Daría los verdaderos premios cuando las ocasiones de la vida les hacen despojarse de la “apariencia” para mostrarnos su faceta auténtica

Debo de ser un poco especial. Por lo menos, así me lo comentó un amigo cuando, hace años, terminamos de ver la final del Master de Roma de tenis: cinco intensísimas horas, tras las cuales el español Rafel Nadal venció al argentino Guillermo Coria. Disfruté el partido como nunca, pero saboreé mucho más la expresión de triunfo de Nadal al final de la tensión deportiva.

Ese tirarse al suelo y señalarse al pecho, nos desnudaron la auténtica figura que realmente es. No cabe duda: el mundo del deporte es un universo explorado muy en la superficie. En él, hombres y mujeres del mundo son puestos en la palestra de la fama para que nos doblemos ante ellos. No obstante, la mayor parte de las veces los balones, los bates y las raquetas nos ocultan el verdadero rostro de cada personalidad.

Admiramos a un Messi o a un Cristiano Ronaldo por su increíble manejo del balón, pero no podemos adivinar si disfruta o no de un bello paisaje; nos impresiona el temple de Lewis Hamilton en la Fórmula Uno, pero poco sabemos de su personalidad. Admiramos los brincos de Lebron James debajo del tablero, pero conocemos poco de sus sentimientos y pensamientos. Por eso me emociona ver esos momentos en los que aparece el ser humano detrás de la máscara, detrás del velo en el que a veces les ocultamos. Ahí, los deportistas demuestran que son seres humanos como cualquier otro.

A Bobby Moore, por ejemplo, una de las grandes estrellas del fútbol inglés, se le recuerda por su caballerosidad: ¡nunca recibió ninguna tarjeta amarilla en toda su carrera! ¿Cómo olvidar aquella vez cuando el árbitro recibió un balonazo en la cara y cayó inconsciente? Bobby tomó el silbato y paró el juego para que entraran los médicos. Incluso la Reina de Inglaterra, al darle la Copa del Mundo en 1966, se admiró al ver a Bobby limpiándose las manos antes de saludarle y así no manchar las suyas. Otro astro, el ciclista español Miguel Induráin, peleó años enteros en el Tour de Francia.

Consiguió el título cinco años consecutivos. Siempre se distinguió por su bondad con todos, como cuando dejaba que otros de su equipo ganasen alguna etapa. Pero el título más hermoso de su vida es su familia y su fe católica, en donde Induráin nos demuestra dónde se es un auténtico campeón. Estos momentos son los que más gozo del deporte. Claro que admiro un buen gol de Zidane, la espectacular velocidad de Ussain Bolt o los increíbles pases de Drew Brees. Pero yo daría los verdaderos premios cuando las ocasiones de la vida les hacen despojarse de la “apariencia” para mostrarnos su faceta auténtica.

El mundo del deporte, en definitiva, también nos abre una orilla cálida y humana a la cual desembarcar para encontrar tesoros escondidos bajo la arena de la virtud. ¡Caramba!, no cabe duda que sí soy un poco especial después de todo; pero estoy muy orgulloso de serlo