspiciar una obra con esta incongruencia, pero ninguno de ellos consideró la ética del artista cuando se trata de delegar un trabajo que estaría en mejores manos que las suyas.

Un caso similar sucedió en Durango, donde el Instituto Cultural del Estado comisionó la creación del mural “Madre Revolución” al artista Germán Valles. Ahí la comunidad artística también cuestionó la decisión de otorgar este espacio sin convocatoria previa, tratándose de un organismo público, y a un hombre, habiendo muchas creadores que podrían ocupar su lugar.

De manera personal no puedo evitar notar que en todas estas situaciones las opiniones positivas suelen celebrar “lo bonito” de las obras, ejemplo de la gran amenaza de la creación figurativa: que el trabajo artístico se quede en una mera pieza decorativa y todo sustento conceptual, discurso o contexto quede en el olvido. Y, en efecto, quienes critican estos trabajos no lo hacen por la calidad pictórica y la habilidad técnica de sus autores, sino por la incongruencia de lo que se dice que se hace  —conmemorar el Día de la Mujer y reflexionar sobre las violencias de géneros y sus derechos— y lo que resulta al final —la perpetuación del hombre como creador y la mujer como musa, el cierre de los espacios para las creadoras y la invisibilización de su trabajo, como ha sucedido por milenios—.

Hace unos días, conversando con una amiga sobre este mismo tema, mencionó que a pesar de su activismo suele tener cierta reticencia a autodenominarse feminista, pues reconoce que de manera inconsciente podría llegar a tener actitudes machistas o misóginas que contradigan sus ideales. El comentario me sorprendió, pues si ella, mujer, consciente a la vez de su infalibilidad humana y de las injusticias de las que su género es víctima, tiene un conflicto para llamarse a sí misma “feminista”, ¿porqué el resto podemos bautizarnos como tal o adoptar discursos feministas con tanta facilidad?

Por mi parte siempre he tenido conflicto con el término “autoridad moral” y no sé si la tengo para discutir este tema, como hombre o como persona. Pero concuerdo con la indignación de mis compañeras y si desde mi plataforma puedo ampliar la discusión, lo haré. Porque si algo faltó en todos estos ca- sos que mencioné fue una reflexión. Al final del día, aunque la intención haya sido la de reconocer a las mujeres, los que se llevaron las ovaciones fueron ellos.