¿Es posible encontrar en este escenario un punto medio que concilie las visiones contrapuestas de dos líderes que ven el mundo a través de lentes completamente diferentes?

El presidente Andrés Manuel López Obrador sostuvo ayer un primer encuentro virtual con su homólogo estadounidense Joe Biden y, de acuerdo con la declaración conjunta emitida al término de la misma, se abordaron tres temas en torno a los cuales se acordó establecer una “agenda de cooperación”: migración, pandemia y cambio climático.

En materia migratoria, se informó, ambos gobiernos acordaron atender las causas profundas de la migración en la región mediante el diseño e implementación de políticas que promuevan el desarrollo económico sustentable y equitativo.

Por lo que hace al manejo de la pandemia, se habría acordado “colaborar de cerca” compartiendo información y desarrollando políticas que permitan reabrir la frontera común al tránsito de personas.

Finalmente, en relación con el cambio climático se habrían comprometido a trabajar juntos para hacer que la cumbre climática, a desarrollarse en Estados Unidos el próximo mes de abril, “sea un éxito”.

El documento difundido luego de celebrarse la sesión, que tras los saludos de cortesía iniciales se desarrolló en privado, contiene lo que se espera de un comunicado de este tipo: un conjunto de señalamientos positivos que intentan retratar el buen estado de las relaciones bilaterales y el promisorio futuro que nos aguarda debido a ello.

Sin embargo, resulta obligado cuestionar si realmente podemos confiar en el desarrollo de una agenda común que resulte provechosa para ambas naciones, si en dos de los tres temas tratados ayer existen diferencias abismales en las políticas desplegadas de uno y otro lado del río Bravo.

Y es que en materia de atención a la pandemia y en lo relativo al cambio climático, Biden y López Obrador no podrían estar más en desacuerdo: el primero emitió un decreto para hacer obligatorio el uso de cubrebocas en todas las oficinas federales, mientras el segundo se niega tajantemente a portarlo; el primero ha devuelto a Estados Unidos al Acuerdo de París y promueve el desarrollo de energías limpias, y el segundo está a punto de iniciar la quema de combustóleo a niveles históricos.

¿Es posible encontrar en este escenario un punto medio que concilie las visiones contrapuestas de dos líderes que ven el mundo a través de lentes completamente diferentes? Y, de no ser así, ¿cuál es el futuro de las relaciones bilaterales entre México y Estados Unidos?

No estamos ante preguntas triviales, sino ante cuestionamientos de la mayor relevancia, pues incluso el presidente López Obrador reconoce que la posibilidad de una rápida recuperación económica para nuestro País reside en el éxito del nuevo tratado comercial con Estados Unidos y Canadá.

Pero para que tal expectativa se convierta en realidad, es necesario que las visiones de ambas partes se encuentren alineadas, pues de lo contrario se avanza hacia un territorio en el que impera la ley del más fuerte. Y claramente en un juego de “venciditas” no seríamos nosotros quienes nos alzáramos con la victoria.