De acuerdo con la calificadora de riesgos Standard and Poor’s, el hecho de que el próximo Presidente de República pueda ser electo por una minoría ciudadana y que en nuestro País no se haya implantado el sistema de segunda vuelta ponen a México ante el riesgo de contar con “un liderazgo débil”, lo cual se traduciría en complicaciones para el crecimiento de la economía.

“Un candidato con un porcentaje modesto del voto popular (en un entorno con muchos candidatos) podría convertirse en Presidente. Una combinación de un mandato popular limitado para el nuevo presidente y un Congreso dividido sin que ningún partido tenga la mayoría en la Cámara de Senadores o de Diputados podría llevar a un liderazgo nacional débil. Tal resultado disminuiría la probabilidad de aprobar medidas para fortalecer el estado de derecho impulsar el crecimiento del PIB”, ha dicho la calificadora.

El diagnóstico puede ser cierto —y suena válido en principio—, pero tampoco se trata de un descubrimiento relevante, ni de una situación inédita. Baste recordar en este sentido que el último Presidente de la República que obtuvo un triunfo “apabullante” fue Miguel de la Madrid Hurtado, a quien las cifras oficiales le adjudicaron más del 70 por ciento de los sufragios.

Su sucesor, Carlos Salinas de Gortari, fue el último Mandatario del “periodo revolucionario” que obtuvo una mayoría absoluta al reconocérsele poco más del 50 por ciento de los votos. A partirde allí, ningún Mandatario ha obtenido la mayoría absoluta, e incluso los presidentes de la era de la “normalidad democrática” han sido apoyados por menos del 40 por ciento de los electores que acudieron a las urnas.

Desde 1997, por otra parte, ningún partido político ha tenido el control de la Cámara de Diputados y, en algunos momentos, tampoco el de la Camara de Senadores. Las últimas dos décadas pues, México ha vivido, técnicamente, en un escenario de Gobierno dividido.

En esencia, el previsible escenario en el cual el sucesor de Enrique Peña Nieto se alce con la victoria a partir de una votación minoritaria no constituiría una novedad. Pese a ello, lo que sí podría ser inédito es que el próximo Presidente, sea quien sea, enfrente una crisis de legitimidad sin precedente.

Tal hecho, sin embargo, no deriva necesariamente del modelo electoral ni de los resultados electorales, sino de la inexistencia de una clase política capaz de someterse a los resultados del sistema de transmisión del poder que ha surgido a partir de sus propios pactos.

En este sentido, como lo han señalado ya numerosos especialistas del tema, la solución a la crisis de legitimidad no llegaría en automático a partir de la implantación del modelo de segunda vuelta pues, adicionalmente a esto, hace falta que nuestros políticos adopten una posición de mayor responsabilidad con el país y su destino inmediato.