Trump quiere más y no dudará en recurrir a la misma estrategia de la amenaza, pues su objetivo son las elecciones presidenciales

No ha transcurrido ni siquiera una semana desde que Donald Trump se anotó una valiosa victoria –para sus propósitos electorales– al forzar a México a aceptar sus condiciones en materia migratoria, cuando ya ha vuelto a la carga y nos ha mostrado que en el arte de amenazar y presionar sin rubor a sus socios es un auténtico especialista.

Y es que con su característica desmesura, ayer incrementó la apuesta en torno al presunto “acuerdo secreto” que se habría establecido con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador la semana anterior, reiterando no sólo que existe sino que puede entrar en vigor en el momento en que él así lo decida de forma unilateral.

“Esto entra en vigor cuando yo quiera. Es una opción que tengo”, dijo ayer el principal inquilino de la Casa Blanca, agitando frente a las cámaras un papel doblado que luego se revelaría no contiene ningún “secreto”, pues se trata del acuerdo ya conocido y revelado previamente.

El episodio puede leerse, por supuesto, desde la perspectiva anecdótica y concluir al respecto que se trata sólo de uno más de los alardeos característicos de un presidente que no tiene el mínimo respeto por las formas diplomáticas ni por las reglas de sana convivencia internacional.

Y en abono de tal lectura habría que señalar las declaraciones que, bordeando el cinismo, realizó ayer el secretario de Estado, Mike Pompeo, quien habría reconocido de forma explícita que la amenaza de imponer aranceles especiales a México fue un bluff.

“Cuando el Presidente mostró el fantasma de los aranceles hicimos más progreso en el curso de unos cuantos días que en el curso de lo que habíamos hecho en el anterior año y casi tres meses”, dijo Pompeo durante una comparecencia en el Senado de Estados Unidos.

Esta lectura, sin embargo, no es necesariamente la más adecuada, sobre todo a la vista de los resultados que Trump ha obtenido utilizando su estilo bravucón.

Porque la actitud asumida, que dista mucho de ser amistosa, deja muy claro que lejos de sentirse satisfecho con lo obtenido, el neoyorquino quiere más y no dudará en recurrir a la misma estrategia para conseguirlo, pues su objetivo son las elecciones presidenciales de noviembre del año próximo.

Trump quiere convencer a los votantes estadounidenses de quedarse cuatro años más en la Casa Blanca y, para lograrlo, está determinado a utilizar un discurso tan simple como efectivo: devolver a su país los empleos que le han “robado” sus hasta ahora socios comerciales.

Hace cuatro años ya fue eficaz en dicho propósito alimentando en forma permanente el discurso antimexicano. Está claro que la ruta será exactamente la misma, con un añadido terriblemente peligroso para nosotros: sus amenazas las hace ahora sentado en el Salón Oval y no como un simple candidato “exótico” que desafía las reglas de la política.

Haremos bien por ello en prepararnos para unos muy largos 17 meses de tensa relación en los que el lugar común serán las amenazas y la exigencia de mayores concesiones, como las ya obtenidas.